Culto
Alejandro Sieveking: “Me aterra tanta reverencia”

Alejandro Sieveking: “Me aterra tanta reverencia”

A sus 83 años, el autor de La Remolienda cuenta que hoy vive como actor full-time y que escribe “cada vez menos”. En octubre, actuará en una de las obras de la Muestra Nacional de Dramaturgia, que este año le será dedicada.

Está revisando su colección de fotografías. Retratos de sus padres, postales de su infancia en Rengo y otras pocas de su juventud, en los 50, cuando ya estudiaba teatro en la Universidad de Chile: en una de estas últimas se lo ve bailando con una chica, y muy cerca suyo están Víctor Jara (“animando la fiesta”), el fallecido dramaturgo y amigo suyo Jaime Silva y, casi colgando del encuadre y perdido entre los invitados, un jovencísimo José Donoso. “El pololeaba con la dueña de casa, pero no logro recordar su nombre”, se lamenta Alejandro Sieveking (1934), pegado a la pantalla de su nueva computadora Mac, que aún no consigue dominar.

También las hay y por montones, de Bélgica Castro (97), su mujer y la actriz más longeva del teatro chileno, quien ahora, pasadas las 9 de la noche, duerme en su habitación. De ella contemplando la Diosa Bastet en el Metropolitan Museum, en los 90, y en otra grupal, de cuando trabajaron juntos en Marat Sade en 1967, junto a Sergio Aguirre, María Cánepa y otros. Pero entre todas, dice el dramaturgo y Premio Nacional 2017, su favorita es una en la que la actriz aparece durante un viaje que hizo a Alemania, en 1946.

“Estuvo dos meses trabajando y uno hospitalizada. Le dio Mal de Pott y tuvieron que traerla de vuelta a Chile en barco, ¿sabías?”, cuenta en el living de su departamento, frente al cerro Santa Lucía. “Han sido tantos años juntos con la Bélgica y tantas las historias que tenemos, que siento el deber de contarlas ahora que puedo, porque ella se ha ido apagando de a poco. Tiene días buenos y otros no tanto: su memoria flaquea y, a veces, cuando he vuelto de un viaje, no me ha reconocido. De no ser por la enfermera que la cuida en el día, creo que me hubiese vuelto loco”.

Varios de esos recuerdos que aún lo invaden los desempolvará en Bélgica Castro y Alejandro Sieveking, dos vidas para el teatro, una suerte de álbum biográfico editado por Ventana Abierta y que será lanzado en octubre, para la Feria del Libro de Santiago. Además de un centenar de fotografías de ambos, el volumen incluirá horas de conversaciones transcritas en las que el autor de La Remolienda recorre desde los orígenes familiares de cada uno y su posterior encuentro en los 50, pasando por sus años en el Ituch, el trabajo junto a Víctor Jara y Ana González, el exilio en Costa Rica, el retorno en 1981 y así, hasta llegar al presente.

“La misma editorial publicó un libro sobre Víctor, pero este tendrá muchas más fotografías”, dice Sieveking. “Mientras las seleccionábamos, me puse a escribir de las cosas que me acordaba. La idea es contar nuestra historia y parte de la del teatro a partir de esas imágenes, en las que aparecemos con gente que conocimos y en los viajes que hicimos. Ha sido como releer mi propia vida en imágenes, y eso nunca es fácil”.


Actor full-time

La nieve paralizó las grabaciones de la serie Helga & Flora, que lo tuvieron en el extremo sur de Chile. Ambientada en 1933, la historia retrata a las dos primeras detectives del país, interpretadas por Amalia Kassai y Catalina Saavedra. Alejandro Sieveking se mete allí en la piel de Raymond Gamper, “un descendiente de colonos alemanes, al igual que yo”, y un poderoso latifundista y sospechoso, además, de la desaparición de un purasangre. “Aproveché la pausa para volver a operarme -por el cáncer a la piel que padece hace más de 30 años- antes de que grabemos en Santiago. Ahora que estoy de actor full-time no puedo estar así de impresentable”, bromea.

