Culto
J Balvin: aquí gozando

J Balvin: aquí gozando

A falta de ornamentos musicales la gira de Vibras ofrece pirotecnia, estallidos de confeti y un segundo escenario más reducido y contrapuesto al central, que el astro colombiano utilizó en la segunda parte del show tras un cambio de vestuario, la única inflexión a un espectáculo cuyo norte es ofrecer baile con cierta ramplonería.

Hacia la mitad de la noche la catarsis ya era completa. El Movistar Arena colmado hasta la última línea de un público joven y de padres con niños, baila cadenciosamente en movimientos uniformes porque el conjuro musical de J Balvin (33) funciona así, con efecto irremediable. A diferencia de otros estilos musicales, el reggaetón gana por insistencia, por llamar a la tribu desde el tambor en un pulso reiterativo en torno a un líder. Esta noche de sábado, la fecha capitalina de esta minigira nacional de una de las estrellas pop del momento a nivel planetario, incluyendo Antofagasta y Concepción en una saludable decisión que integra regiones a shows internacionales, J Balvin se mueve con el orgullo y la seguridad de quien hace un mes conquistó el título del artista más escuchado de Spotify en el mundo entero, y cuya carrera consiste en batir marcas según los acentos de su estrategia promocional.

Vestido con un traje multicolor como de bebé abrigado para la nieve -J Balvin tiene interés por la moda, acaba de debutar en el diseño-, el oriundo de Medellín, Colombia, trajo esta vez una banda más reducida que en su visita al festival de Viña 2017. El personal se redujo a batería, otro músico a cargo de teclados y bajo, y un dj desplegado en segundas voces para apuntalar el desempeño de J Balvin suscrito a las características del reggaetón, un fraseo sin florituras. Los músicos estaban encajonados a cierta altura en un espacio entre las pantallas gigantes, mientras en el escenario un grupo coreográfico estrictamente masculino se movía con atuendos evocativos de la estética colorinche de fines de los 80 y comienzos de los 90 proveniente de la cultura pop afroamericana, una mezcla entre El Príncipe del rap, Living Colour y De La Soul.

Con un quinto álbum editado en mayo, Vibras, J Balvin ha logrado construir un set que en ocho años de carrera tiene las características de un grandes éxitos. El público vitorea y corea cada canción como si se tratara de un single. Son composiciones donde primero va la percusión mientras el resto de los arreglos son ornamentos también reiterativos: el chillar desafinado de una vuvuzela y unos golpes gordos de bajo que invariablemente cierran cada pieza, exactamente los mismos recursos sonoros utilizados por el desaparecido programa Mekano y Geordie Shore de MTV, clásicos de la televisión-basura.

El universo lírico de J Balvin es romántico-carnal y su hábitat natural la discoteca, lugar que suele citar en sus letras como un reducto preciso para el amor llevado a la acción y luego vemos qué pasa. La valoración femenina se reduce a la cosificación en torno a la belleza y un cuerpo tonificado. La “cinturita” es fundamental, describir con poesía dudosa lo que “a ella le gusta”, y utilizar “caliente” como concepto definitorio del amor.

A falta de ornamentos musicales la gira de Vibras ofrece pirotecnia, estallidos de confeti y un segundo escenario más reducido y contrapuesto al central, que el astro colombiano utilizó en la segunda parte del show tras un cambio de vestuario, la única inflexión a un espectáculo cuyo norte es ofrecer baile con cierta ramplonería. Hubo otros recursos como el socorrido qué-lado-canta-más-fuerte, cuyo uso debiera limitarse por ley, discursos tipo Disney sobre luchar por los sueños, y algunas pausas con J Balvin en silencio observando al público con los brazos cruzados, anillos a la vista, y los fans aplaudiendo a este artista que les hace bailar bajo un suave arrullo erótico para sentirse sexy por un rato.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras