Culto
Laura Ramos: “Emily era una artista exquisita, la más genial de la cofradía”

Laura Ramos: “Emily era una artista exquisita, la más genial de la cofradía”

Se cumplen 200 años del nacimiento de la autora de Cumbres borrascosas. En su reciente biografía Infernales. La hermandad Brontë, la escritora argentina Laura Ramos derriba mitos y reconstruye las vidas de estos cuatro célebres hermanos.

Este relato lo tejen dos mujeres. No se conocieron. Las separan dos siglos, pero las une la misma pasión: contar historias. Emily Jane Brontë nació el 30 de julio de 1818, en Thornton, Yorkshire. Dos años después, su padre Patrick fue nombrado párroco en Haworth, un pequeño pueblo inglés de la campiña. La casa parroquial estaba en una empinada cuesta, fuera de la calle principal, junto al cementerio. Allí se crío Emily, junto con sus cinco hermanos: María y Elizabeth -murieron por tuberculosis muy jóvenes-, Charlotte, Anne, y, el único varón, Branwell. Al morir la madre, en 1821, los niños quedaron a cargo de su padre y su tía materna.

En ese remoto lugar surgieron las historias y mundos imaginarios que escribían los cuatro hermanos, alimentados por cuentos de terror, leyendas y apariciones que les contaba Tabby, servidora de la familia durante treinta años. Pero, también, por la literatura, que consumían con avidez.

Emily ocupó, durante doce años, el cuartito que había sido la nursery de la casa. Se sentaba en una silla baja, frente a la ventana, que daba al cementerio, con su escritorio portátil sobre sus rodillas. Había padecido su trabajo de gobernanta en una escuela, en Lawhill. Sin embargo, la atmósfera de ese lugar le sirvió de inspiración para escribir Cumbres borrascosas, novela que firmó como Ellis Bell. Las hermanas sabían que publicar con nombres de mujer haría que fueran leídas con prejuicio, y decidieron usar seudónimos. Charlotte publicó Jane Eyre como Currer Bell, y Anne, Agnes Grey, como Acton Bell. Durante muchos años, la identidad “Bell” fue una incógnita.

A fines de octubre de 1848, Emily se enfermó, pocos días antes habían enterrado a su hermano Branwell. Tos y dolor del pecho eran los síntomas que empeoraban día a día. No quiso tomar medicinas, también rehusaba ir al médico. Ni siquiera permitía ayuda para vestirse. El 19 de diciembre, presintiendo su grave estado, accedió ver a un doctor. Ya era tarde, ese mismo día murió. Tenía 30 años.


Entre Marx y la anglofilia

Laura Ramos nació en Buenos Aires. Es hija de Abelardo Ramos, político e historiador, pionero de la Izquierda argentina. Su padre estaba internado, muy delicado, cuando le preguntó: “¿Fuiste a ver el escritorio de Marx al Museo Británico?”. Ella había llegado hacía pocas horas de su viaje a Londres. Con “estúpida sinceridad”, le contestó que no. “Pero, fui a la casa de las hermanas Brontë”, soltó como respuesta. Su padre murió dieciséis días después. Ese hecho fue el que la llevó, en 2009, a volver a Inglaterra para cumplir con el pedido paterno. No pudo. La sala de lectura estaba clausurada. Ya no tenía nada que hacer en la capital británica, y se dirigió otra vez hacia Haworth, el pueblo de sus heroínas bronteanas.

Estuvo tres semanas. Leyó decenas de cartas, manuscritos, consultó archivos de la Sociedad Brontë, habló con académicos, entrevistó a personas del pueblo, escuchó historias de fantasmas, y comió pudding de Yorkshire en un pub. Una noche en el cementerio, juró ante la tumba de Tabby, que “si no podía cumplir con el pedido paterno, lo contrariaría, escribiría una biografía sobre los hermanos Brontë, ingleses y conservadores, como si nadie lo hubiese hecho antes”. Estaba poseída por la hermandad. Infernales le llevó ocho años de trabajo intensivo de investigación y tres viajes a Harworht.


En Infernales derribaste el mito de los hermanos Brontë. ¿En qué momento descubriste que la historia que conocías no era tan romántica?

