Culto
La travesía altiplánica de Américo

La travesía altiplánica de Américo

El cantante que más discos vende en Chile fue hasta la localidad boliviana de Coroico, para dar el primer show internacional de su carrera. Una aventura marcada por el exotismo del lugar y la precariedad de la organización.

Américo perdió la voz. Se quedó casi sin habla en el corazón del trayecto al primer concierto internacional de su vida solista. Y no por algún arranque emotivo atorado en la garganta ante el cariño de su gente. Precisamente por lo contrario: porque el mayor ídolo popular de los últimos dos años en Chile está solo junto a su círculo de hierro, arrojado en una de las carreteras más duras de Sudamérica. “La ruta de la muerte”, como le advirtieron desde que el 2 de julio llegó a La Paz para cantar un día después en el Festival de la localidad de Coroico, a cuatro horas de la capital boliviana.

El tramo que separa ambos lugares haría sudar frío a los organizadores del próximo Dakar y es lo más parecido a un entorno de inspiración macondiana: un camino flanqueado por cerros, quebradas, riachuelos, aves de aspecto intimidante, vegetación generosa, tiendas de choclo visitadas por el viento y militares que comen pollo frito en la berma. Es la altura boliviana en su faz más ruda. “Es complicada, estrecha, da miedo, antes había choques y moría gente, pero vale la pena”, le enumeró la noche anterior Karina Asbún, ejecutiva del canal Bolivisión que lo invitó a comer junto a su equipo.

Américo sabe que la aventura vale la pena, porque llegar hasta Coroico sellará otro peldaño más en el despegue de su carrera fuera de Chile. Por eso abandona el confort de su breve estadía en La Paz -una pieza del hotel Radisson, con living comedor, cama de dos plazas y vista fotográfica- para tomar una van, junto a su mánager, su jefe de seguridad y su hermano mayor, y enfilar hacia el objetivo final.

El mismo que está separado por “la ruta de la muerte”. El mismo tramo que no sólo asusta por las curvas pronunciadas que rasguñan acantilados de espeluznante verticalidad; asusta porque la altura permite que nubes completas se crucen de manera fantasmal en pleno camino y reduzcan la visibilidad a cero. Los tramos parecen interminables y el chofer, avezado en el arte de esquivar nubes en la carretera, se ve obligado a descender el kilometraje y prender las luces.



Américo, de rostro tímido y de hablar bajito, observa como un niño en su primer día de clases. Apenas emite palabras y prefiere mirar cómo el conductor se convierte en un cirujano del volante. Sus cercanos despiertan de la siesta y también siguen el matemático zigzagueo del vehículo. Por eso, para el viaje de retorno tras el concierto, en plena noche, el encargado de seguridad exige que no se vaya a más de 10 kilómetros por hora. Aunque se demore una eternidad, aunque pierdan el vuelo que al otro día los trae de vuelta a Santiago. Como una forma de relajarse, de evadir lo que pasa al otro lado de la ventana, Américo ahora prefiere hablar. Y bastante. Cuando la radio logra sintonizar con dificultad uno de los partidos finales de Sudáfrica 2010, el cantante detalla con autoridad nombres de jugadores, estadísticas mundialeras y estadios.

Pero donde más sorprende es cuando se explaya sobre música. Porque no lo hace desde el púlpito de la emoción y la pasión: lo hace desde la solidez del conocedor. La radio suena mejor y emite un clásico de Santana. Américo elogia al actual baterista del mexicano y luego lamenta no haber podido ir al último show de Chick Corea en Santiago. Confiesa que ama el grunge y que admira la ética de Radiohead, “una banda que la supo hacer”, según su concepto. Enumera sin repetir ni equivocarse la formación histórica del grupo metalero Megadeth y agrega que es un conjunto que lo enloquece.

Hasta que la van por fin llega a Coroico, luego de sortear caminos aún más estrechos y cruzar un puñado de puestos callejeros que parecen arrancados de Nueva Delhi y que ofrecen bufandas, posters y DVD piratas con la imagen de, precisamente, Américo. El mismo ídolo que arriba, casi inadvertido, a uno de los mejores hoteles de la localidad, ubicado a escasos metros del escenario donde un par de horas después saldrá a hacer lo que sabe. El intérprete se instala en su pieza sin el susto de la carretera, pero bajo esa misma aura de exotismo y precariedad que ha marcado su travesía altiplánica.

