Culto
Breve manual del perfecto aventurero: el heroísmo del aventurero de salón

Breve manual del perfecto aventurero: el heroísmo del aventurero de salón

Este breve manual, lleno de sabiduría, de cinismo y de observaciones graciosas, rescata el placer de la contemplación por sobre el vértigo de una vida novelesca.

Pierre Mac Orlan, cuyo verdadero nombre era Pierre Dumarchey, vivió entre 1882 y 1970, y ejerció como soldado, pintor, reportero, poeta, tunante, rugbista, compositor de canciones, escritor compulsivo (produjo 130 libros) y miembro de la Academia Goncourt y del Colegio de Patafísica. A la luz de esta sucinta pero colorida biografía, cualquiera de nosotros podría asegurar sin mayores antecedentes, y sin temor a errar, que Mac Orlan fue un aventurero de tomo y lomo. No obstante, en Breve manual del aventurero perfecto, el autor, presa de vaya a saber uno qué clase de remordimientos, despliega un gracioso y convincente caso a favor del “aventurero pasivo”, que es aquel que demuestra tendencia al sedentarismo (“se agarra al brazo de su sillón como un capitán de crucero a la baranda de su puente de mando”), que jamás corre riesgos innecesarios (solamente “existe porque parasita las proezas del aventurero activo”) y que es capaz, incluso, de sentir regocijo ante “las grandes penas de los hombres de acción”.

El librillo de Mac Orlan, publicado en 1920, no guarda relación con ese clásico del sedentarismo francés que Xavier de Maistre dio a conocer en 1794, el famoso Viaje alrededor de mi cuarto. Mac Orlan es ácido y tajante, cínico e incitador, mientras que a De Maistre, hasta donde recuerdo, se le veía de lo más complacido divagando acerca de tal o cual rincón de su habitación. Sin embargo, ambos escritores comparten cierta propensión al moralismo, aunque, claro, Mac Orlan lleva el asunto al extremo de prescindir de toda moral: uno de los atributos que distinguen desde pequeño al héroe de su manual, el aventurero pasivo, es “la absoluta falta de lo que llamamos sentido moral”. Otras características que marcan la existencia infantil del “aventurero perfecto” son: no saber nadar, ser discreto en el mentir, poder escribir la palabra “jovencita” en veinte lenguas, “hablar con fluidez de lo que no se conoce” y “tener un amigo crédulo al que transformar en un aventurero activo”.

Por su parte, el aventurero activo deja tras de sí, desde muchacho, un número de imágenes muy poco memorables: “el perro humillado”; “los peces rojos flotando en la superficie con un corcho pinchado en la espalda”; “la mosca sin alas”; “el gato que, a fuerza de bromas pesadas, pierde su dignidad de animal bien educado”. Incluso peor: demuestra “desprecio por los objetos artísticos y los libros”, y “gran admiración por los imbéciles” de su edad. En suma, Mac Orlan postula que esta calaña de sujetos, que por lo general escribieron libros de aventuras en los que las mujeres brillan por su ausencia (el asunto es de vital importancia para el autor), carecen de imaginación, de sensibilidad, y no temen a la muerte, simplemente “porque no se la explican”. Para colmo de colmos, el antihéroe de Mac Orlan ama la disciplina: “la considera un reposo, una distracción. Es la única forma de arte que puede comprender”.

Pierre Mac Orlan denuncia la inutilidad de los viajes y de la experiencia directa, inflama las posibilidades prácticas de la imaginación sentado en una biblioteca y reclama en pos de la inclusión del erotismo en los escritos de aventuras. Y si bien admira a ciertos cultores de este tipo de literatura (London, Conrad, Stevenson), no se guarda para sí una de las críticas más feroces que se han escrito en contra de un paladín del género: “Los libros de aventuras son peligrosos. Exceptúo los de Julio Verne, que, carentes por completo de arte y de sensibilidad, no pueden seducir más que a los aprendices de botánico. (La tierra, vista por Julio Verne, es como un inmenso jardín botánico donde todos los animales llevan su etiqueta al cuello y todas las plantas tienen su ficha en francés y en latín con el número correspondiente del herbario)”.

Mezclando la observación implacable con el humor audaz, aplicando sin titubeos las arbitrariedades de una categorización que deslumbra por su claridad y profundidad (armas de la inteligencia en este caso), Mac Orlan nos ofrece un librillo lleno de sabiduría, un librillo que incita a la contemplación, que exalta el erotismo y que pregona códigos de conducta tan nobles como el que viene a cerrar este elogio: “Un hombre cabal, si ama la aventura, nunca habla de lo que ha visto”.


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