-Al comenzar a leer sobre la historia de la familia descubrí que la clásica biografía de Charlotte escrita por la señora Gaskell, que es encantadora, no era verosímil. No es difícil de entender que una biografía escrita un año después de la muerte del biografiado (en este caso de tres escritoras célebres) no puede estar despojada de tramas políticas. Tramas político familiares, de política editorial, de morales enfrentadas. La señora Gaskell fue convocada por una amiga de Charlotte, Ellen Nussey, para escribir una biografía vindicatoria de la moral de la familia. Y la señora Gaskell actuó en consecuencia. Omitió las cartas de amor que Charlotte le escribió a su profesor belga, desvió la atención sobre el temperamento huraño, rudo y misántropo de Emily, juzgó con severidad la conducta de Branwell, el hermano réprobo, y logró dejar sentado un retrato santificado de las tres hermanas. Recién a fines del siglo XX este retrato fue desmontado y revisado. Cuando estuve en el pueblito de las Brontë, Haworth, me chocó enormemente encontrarme con un pueblo que parasitaba en las hermanas. El taxi Brontë, la casa de té Rochester, los repasadores con la cara de Emily, las flores en las ventanas, todo me daba la sensación de que era falso, de que el pueblo de algún modo intentaba cristalizar a las hermanas en una especie de estampa romántica en la que ellas no deseaban estar. En el museo, que está enclavado en la casa parroquial, encontré vestidos que usaban las actrices que protagonizaron Jane Eyre o Cumbres borrascosas. Me sorprendió ver a estas escritoras que detestaban la notoriedad, la frivolidad, ser objeto de un culto que ellas no profesaban. En realidad, ellas pertenecieron al Romanticismo, ellas escribían sobre la naturaleza y la naturaleza está en el centro mismo del drama en Cumbres borrascosas, por ejemplo. Pero no eran sentimentalistas, eran románticas salvajes, extremas, no edulcoradas ni aniñadas.

¿Qué cambió de tu idea previa de Emily a medida que ibas investigando?

-Fui descubriendo, estupefacta, que Emile Brontë era un ser parecido a esa construcción artística infernal llamada Heathcliff (N. de la R.: protagonista masculino de Cumbres borrascosas). Cuando Catherine dice: “Heathcliff soy yo”, está hablando Emily, ella es Heathcliff. Sus cartas y diarios, poquísimos, porque la mayoría de sus papeles desaparecieron (probablemente quemados por ella misma) la revelan como feroz, despiadada, de un temperamento fuerte como una roca. Mi idea sobre ella cambió absolutamente, porque creía que era una joven tuberculosa débil, frágil y tímida. En tal caso, quien coincide con esta descripción es Anne, la más chica de los hermanos, criada bajo la disciplina calvinista de su tía desde que tenía un año de edad. Creo que Emily era una artista exquisita, la más genial de la cofradía, sin dudas, que desfallecía si no podía escribir, como de hecho le pasó mientras estuvo en Roe Head, una escuela para niñas donde Charlotte era maestra.

¿Qué rol cumplía Emily dentro de la hermandad Brontë?

-Emily era la más poderosa. La temían. Se reía de Branwell, como demuestran escritos encontrados en el margen de textos de su hermano. Emily aconsejó a su padre, siendo niña, que si no podía razonar con Branwell, lo azotara.

Las críticas de la época hacia Cumbres borrascosas, la calificaban de “transcurrir en el infierno”. ¿Compite este libro con la propia vida de Emily?

-La vida de Emily en la casa parroquial, cuando su hermano Branwell empezó a emborracharse y a tomar opio, desde 1845 hasta 1848, podría tener mucha relación con las escenas más salvajes de Cumbres. No hay dudas de que Emily, además de abrevar en la literatura que leyó, se inspiró también en sus propias experiencias para crear a sus personajes demoníacos. La violencia extrema, la crueldad extrema, los celos, la muerte, no eran sentimientos o situaciones ajenos a ella. Cumbres compite con la vida de Emily, sí, en la medida en que la vida de Emily fue atormentada y llena de pasión. Pero Cumbres no es sólo la historia que se relata, es una obra mayor del Romanticismo, única, perfecta, que tiene capas y capas de interpretación y que se interroga sobre el bien y el mal, como toda la obra poética de Emily.

¿Te quedó mucha información más allá de lo publicado?

-Sí, me quedó mucha afuera. Podría escribir un libro sobre cada uno de los hermanos. De Branwell me quedó mucho, toda su obra, que no está traducida al español, es enorme y muy interesante. Hay poemas en prosa larguísimos de una narrativa muy poderosa.

Decís que la escritura de esta biografía fue como “un caso de posesión”. ¿Sentís que publicar Infernales te exorcizó?

-Sí, creo que Infernales me exorcizó en cierta medida. Decidí ponerle punto final cuando ya tenía que entregar a la editorial. Y decidí acercar mi lente al siglo XIX en el Cono Sur, que es interesantísimo.

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