Culto
El heavy metal se hace adulto y cumple 50 años

El heavy metal se hace adulto y cumple 50 años

En 1968 el rock se puso pesado y oscuro, e inventó una de las subculturas más vibrantes del siglo XX, la que, como pocos géneros musicales, ha mantenido casi intacto su arrastre. Aquí, la genética del heavy metal en su medio siglo de vida, hoy moviéndose entre el underground y la adultez.

UNO

La primera alusión no emergió a partir de una guitarra o de un amplificador, dos de los mayores emblemas desde donde ha levantado su imaginería. La primera vez que el mundo supo de la palabra heavy metal fue por una mención en una novela del escritor beat William Burroughs, quien en el libro The soft machine, de 1962, presentó al personaje Uranian Willy como “el chico heavy metal”, parte de una trama donde algunos individuos debían soportar distintos mecanismos que intentaban controlar su conducta. Dos años después, el propio novelista repitió el término en Nova Express, para describir a personas amarradas a las drogas.

Curioso: en esos años, la palabra heavy metal circulaba en el aire, como una suerte de modismo inventado por la literatura para retratar a personajes que batallaban contra el mundo exterior, precisamente en lo que se convirtieron los músicos y los fans del rock pesado una década más tarde, como personas siempre crecidas al margen, que debían enfrentar el eterno desdén con que la dura realidad observaba su gusto por un género envuelto en las tinieblas.

Pero no fue hasta 1968 que el concepto adquirió un cuerpo definitivo. En enero, la banda Blue Cheer despachó su versión ultrapesada para “Summertime blues”, original de Eddie Cochran, saturada de guitarras distorsionadas, baterías galopantes y bajos sinuosos, el lenguaje básico del metal. A fines de ese mismo mes, otros adeptos a la densidad sonora, Iron Butterfly, titulaba su álbum debut como Heavy.

Pero el bautizo decisivo vino en julio, cuando Steppenwolf lanzaba en su clásico motoquero “Born to be wild” la línea “heavy metal thunder” (“trueno de metal pesado”). En sincronía, por esos días el autor Barry Gifford reseñaba en Rolling Stone un álbum de The Electric Flag y lo rotulaba como “música heavy metal”, en la primera vez que se ocupaba el vocablo en periodismo: ahora ya no sólo servía para explicar a los alienados, sino que también calzaba perfecto para retratar un sonido intenso y ruidoso.

Justo además en el año en que el rock, aburrido del preciosismo impulsado por Sgt. Pepper’s en 1967, empezó a mirar a sus raíces y retomó su carácter rudo y visceral, como en “Helter Skelter”, de los mismos The Beatles, la canción que electrificó a Ozzy Osbourne y lo empujó a fines de esa misma temporada a formar el embrión de Black Sabbath. Casi en paralelo, en Londres, otros ingleses daban vida a Led Zeppelin, mientras Deep Purple editaba su primer trabajo.

Borivoj Krgin, creador del sitio Blabbermouth, uno de los mayores referentes del metal a nivel mundial, coincide en que 1968 marca el despegue del alto voltaje, aunque precisa: “En todo caso, el álbum debut de Black Sabbath en 1970 fue el primer disco que legítimamente podría llamarse heavy metal, el primero que encarnó a esa cultura, en lo musical como lírico”.


DOS

Eddie Trunk, célebre conductor del espacio That metal show en VH1, nació en Nueva Jersey en 1963, empezó a escuchar heavy metal desde muy pequeño y ahora, que ya tiene 53, recuerda con claridad por qué se dejó arrastrar por un credo que nunca más abandonó: “Hay lealtad con el género. La mayoría de los fans en algún punto de la vida nos hemos sentido desvalidos, por eso lo amamos. Una vez que entra a tu sangre, nunca se va. No se basa en lo que suena en las radios, en las modas o los rankings”, cuenta a Culto.

El periodista Chuck Klosterman, originario de un pequeño pueblo en Dakota del Norte, escribe en el libro Fargo rock city -donde repasa su amor por el fenómeno- el contexto que lo empujó a vestirse de negro, y amar a Mötley Crüe y Def Leppard.

