Culto
Mark Hollis, el chico de humo

Mark Hollis, el chico de humo

Ahora que el silencio es un crimen y la búsqueda del anonimato una patología psiquiátrica, bien podemos recordar a Mark Hollis, líder de Talk Talk, que luego de probar el éxito más veces de las que realmente quería, desapareció. A 20 años de su último disco, aún nos preguntamos por su paradero.

Comencemos con la información dura: por vigésimo año consecutivo, Mark Hollis no regresa. Y tiene toda la cara que será la misma noticia el 2019 y quién sabe cuánto tiempo más. Otro dato para evitar la demanda por publicidad engañosa: sí, se sabe dónde vive Hollis. Es en un tranquilo barrio del sur de Londres, donde el señor, al parecer, tiene una apacible vida de jubilado anticipado.

O eso comentaba al menos, en lo último parecido a una presentación pública, en 2004, cuando fue a buscar a las oficinas de la asociación de derechos de autor BMI, el premio por su clásico “It’s my life”. Ello, después de no haber asistido a la premiación del año anterior y apareciéndose con un look de quien acaba de pasar al banco y está apurado para ir a comprar el pan para el almuerzo. Como ven, acá no hay dramas profundos, ni hogueras con tarjetas de crédito y carnets de identidad; pero algo inventaremos si es necesario.

La historia tiende a ser al revés generalmente. Grupo de chicos ambiciosos buscan el éxito, lo consiguen, lo disfrutan y luego lo extienden todo lo que puedan. Y cuando se ve que no hay más remedio, se separan para regresar cuando la nostalgia, y los acreedores, llaman a la puerta. Con Talk Talk no sirve mucho esa ecuación como veremos.

Formados en Londres en 1981, el trío conformado por Hollis en guitarra, piano y voz, Paul Webb en bajo y Lee Harris en batería; editaron un par de buenos discos al amparo del sonido synth pop de hombreras grandes de la época. El segundo de ellos, incluso, facturó una canción con residencia definitiva en tu radio/discoteca del recuerdo de los 80s llamada “It´s my life”. Un tema tan enorme que, ni siquiera pudo ser destrozado por los intentos despiadados de No Doubt, en su exitoso cover de 2003.



Abanicándose con los billetes y cotizando casa en la playa, los ejecutivos de la discográfica, se enfrentaron de mala gana a The Colour of Spring (Emi, 1986), donde la banda ahondaba en los pasajes más plácidos y ambientales de sus primeros discos, con la ayuda inestimable de Tim Friese-Greene, suerte de mano derecha de Hollis.

Para alivio del sello, el disco fue un nuevo éxito, pero marcaría el final de la vida en directo de la banda, por las dificultades de Hollis de disfrutar arriba de un escenario. Luego de la gira de presentación, los ejecutivos empezaron a reevaluar sus expectativas, cuando Hollis prometió que su nuevo disco tendría una “perspectiva más personal” y comenzaba una residencia de 1 año en una iglesia abandonada para grabar sin un plan definido. Adiós singles y éxito comercial, bienvenida experimentación y los cimientos de un nuevo género: el post-rock.



Aunque se le atribuye a bandas como Bark Pychosis o Tortoise, la creación de este género que revisaba los conceptos clásicos del rock, estableciendo lazos con la música ambient, el minimalismo o el jazz; es en Spirit of Eden (Emi, 1988), cuarto disco de Talk Talk, donde se pueden observar varios elementos constitutivos del estilo. Donde antes había un formato pop, con melodías recordables e instrumentación propia de la época, ahora predominaban las improvisaciones, el sonido acústico y el silencio.

Nada que presagiase un éxito. Y, justamente, nada que lo lograse. Sin una gira de presentación y con 1 single lanzado de mala gana, la banda se despidió con mucha gloria, pero poca fortuna de los grandes sellos. Desde ahí, el comienzo de la evaporación de la figura de Mark Hollis.

Como el hombre era tozudo y no se la quería hacer fácil a su nuevo sello, el siguiente disco estiró aún más los conceptos del anterior. Laughing stock (Polydor, 1991), ya sin el bajista Webb, fue el álbum final y el antecedente directo del primer y único registro solista de Hollis. Un disco homónimo, lanzado hace 20 años, que significó casi la última señal de vida artística del músico.



De la misma manera en que terminó Talk Talk, con una música que parecía perderse en el horizonte, es que Mark Hollis se retiró. Sin grandes discursos de autodescubrimiento trascendental, ni frases para adornar memes con fotos o paisajes naturales. Despidiéndose con algo tan impopular como “probablemente el álbum más silencioso e íntimo jamás hecho”, según el prestigioso sitio Allmusic.com, Hollis pareció finalizar su obra y pensó que el alejamiento era la mejor idea.

Ahora, eso lo suponemos, porque luego de las entrevistas de rigor del disco, no ha habido noticias ni comentarios de él. Sólo alguna colaboración con el proyecto electrónico Unkle (donde luego pidió remover su nombre), una pequeña pieza instrumental para una serie, y poco más. Evaporado, silente y (suponemos) feliz, Mark Hollis prosigue un año más fuera de nuestro campo visual.

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