Culto
Los demonios encerrados de Flavia Radrigán

Los demonios encerrados de Flavia Radrigán

La dramaturga e hija del autor de Las brutas publica Ausencia de ti, libro que reúne cinco obras suyas, incluido un monólogo del Rey Lear que escribió tras la muerte de su padre.

Ella era Marlowe y él, su padre, William Shakespeare. Era un juego que tenían Flavia y Juan Radrigán durante el último tiempo que compartieron juntos, poco antes de que el dramaturgo, Premio Nacional y autor de Hechos consumados falleciera el 16 de octubre de 2016 a los 79 años, víctima del cáncer. “Yo siempre he escrito muy sola, pero con mi papá tuvimos, además de la sangre, un vínculo escritural muy cómplice”, comenta la escritora (54) en el café El Biógrafo, en el barrio Lastarria, uno de los favoritos de su padre.

Cada vez más dedicada a la pintura y a solo meses de dejar la dirección de la Escuela de Arte de la Universidad de las Américas, que cerró sus puertas este año, Flavia Radrigán publica Ausencia de ti, volumen editado por Cuarto Propio que reúne cinco de sus obras.

Todas fueron estrenadas, dice, salvo una: “Después de que él murió no he logrado escribirle ni una sola página, por eso el libro no tiene dedicatoria. Pero sí incluí un texto que comencé a escribir a la par con él en 2014, cuando le encargaron El príncipe contrahecho (inspirada en Ricardo III) y La tempestad”, ambas de Shakespeare. “Una vez lo acompañé a comprar una película a San Antonio con Huérfanos, en el centro, porque mi papá estudiaba mucho antes de escribir, sobre todo un Shakespeare, al que siempre miró un poco por encima del hombro. Y mientras se las arreglaba para ponerse en la buena con él, yo decidí ahondar de a poquito en la vejez y el poder del Rey Lear, pero no la terminé hasta un año después de su muerte”, relata.

El monólogo inédito, que lleva por título Lear, el rey y su doble, es uno de “los cinco demonios” que Radrigán acaba de encerrar entre las tapas de su nuevo libro, presentado esta semana en el teatro Sidarte. “Tenía ganas de cerrar un ciclo. Todas estas obras estaban empolvándose y sentí que no era digno que se mantuvieran tan guardadas, tenían que volar porque ahora estoy con otras temáticas y otra forma de escribir”, comenta. Y añade: ”Según aprendí del maestro, mi papá, cuando uno tiene un tema que ebulle la cabeza no escribe una obrita sino dos o tres. Recién ahí lo puedes dar por eliminado de tu espíritu y del corazón. Es como encerrar a tus propios demonios. Y le creo, porque cuando empiezas a leer tus obras anteriores siempre hay una espina de pescado que es la misma, y aquí es súper clara: la ausencia de algo, quizás de todo”.


Quiebres

Las fracturas familiares atraviesan también las otras cuatro obras compiladas en el libro, El descanso de las velas (2012), De las historias privadas de Dios (2014), Peligro, peligro de mí (2015) y Un ser perfectamente ridículo, estrenada en 2004 en el Teatro Nacional, bajo la dirección de Gustavo Meza, para el centenario de Pablo Neruda. El mismo texto propone un enfrentamiento imaginario entre el Nobel chileno con su hija Malva Marina, que padecía hidrocefalia y murió a los 8 años, lejos de su padre. La obra solo estuvo tres semanas en cartelera y no volvió a montarse.

“La Fundación Neruda puso el grito en el cielo y nadie quería nada conmigo, ni los lectores del poeta”, recuerda. “‘¿Por qué indagar en la vida privada de la gente?’, me decían, y hasta yo me lo cuestioné, pero Malva Marina necesitaba su derecho a réplica y gritar que necesitaba a su padre. Y yo encontré esta torpeza humana en Neruda, que no se puede perdonar por ser quién es, y que es discriminación pura y de un ser que solo escribía belleza. Pero por lo visto, de repente tanta belleza es sospechosa”.

De una de las paredes de su departamento en Providencia, cuelga un retrato de su padre pintado por su hijo Fernando (30). “El se llevaba muy bien con mis dos hijos -el otro se llama Gabriel (29)-, si Juan era un hombre muy gracioso y tenía mucha sintonía con los jóvenes. Fue la risa la que hizo que él y mi mamá se enamoraran; incluso hoy, a sus 83 años, ella le habla a través del cuadro y le sopla cosas al oído: ‘Te espero en la mesa’, le dice. Otras veces, cuando anda más despierta, me pregunta dónde está enterrado. Lo echa de menos, si se veían todos los domingos y él le llevaba chocolates pa’ callado”, cuenta.

La última vez que Flavia vio a su padre fue en mayo de 2016, cinco meses antes de la muerte del dramaturgo, quien vivió sus últimos 25 años junto a la actriz Silvia Marín y Rocío, la hija de ambos. “Hasta hoy me duele su ausencia”, dice la dramaturga. “Yo no supe hasta mucho tiempo después que mi papá dejó testamento, me enteré solo por la nota de un abogado. Estaba todo en regla, eso sí, al igual que con la posesión efectiva, pero me dio mucha pena ver la firma. No era la suya, era la de un niño. Un niño que se estaba yendo. Son cosas que a uno le dan pena porque ocurren al borde, casi al cierre, en el último acto. Su último acto“, concluye.

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