“Como alumno dolorosamente típico, criado en el Medio Oeste rural, mi vida era aburrida. En mi pueblo vivían quinientas personas, de las cuales exactamente cero sabían quiénes eran Motörhead o Judas Priest. Cuando de verdad tienes once años, tu vida siempre te parece agotadoramente normal, porque tu definición de ‘normal’ coincide con lo que sea que estés haciendo en ese momento”.

Mucho más lejos que Nueva Jersey o Dakota, en el Santiago de los 70, Rodrigo “Pera” Cuadra escucha a KISS y sabe que ahí está el camino: es la llave que años después le abre su apetito por Iron Maiden, Manowar o Saxon. Y que lo estimula para en 1984 formar Dorso, genuino representante del metal chileno desde esos días. “Era difícil ser metalero en el Chile de los 80, nada estaba a un clic de distancia. Había que intercambiar casetes, que un amigo te prestara un disco, esperar que alguien viajara fuera. Pero eso lo hacía aún más apasionante, se creaba un vínculo que no se disolvía jamás, precisamente porque era una pasión que costaba”.

Está claro que el metal es la banda sonora de quienes no encajan con el sistema formal. “Es la música de los marginales. Resolvió muchos de mis problemas de adolescente. Cuando no sabía expresarme y me sentía frustrado, iba a mi habitación y ponía un disco de metal, me aliviaba al instante”, rememora Kirk Hammett, de Metallica, en el documental Metal evolution.

Slash agrega en el mismo registro que el rock pesado funciona como un ring previamente acordado: es el espacio donde las reglas más convencionales se pueden hacer trizas y está permitido ser violento, exaltado, hereje y pesimista. Precisamente por comprender y abrazar esas normas, la Asociación de Ciencias Psicológicas de Nueva York decretó el año pasado, a partir de una serie de estudios, que los metaleros solían ser personas mucho más inteligentes que el común y, por consecuencia, que los oyentes de otros estilos.


TRES

1982 -mucho después de ese 1968 que simbolizó el Big Bang- es consignado como el año en que el metal aterrizó de modo masivo en la escena chilena. Aunque Tumulto en los 70 había ejercido el acto pionero, el circuito empezó a profesionalizarse a partir del retorno del guitarrista Néstor Leal desde Europa, donde había compartido cartel con la banda Golden Earring. Por esos días encabezó el grupo Feedback, deudores de Maiden y Scorpions, y capaces de levantar espectáculos donde circulaba todo el ADN propio de esta subcultura, desde jeans rajados hasta pulseras claveteadas.

A partir de ahí se impone un culto local que parece inextinguible y que hasta hoy tiene al heavy como uno de los estilos más convocantes del país, configurando a Chile como un pequeño epicentro metalero al fin del mundo. En promedio hay cerca de 200 shows metaleros cada año, desde clubes salvajes hasta festivales corporativos, con un público cada vez más transversal: hoy las grandes citas rockeras son casi un festín familiar.

“Pasa en el metal: simboliza tanto tu identidad que claramente se lo quieres pasar al resto de tu familia. Además, es algo que aún se da a nivel físico, porque el metalero todavía compra discos, revistas o poleras”, cuenta José Luis Corral, productor que se ha especializado en el tema en la cartelera nacional.

Borivoj Krgin dice que el panorama actual es casi el mismo en todas partes, sea en Chile, Finlandia, EE.UU. o Argentina: sigue siendo la música de los rezagados, aunque cada vez más integrada a las estructuras tradicionales.

“La mayoría de los fans, especialmente los más jóvenes, son bastante conservadores en sus gustos. Pero al mismo tiempo, los artistas han estado incorporando otras influencias en su música durante décadas, y como resultado, la subcultura se ha vuelto más tolerante. Y los fans se vuelven más abiertos a medida que envejecen. A partir de ahí se puede volver más masivo y con llegada incluso a otras generaciones. La sensación de conexión no cambia, porque el metal le habla a su público de una manera que ninguna otra forma de música lo hace”.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.