Culto
Cuando Freud y el psicoanálisis llegaron a Latinoamérica

Cuando Freud y el psicoanálisis llegaron a Latinoamérica

Un estudioso argentino y otro chileno publican una historia de la recepción de las ideas del médico austríaco en los países de la región. Se enfoca en quienes tuvieron algún tipo de contacto personal con él, rastraendo su biblioetca o su correspondencia.

Fue el poeta W. H. Auden quien al momento de la muerte de Freud, en 1939, dejó escrito que él ya no era una persona “sino todo un clima de opinión”. En parte, eso era cierto, debido a que en la primeras décadas del siglo XX, los planteamientos del médico austríaco habían viajado a través del mundo, llegando a lugares tan lejanos como la India o Perú, impregnando desde instancias clínicas a la cultura popular.

Siguiendo las huellas de la recepción de las ideas de Freud en esta parte del mundo, dos estudiosos, un argentino (Mariano Plotkin) y un chileno (Mariano Ruperthuz), publican una historia del proceso. Cada uno ha escrito antes sobre el tema en sus respectivos países. Plotkin en Freud in the pampas (2001) abarcó desde sus primeras apariciones hacia 1910 hasta mediados de los años 80. Ruperthuz, por su parte, en Freud y los chilenos (2015) se ocupó de las formas y redes de circulación de las ideas psicoanalíticas en el país, antes de la fundación de la Asociación Psicoanalítica Chilena en 1949.

En Estimado Doctor Freud ambos prometen entregar una visión de conjunto latinoamericana, o como reza el subtítulo del libro “una historia cultural del psicoanálisis en América Latina”. Es cierto: amplían sus perspectivas a Brasil, México, Perú o Ecuador, dependiendo en esos países de una literatura mayormente secundaria, a diferencia de la extraordinaria labor de archivo llevada a cabo respecto de Chile o Argentina. Pero, por otra parte, se limitan a la recepción y circulación de las ideas de Freud, antes de su institucionalización o la formación de las diversas asociaciones psicoanalíticas reconocidas por la instancia internacional, en las décadas de los años 40 y 50. El libro está más cerca del proyecto de Ruperthuz, pero extendido a la región.

No deja de ser un empeño tan interesante como complejo estudiar cómo el psicoanálisis, uno de los sistemas de pensamiento de mayor influencia en el mundo occidental, transita desde Europa hasta América Latina, explorando sus “rutas” y los procesos de su recepción y adopción en distintas instancias.


Contacto en Chile

En un primer capítulo se entrega una visión panorámica de cómo las ideas freudianas entran casi como una herramienta civilizadora, parte del arsenal científico al servicio del control y la or denación social, participando de los debates de las primeras décadas del siglo XX sobre sexualidad, peligrosidad social, eugenesia e higiene mental. A mediados de los años 20 esta recepción freudiana tuvo un vuelco con el inicio de la publicación de las obras completas de Freud. En Brasil, esta presencia era muy anterior: Juliano Moreira incluía en sus cursos obras de Freud ya desde 1899. Pero ya traducida más que una teoría psiquiátrica empezó a ser un componente de la modernidad cultural, incorporada por intelectuales como José Carlos Mariátegui (Perú), Humberto Salvador (Ecuador), Juan Marín (Chile), Emilio Pizarro Crespo (Argentina) o Salvador Novo (México). Hacia la década del 30 estas ideas ya eran ampliamente debatidas por médicos, profesores, políticos e intelectuales y empezaba a extenderse la terminología freudiana, para llegar a la literatura, a la radio o a las revistas femeninas.

El libro no pretende ser una historia completa del psicoanálisis en Latinoamérica, sino enfocarse en algunos individuos que tuvieron algún tipo de contacto personal con Freud: intercambios de libros, publicaciones (también retratos) o visitas, cartas. Un capítulo se detiene en la biblioteca de Freud y los libros de latinoamericanos que contenía. En total la biblioteca de Freud incluía 62 textos enviados por seguidores latinoamericanos y, como en 1938 el nazismo lo obligó al exilio en Londres, seleccionó 34 de ellos. La región respondía más bien a una idea “colonizadora” (nuevos territorios exóticos que conquistar para su disciplina): el país más representado es Brasil, aunque Freud no leía portugués (sí leía castellano, que aprendió por su cuenta, quinceañero, para leer a Cervantes). Muchos de los libros, por otra parte, están intonsos.

También se tratan los intercambios epistolares entre Freud y algunos corresponsales latinoamericanos. La más importante y conocida de estas correspondencias fue con el psicoanalista peruano Honorio Delgado, mantenida entre 1919 y 1934, quien fuera reconocido como una especie de representante oficial en Latinoamérica, uno de los primeros biógrafos de Freud. Ahora, Freud era un corresponsal compulsivo (se dice que habría cerca de 20 mil cartas escritas por él), respondiéndole a casi todo el mundo: incluso a un estudiante argentino de medicina.

Según el propio Freud el primer encuentro entre la zona disciplinaria del psicoanálisis y la zona geográfica de Latinoamérica fue un trabajo del médico chileno Germán Greve, en 1910. Este libro aclara que hubo acercamientos muy anteriores, remontándose a 1885 (de otro chileno, César Martínez). La verdadera difusión del psicoanálisis en Chile comienza en 1925, cuando Fernando Allende Navarro regresa al país después de su formación europea, quien forma a otros intelectuales, siendo el más influyente, quizá Ignacio Matte Blanco. Allende recibió de Freud una carta de aliento por su labor difusora, también un retrato.

Latinoamérica, donde la impostura no es escasa, también albergó falsos discípulos de Freud: en 1931, en Brasil, se presentaba como tal Maximilien Langsner en sus espectáculos de ilusionismo; y un chileno, Roberto Botkin, quien decía haber estudiado con Freud, dirigía una clínica que ofrecía tratamientos que mezclaban radioterapia, hidroterapia, electroterapia, psicoanálisis y nudismo.

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