“Esto es un poco como un ambiente tipo Farc”, dice y, de algún modo, acierta: como los productores locales no tenían habilitada una vía fluida que uniera su habitación con el escenario, el chileno y sus músicos debieron caminar por un sendero estrecho, húmedo, oscuro y empinado, que serpentea entre árboles y desemboca en su camarín. Horas antes, un generador eléctrico que su staff llevó desde Santiago tenía una potencia mayor a la ofrecida por la organización y terminó quemándose.

Pero minutos antes de saltar a escena, poco importan los senderos y los generadores. “Este es el momento donde lo único que quiero es cantar”, reconoce en la carpa remodelada como camarín. Ahí vuelve a recuperar la labia y la soltura. Porque por primera vez en el viaje está con sus músicos, a los que trata como camaradas, con los que comparte un sándwich y grita ¡mierda! ¡mierda! antes de ir al escenario. Y resulta: el hombre de Embrujo se presenta ante 10 mil personas que corean casi todos sus himnos y que lo conocen a partir de la vitrina que significó su paso por el Festival de Viña 2010.

Dos lugares tan impersonales como una van para transportar turistas y un camarín son casi los únicos espacios donde el artista se abre con relajo y naturalidad. Porque en los viajes, y en particular en éste, Américo casi no se deja ver. Es un animal de hotel. La fortaleza con que cerca su intimidad se hace carne en una rutina que gira en torno a una habitación y a un lobby. Se decepcionarían los que buscan en él a un animal de mall, a una estrella bohemia a la caza de discotecas o a una figura obsesionada por las costumbres locales. En el Radisson, chatea en su Mac, ve canales musicales y se divierte con su hermano.



Sólo sale de su habitación para entrevistas, para cenar con una ejecutiva televisiva y para dar una conferencia donde campean los abrazos con las periodistas (aunque una pregunta en torno al conflicto entre Chile y Bolivia lo hizo tragar saliva, lo llevó a hablar del terremoto y, como los que saben, lo hizo proclamar que la música une a los pueblos). Ese hermetismo configura una personalidad que es comentario obligado: Américo es un tipo tímido. Se entrega de a poco. “Cuesta entrarle”, resumen los periodistas locales. “Es que no salimos mucho”, justifica su mánager, Melitón Vera.

Es que el estricto profesionalismo que rige la vida del ariqueño es obra del propio Vera, un ex periodista que comenzó desde 2008 a moldear su carrera. Es hábil, riguroso, disciplinado y también habla lo justo. En señal de reverencia, el intérprete lo trata de usted y nunca lo tutea.

Cuando integrantes de la producción local le regalan pulseras autóctonas, Vera se preocupa y pregunta si los colores del bordado pertenecen a algún partido político. En el aeropuerto de La Paz, un grupo de pastores evangélicos chilenos se acerca a Américo, le piden fotografías y un saludo para la comunidad. Vera les dice que el cantante no se abanderiza con ningún credo y sólo permite las fotos. Américo duerme cinco horas cada jornada y cumple la rutina de tres comidas diarias. Jamás toma alcohol en los almuerzos o en el tiempo libre antes de sus conciertos. El resto de su staff tampoco: Vera vetó la bebida para todos los que trabajan con el artista.

Su dirigido acata sin reparos ese guión. Se toma fotos con cualquiera, desde policías hasta cocineros, y respira con calma, porque el reverso a esa histeria está cerca: su hermano Darwin, de 34 años, lo acompaña en las giras y es el refugio donde encuentra la complicidad que no hay allá afuera. Es su amigo y compañero. “Estoy aquí para que se sienta acompañado”, desliza Darwin en casi su única frase en el viaje. De algún modo, Melitón Vera y Darwin Vega son las relaciones que definen a Américo. Son la compensación entre dos universos opuestos.

Darwin es aún más tímido, habla bajísimo y su presencia es invisible. Pero Américo sabe que siempre está ahí. Su familia es casi un momento de distensión en los viajes. Cada cierto tiempo mira su Blackberry y es fácil intuir que está hablando con algún cercano en Santiago (hoy está comprometido y tiene dos hijos). Por eso, cuando está de vuelta en la capital, el cantante sólo ansía ir a ver Toy story con sus cercanos. Reencontrarse con los suyos. Y cambiar el ajetreo internacional por su mundo personal.


*Nota publicada originalmente el sábado 7 de agosto de 2010 en La Tercera.


Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.