Semanas atrás, recuerda, su teléfono sonó y un escalofrío lo recorrió por completo: Nona Fernández y Paulina García, directoras de la Muestra Nacional de Dramaturgia, le contaron que la próxima versión del ciclo, que se realizará en octubre, le será dedicada. “No sé, quizá es mucho. Es como si ya estuviera muerto (ríe). Me halaga que dos actrices tan activas hayan pensado en mí, pero siempre miro en frío estas cosas, y me aterra tanta reverencia”, añade.

Como principal homenajeado, dará charlas dirigidas a autores jóvenes en Santiago, Antofagasta y Concepción, pero además participará en una de las obras ganadoras. Entre el 24 y 28 de octubre, Sieveking subirá al escenario de Matucana 100 en Yo soy el cartón que hace que la mesa no cojee, el texto de Alejandro Moreno que dirigirá Cristián Plana, con quien ya trabajó en Locutorio (2017).

Junto a otros intérpretes, el actor encarnará a Félix, a quien veremos desde su nacimiento hasta la vejez. “De lo que he leído del texto, me parece una idea notable y se cruza bastante con la revisión que estoy haciendo de mí mismo”, comenta Sieveking. “Además, es fantástico volver a trabajar con Plana por su capacidad de entender los textos y dirigirlos sin cambiarlos. Y te lo digo como autor que soy también. Plana logra proyectarlos hacia otras partes imprevistas, sobre todo con el de Jorge Díaz. ¡El no se lo hubiera imaginado jamás así! Plana agrandó esa obrita en lugar de jibarizarla, y eso sí es bastante común en los directores jóvenes”.

Confiesa que le gustaría ir más al teatro, pero sus horarios no calzan: “Entre mis proyectos y los cuidados de la Bélgica, me cuesta arrancarme, pero conozco a varios y les he seguido la pista”, cuenta. “La sátira de Nona Fernández (El taller) es para matarse de la risa, y los diálogos de Guillermo Calderón (Mateluna) deben ser los mejorcitos. Pero para mí los más curiosos son el Chato (Moreno) y la Manuela Infante (Estado vegetal), que es demasiado Beckett, ¿no? No sé cómo hacen para pasar de un tema a otro sin dejar rastro ni caer en la obviedad. Pero en general creo que todos son diversos, que llegan a distintos públicos y que, afortunadamente, ni uno de ellos repite la misma fórmula. Eso es fatal para cualquier dramaturgo”, advierte.


– ¿Cómo cree que ha cambiado el teatro chileno en los últimos años?

– Hoy identifico un afán muy político y que tiene su razón de ser, por la agitación de los tiempos en que vivimos. En mi época era más una moda, aunque siempre creí que era una necesidad. Y hoy veo que el teatro es mucho más amplio que eso y que toda obra es política, en el sentido de que un autor toma posición para intentar, ojalá disimuladamente, mejorar el mundo. A mí ahora me interesa lo que está a medio camino entre la farsa y la tragedia, entre lo cómico y lo triste.

– ¿Le queda tiempo para escribir?

– Poco, y ya no puedo hacer todo lo que hacía al mismo tiempo. Si tengo que escribir, no puedo actuar. Sigo haciéndolo, pero cada vez menos. Y no me echo mucho de menos como autor, la verdad. Prefiero tomarme mi tiempo. Llevo seis o siete años intentando terminar la trilogía de Todo pasajero debe descender (2012), y recién el próximo año estrenaremos con (Alejandro) Goic la segunda parte, Todos mienten y se van. Lo peor ha sido el cambio de computadora, oye. No me acostumbro a esta que compré y soy bien torpe con la tecnología. Y todo ese romanticismo del autor solitario que escribe en su casa de campo, a mí me resulta ajeno. Ni siquiera tengo una casa de campo, y si la tuviera, me aburriría como uno de los personajes de Chéjov que tanto amo. Pero no soy uno de ellos.

Sobre el autor: