Culto
Nosferatu revive en la cripta de  la Iglesia de Los Sacramentinos

Nosferatu revive en la cripta de la Iglesia de Los Sacramentinos

El subterráneo de la antigua basílica del centro se convierte en el escenario de Nosferatu, el despertar, la sátira dirigida por Benjamín Rivas basada en la obra de Griselda Gambaro.

Lleva tiempo encerrado y deprimido, sin ánimos de cazar ni saciar el hambre con la tibia sangre de sus víctimas. Los años y desgracias le han caído encima a Nosferatu, el vampiro rebautizado por Bram Stoker como Drácula (1897) y uno de los más populares personajes de terror. Lejos de la fama de la que también gozó al ser llevado al cine por Friedrich Wilhelm Murnau (1922), Werner Herzog (1979) y otros, el excéntrico conde rumano lidia ahora con los sermones de su esposa y las torpezas de su pequeño hijo Lucas en las profundidades del centro de Santiago: la cripta de la iglesia de Los Sacramentinos.

Diseñada por el arquitecto Ricardo Larraín Bravo en 1908, una vez que la congregación religiosa se instaló en Chile, la basílica de estilo romano bizantino, en calle Arturo Prat, fue construida en dos fases: primero se edificó la cripta entre 1912 y 1920, y luego el templo, hasta 1934. Allí, en el mismo subterráneo de 1.500 metros cuadrados donde aún se ven sus columnas y capiteles originales, se presenta Nosferatu, el despertar, el montaje del Colectivo Granja que mañana y el viernes sumará nuevas funciones.

“La estrenamos en noviembre del año pasado en el subterráneo de la U. Arcis, en un espacio conocido popularmente como La Factoría y como parte del festival Teatro en Casa. La postulé a varios teatros y ninguno la aceptó, y después yo mismo llamé por teléfono al padre Julián, quien está a cargo de la iglesia, para ofrecerle el proyecto. El sabe que yo no soy religioso, y así y todo aceptó que la presentemos aquí”, recuerda su director, Benjamín Rivas (1983).

Egresado de la misma y hoy desaparecida escuela, el actor cuenta que en 1998, mientras tomaba un taller, llegó a sus manos el texto de una breve obra titulada Nosferatu (1997), de la dramaturga argentina Griselda Gambaro (1928).

“Ella también escribió un cuento sobre el personaje, pero la obra es mucho más crítica y política por retratar parte de lo que estaba pasando con la dictadura en los años 70. Eso hizo que el texto fuese muy necesario, y ella, que era una de las dramaturgas rojas de ese momento, pudo hablar de pobreza, de olvido y decadencia con mucho humor”, comenta. “Yo lo tomo ahora y me resuena como un texto político, y nos hacemos cargo de la invasión inmobiliaria y del empobrecimiento, pero además marcó el inicio de una investigación en torno al espacio no convencional para el teatro y que me permitió trabajar desde la dirección un estilo más expresionista”, agrega.


El público se viste de negro

Los 100 espectadores que en promedio asisten por función a Nosferatu, el despertar, descienden las escaleras y toman ubicación en las antiguas bancas de la iglesia subterránea de Los Sacramentinos. Entonces las luces se apagan y la rasposa voz de un narrador presenta al personaje interpretado por Mauricio Riveros (…Y de pronto el amanecer), que irá apareciendo en su ataúd bajo un tenue halo de luz.

“El hijo (Loló Leiva) es el único que ha salido al exterior desde que su padre cayó en depresión, lo que ya es gracioso: un Nosferatu depre”, dice Rivas. “El y su madre (Ana Burgos) lo animan a levantarse y a recuperar el hambre y lo que es suyo, pero tienen que llevarle a una nueva víctima a su casa y ahí es cuando se desata un final dramático en que aparecen la catarsis corporal y la sobre expresión”, revela.

Con guiños al cine mudo, proyecciones en blanco y negro y música inspirada en la cinta de Murnau, a cargo de Paulo Gallo, la ópera prima de Rivas -que sumará funciones en la misma cripta la próxima semana- ha tenido un insospechado éxito entre vecinos y otros públicos ajenos al teatro, dice: “Ha venido harto gótico y jóvenes vestidos de negro a verla, por ejemplo, pues piensan que se trata más de una obra de terror en lugar de una sátira. Por eso no es casual la elección de Nosferatu, a quien todos esperan ver como en el cine y no en crisis. Llegar con ese miedo y soltarlo, es también parte de la experiencia”.

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