Culto
Jack White en Madrid: Juanito y su combo

Jack White en Madrid: Juanito y su combo

Siguiendo con el tour europeo de presentación de Boarding house reach, Jack White fue uno de los números centrales del Mad Cool Festival en Madrid la semana pasada. Recordando que su paleta sonora ha sido amplia en toda su trayectoria y no sólo en su criticado último disco; el músico de Detroit junto a su pequeña orquesta tocó más o menos lo que quiso, con la precisión y el buen gusto de siempre.

Primero, se ve en las pantallas un reloj que retrocede su segundero inexorablemente, ante la ansiedad general del público que se acerca a uno de los escenarios centrales del festival el Viernes 13 de Julio. Y las personas, como ya están impacientes, comienzan a contar hacia atrás en voz alta, como para adelantar la espera. Luego, en las visuales, surge la sombra de un hombre que, frente a una consola de grabación, manipula el tiempo y transforma esos 4 escasos minutos que quedan en unos espantosos 9. Maldito. Pero, no hay problema, porque luego lo cambia a 2. Y después a 5. Pero, tranquilos, porque en realidad quedan 4 minutos de nuevo. ¿Y ahora son 6? Basta, ok.



Por supuesto que la sombra es la de Jack White, reivindicador del blues, músico pluriempleado y, por si fuera poco, responsable de uno de los últimos himnos de estadio de la era moderna (si usted está leyendo esto, probablemente sabe que ese “uuuoooooooo” se llamaba originalmente “Seven Nation Army” y no al revés; así que mejor ni mencionarlo). Antes, formaba parte de un dúo llamado The White Stripes que, esencialmente, controlaba él, pero que se beneficiaba de la simpleza y claridad (limitaciones técnicas, dirán los quisquillosos) de su batería Meg, con quien facturó varios discos formidables a principios de siglo, donde cuentan que, incluso, las personas compraban álbumes de rock.

Concluida la historia del dúo, dicen que por la misma parsimonia pasiva de la buena de Meg; Jack White ha facturado tres discos solistas, donde se ha explayado en todas las direcciones que ha querido, incluso llegando a confundir al respetable, con el reciente Boarding house reach (Columbia, 2018). En este nuevo álbum, el revisionista White, ha sacado un poco de quicio a sus fans de viejo cuño con una producción que bien se podría llamar experimental y espontáneo, si uno es fan del señor; o, pobre y algo despreocupada, si uno no lo es. Además, para peor, dirían los últimos, abandonando a ratos el garage rock y el blues primitivo de antaño y acercándose, horror, al funk y al hip hop. Si junto con ello, el chistosito cambia los números del reloj de espera antes del concierto, la cosa puede no pintar muy bien de antemano.



Por supuesto que el enfoque un poco desaliñado de la nueva grabación no se traspasa a escena. Porque allí surge el Jack White, maestro del control, quien tiene la técnica y talento necesarios como para hacer de un espectáculo ultra preparado una supuesta sesión de música relajada. Así, no sólo se provee de un complemento visual atractivo y un sonido sin fallas, sino que envía a los fotógrafos y prensa acreditada a la ciudad vecina, pero arriba de los árboles, para no interferir en vaya a saber uno qué proceso metafísico que sucede al tocar. Y como, luego de eso, está todo en orden, el hombre se despacha con un concierto sin fisuras, potente, con recuerdos a sus bandas anteriores (no sólo The White Stripes, sino que The Racounters y Dead Weather), sus discos solistas e incluso una porción generosa, y más atractiva que en su versión en estudio, de Boarding house reach.

Cuando se ha tenido un dúo y has extremado los recursos (4 brazos, sin la herejía de alguna secuencia que apoye), casi cualquier cosa posterior es una orquesta de matrimonio. Ya lo intentó White en la gira de Blunderbuss (Columbia, 2012), donde alternó 2 grupos de músicos femeninos y masculinos según la actuación; y en la de Lazaretto (Columbia, 2014) donde, como se vio en su paso por Lollapalooza Chile, armó un combinación entre ambas bandas, con un elenco de 5 músicos. Esta vez con 1 menos y repitiendo la sólida base de Dominic Davis en bajo y la tremenda Carla Azar en batería, Jack White logró hacer sin problemas una síntesis acabada de todos los estilos que ha cultivado y lo que se perfila a futuro.


Con la potencia del clásico de White Stripes, “Black Math”, el repertorio avanzó con las 2 referencias más inmediatas del último disco como “Over and over and over” y “Corporation”, para luego adentrarse a terrenos más fangosos, mostrando cómo se unen el blues sintético deudor de Prince en “Why walk a dog?” con una vieja referencia de los White Stripes llamada “Canon”, sin perder la coherencia entre medio.

Luego, un recorrido por los temas más reconocibles de sus discos solistas (“Love interruption”, “Lazaretto”) se combinó con alguna parada en sus proyectos paralelos (“I’m slowly turning into you”, “Steady as she goes”, “I cut like a buffalo”) y unas versiones de la banda madre, transformadas para la ocasión, como la delicada entrega de “We’re going to be friends” o el arreglo honky-tonk de “Hotel Yorba”, ambas con una gran performance de Neal Evans en los teclados.

Un repertorio balanceado, que tiene variaciones en cada actuación, y que permitió entender la importancia del músico de Detroit después de 20 años de carrera, así como observar hacia dónde se dirigen sus nuevas inquietudes. Si bien el público reaccionó enfervorizado por los números más previsibles (aquel final apoteósico con la incombustible “Seven nation army”), el interés no menguó en toda la actuación y permitió al festival superar los sinsabores de la caótica jornada anterior, aunque sin sospechar lo que se vendría aquel mismo día con la suspensión sorpresiva de Massive Attack. Algo de eso contaremos en la siguiente crónica, junto con los reclamos de ciertos artistas poco amantes de la exclusividad. A esconder la pulsera Vip, entonces.


Fotos: Alberto Iglesias

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