Culto
El frente a frente de dos documentales trágicos

El frente a frente de dos documentales trágicos

En los últimos días llegaron a Netflix los registros de la vida y caída de las mayores estrellas del pop negro: Michael Jackson y Whitney Houston. Mientras el primero es un burdo intento por blanquear su imagen de traumas y abusos, el otro resulta sobrecogedor.

Padres autoritarios. Sexualidad ambigua. Abuso narcótico. Estrellato. Caída libre. Coinciden en esta trágica sumatoria las mayores estrellas pop afroamericanas de todos los tiempos: Michael Jackson y Whitney Houston.

En Netflix los documentales La vida de un ícono (2011) y Can I be me (2017) respectivamente, los retratan mediante el común denominador de talentos únicos con resultado de muerte. Las similitudes entre los relatos radican solo en la envergadura de los personajes. La investigación en torno al Rey del Pop pretende blanquear su imagen con la calidad de un infomercial. En cambio la crónica de la artista femenina más premiada de la historia, sobrecoge. Whitney Houston murió adicta y con el corazón destrozado sin remedio.

Ambos registros arrancan con los audios de los llamados de emergencia reportando el colapso fatal de Michael y Whitney.

Luego, las diferencias. La vida de un ícono fue iniciativa de David Gest, amigo de toda la vida de Jackson, un empresario, comediante y figura de televisión fallecido en 2016, de dudosa notoriedad además por un tormentoso matrimonio con Liza Minnelli. Con más fotos que filmaciones, el documental se construye en torno a entrevistas a Katherine, la madre, el hermano Tito integrante de The Jackson 5, el biógrafo J. Randy Taraborrelli, y una serie de músicos y compositores, la mayoría de ellos secundarios, con la excepción del astro Smokey Robinson.

El guión se empecina en desmitificar parte importante de las leyendas sobre Michael Jackson: su padre Joe jamás habría sido un abusador, a lo sumo un tipo autoritario que castigaba a correazos a los hermanos mayores.

¿Niñez robada? Para nada. Michael disfrutó como cualquier niño y como era rico, compraba lo que quería aunque trabajaba con horarios propios de un esclavo. ¿Gay? Por favor. Madonna y Brooke Shields estuvieron en sus brazos, y jamás abusó de menores. ¿Por qué entonces los arreglos extrajudiciales? Una manera de comprar paz.

Drogas y tormentos

En contraparte, Can I be me revela impactantes detalles biográficos de Whitney Houston. Su madre Cissy, una cantante de gospel de éxito frustrado que se proyectó en su hija (tal como lo hizo Joe Jackson con su familia y Luisito Rey con Luis Miguel), fue una figura dictatorial y fría.

Oriunda de Newark, New Jersey, Whitney creció en un ambiente empobrecido y convulso por el racismo y la brutalidad policiaca. A través de sus hermanos consumió drogas tempranamente. De carácter simple, desde la adolescencia mantuvo una larga relación romántica con Robyn Crawford, una chica afroamericana mayor que ella.

Si Michael Jackson intentó literalmente blanquearse, el legendario ejecutivo discográfico Clave Davis hizo algo parecido con la música de Whitney Houston, para conquistar la plena aceptación de las audiencias blancas.

Se convirtió en una megaestrella pagando un doloroso costo: el rechazo del público afroamericano. “La perspectiva en la comunidad era que Whitney se había vendido”, explica Doug Daniel, un ex ejecutivo discográfico. Fue así como en los Soul Train Awards del 13 de abril de 1989, premios que reconocen lo mejor del entretenimiento afroamericano, Whitney cosechó una silbatina monumental. Emocionalmente nunca se recuperó de aquellas pifias.

Esa noche cambió su vida para siempre por otra razón. Allí conoció a Bobby Brown, chico malo del pop tan reventado como ella. Se casaron, tuvieron a Bobbi Kristina -muerta en 2015 a los 22 años tras un largo coma por sobredosis-, y firmaron el divorcio en 2007. Entre medio, la debacle consumiendo drogas y alcohol a la par. Bobby la maltrataba por celos profesionales y amorosos, porque Whitney no abandonó su amorío con Robyn. Las peleas entre los amantes de la estrella llegaban a las manos y no era extraño que Brown se fuera de paliza.

Los últimos años de Whitney Houston fueron de apuros económicos por la familia-zángano, incluyendo una millonaria demanda de su padre que aceleró el descenso emocional y el deterioro físico producto de la cocaína, entre otras sustancias. Lo peor era la soledad. Robyn se había ido, lo mismo su marido. Sólo quedaban las drogas como fúnebre compañía.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras