Culto
Los grafitis de la disidencia: la historia tras 5 Pointz

Los grafitis de la disidencia: la historia tras 5 Pointz

La vieja fábrica, con más de 350 murales, era un museo callejero y sitio emblemático de Nueva York. En 2013 se demolió para construir condominios de lujo.

Eran los años setenta y la ciudad que nunca duerme padecía insomnio. Nueva York, la gran metrópolis estadounidense, sufría insomnio por una efervescencia artística y cultural que sucedía en medio de un clima completamente adverso. Por un lado, claro, estaba el crimen y la pobreza que en 1975 la llevó a la banca rota (la ciudad tenía una deuda de 14.000 millones de dólares y un déficit de alrededor de 2.200 millones). Pero por otra parte estaba lo que sucedía en sus circuitos culturales: muchas cosas al mismo tiempo. Como el punk que germinaba en el club CBGB; bandas como Ramones, Talking Heads, Blondie y Patti Smith. O la música disco reinaba las noches blancas en el Studio 54, donde se podía ver a Michael Jackson, John Travolta, Salvador Dalí y hasta el mismísimo Donald Trump. O Andy Warhol, quien se paseaba con su tropa de freaks desde La Fábrica (su estudio de arte fundado donde sucedían fiestas y happenings) hasta algún club de moda. Y el rap: por estos mismos años, además, este género musical daba sus primeros pasos en el Bronx cuando, por error, algunos descubrieron que podían rimear sobre mezclas de vinilos hechas con soul y funk.

El escenario de todo aquello era una ciudad destruida, sucia y llena de grafitis. Queens, Brooklyn, Bronx y Manhattan, cuatro de los cinco distritos de NYC, comenzaban a ver un cambio en sus murallas y fachadas. Era la primera generación de grafiteros neoyorkinos que se tomaba la ciudad. Así, incluso en el metro (por dentro y fuera de los carros) era posible ver este nuevo arte.


Pero claro: en esos años muchos miraban el grafiti como un estorbo o vandalismo urbano. Como otro de los tantos síntomas de que Nueva York pasaba por su peor época. Y por eso en su inicio fueron pocos los que miraron este disciplina a su altura; es decir, como un arte más. El primero en hacerlo de una manera seria fue el novelista estadounidense Norman Mailer, quien en 1974 escribió sobre esta nueva tendencia para la revista Esquire. Mailer supo ver lo que nadie en su momento pudo: que desde los márgenes de la ciudad se creaba una nueva estética y arte y la cual, al poco tiempo, sería captada por el capitalismo. Hoy marcas de zapatilla hasta computadores usan códigos y estéticas provenientes de esos primeros grafitis.

“En un acto criminal siempre hay arte, pero los grafiteros están en el extremo opuesto de los criminales”, apuntó Mailer en aquel artículo para Esquire. “Porque viven todas las fases del crimen para cometer un acto artístico”.



Desde los setenta que el grafiti se volvió uno de los sellos de Nueva York. Por lo menos hasta que llegó en 1994 el republicano Rudolph Giuliani con su tolerancia cero. A partir de entonces todo cambió. Por una parte el grafiti en las calles sería catalogado como un crimen. Y por otra, esta misma disciplina sería captada por los museos y galerías.

De ahí la importancia tras 5 Pointz, una vieja fábrica ubicada en Queens y llena de grafitis, y la cual era hasta hace poco el único recordatorio de la NYC setentera. Llamada así ya que coincidían los 5 distritos de la ciudad, más que una vieja industria abandonada, este era un museo callejero con más de 350 murales.



Comprada en 1971 por Jerry Wolkoff, este espacio estuvo años abandonado. Hasta fines de los ochenta, cuando un grupo de artistas se acercó a Wolkoff y le preguntó si podía usarse como un lugar seguro para que los grafiteros exhibieran su trabajo. Desde entonces que 5 Pointz se volvió en la meca del grafiti y hasta apareció en películas y videos musicales.

Una de las mejores formas de apreciar este lugar era desde la estación elevada de la línea 7 del metro: el tren pasaba, rumbo a Times Square, y los murales aparecían frente a los pasajeros. La otra forma era a pie; es decir, bajarse en la estación más cercana (Court Sq., línea G) y recorrer 5 Pointz con cámara o teléfono en mano.


Pinturas públicas

Fue el martes 19 de noviembre de 2013. Aquella mañana 5 Pointz amaneció pintado de blanco. Muchos grafiteros quedaron devastados: sus obras, sin previo aviso, desaparecieron. En todo caso era cosa de tiempo. 5 Pointz se había convertido en un punto turístico, una marca de la ciudad, pero pronto a sería demolido para dejar espacio a dos nuevos condominios de lujo. Nueva York había comenzado un proceso de aburguesamiento acelerado. Un proceso que ha tenido varias aristas. Entre esas, por ejemplo, que la ciudad sea más segura (en febrero de 2015 se estableció un récord de 12 días consecutivos sin un asesinato, y el crimen sigue bajando); aunque por otra parte que NYC se pasteurice y así convierta en una ciudad para turistas y millonarios y hipsters adinerados. Y dentro de eso, claro, que el grafiti casi solo tenga espacio mientras sea parte de los museos, galerías o parte de campañas publicitarias. Es decir, fuera de su ámbito original: la calle.


Es así como algunos artistas se organizaron y demandaron a Jerry Wolkoff, quien aseguraba que en el nuevo edificio también habría espacio para los grafitis. Le pidieron ayuda a la Comisión para la Preservación de Nueva York, la cual se negó a darle el título de monumento histórico a 5 Pointz por tener menos de 30 años de antigüedad. Su último recurso fue acudir a Bansky, sin duda el grafitero más famoso del último tiempo y quien, en 2013, vivía en Nueva York y sorprendía todos los días con una nueva intervención en la ciudad. En octubre de ese año, durante el último día de su residencia, Bansky dejó el siguiente mensaje en su web: “Muchas gracias por su paciencia. Ha sido muy divertido. Salven 5 Pointz. Adiós”.
El gesto de Bansky no sirvió: primero desaparecieron los grafitis y eventualmente se derrumbó la vieja industria.

Así, de alguna manera, en 5 Pointz se reflejaba una de las problemáticas del grafiti: ¿a quién le pertenecen los murales y dibujos?, ¿al dueño del edificio o al artista?, ¿es el grafiti un arte destinado a no perdurar al exponerse en la calle?


En 2010, tres años luego de la muerte del Normal Mailer, se republicó su ensayo sobre el grafiti en forma de libros. Esta nueva edición venía, asimismo, acompañada con una serie de fotografías de Jon Naar, un fotógrafo británico-estadounidense celebrado por sus imágenes pioneras del grafiti y por los retratos de Andy Warhol y otras celebridades. El libro se llama La fe del grafiti (451 Editores) y es tal vez el mejor documento para tomarle el pulso a lo que sucedía entonces.

Años después de que los murales amanecieran pintados, un juez ordenó al propietario que pagara $ 6.7 millones a 21 de los grafiteros que, de la noche a la mañana, perdieron su arte. Según lo informado por el New York Times, aunque Jerry Wolkoff es dueño del edificio, el jurado aseguró que, bajo la Ley de Derechos de Artes Visuales, el arte estaba protegido.

5Pointz era tal vez la última visita a una Nueva York que ya no existe; esa de los setenta y ochenta. Pese a eso, el legado tras 5 Pointz, por lo menos, ha dejado un nuevo capítulo sobre la relación arte y autoría en cuanto al grafiti.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo