Culto
Valery Larbaud, lector vicioso y ensayista admirable

Valery Larbaud, lector vicioso y ensayista admirable

Poeta, novelista y traductor francés, fue también autor de ensayos. Editorial Hueders publica por primera vez en español su libro A los colores de Roma.

Quería que lo recordaran a través de sus libros, permanecer como una presencia fantasmal, como “una mano fría en alguna frente” o “un pensamiento oscuro y dulce”. Así al menos lo planteaba Valery Larbaud en un poema en que se imaginaba a sí mismo ya muerto por varios años. En realidad, no es un poema suyo, sino uno de A. O. Barnabooth, su álter ego o heterónimo: el joven millonario y huérfano, de origen peruano, que Larbaud había ideado y con quien por mucho tiempo se le confundió.

Larbaud, nacido en Francia en 1881, era hijo único del riquísimo dueño de las fuentes de aguas minerales de Vichy, huérfano de padre a los 8 años, debió vivir bajo la sobreprotección materna: desde los 18 hasta los 54 años (cuando sufrió una enfermedad), viajó por el mundo, como lo hizo su álter ego Barnabooth.

De no haberse disfrazado tras otros, de no haber estado desapareciendo, Larbaud podría ocupar un lugar menos excéntrico en la literatura del siglo XX, como pionero en algunos temas. Es muy probable que él haya influido en el uso de los heterónimos de Fernando Pessoa, quien inventó sus personajes después de la primera publicación de Barnabooth, en 1908 (que Pessoa leyó). Su novela Fermina Márquez (1911) fue precursora de los libros sobre la adolescencia. Había estado dándole vueltas al “monólogo interior” sin llamarlo así antes de conocer a Italo Svevo o James Joyce, de quien fue amigo y con quien trabajó durante años en la versión francesa del Ulises. Además, Larbaud presentó en Francia la literatura hispanoamericana y fue uno de los primeros que habló de Borges.

Sin embargo, como ha mostrado la biografía de Larbaud escrita por Béatrice Mousli (de 1998), él tenía una especie de ética del “auto-borramiento”, con una modestia que le hizo privilegiar por sobre su creación personal la actividad crítica y de traducción, tareas por lo general oscuras e ingratas. Contra el ocio de Barnabooth, tradujo desde varios idiomas, favoreció la recuperación de escritores olvidados y la difusión de las literaturas extranjeras.

Como ensayista, publicó recopilaciones de artículos como Ese vicio impune, la lectura (1925) y A los colores de Roma (1938), que fue uno de sus últimos libros, a pesar de que vivió dos décadas más. En 1935 sufrió un accidente cerebrovascular que lo dejó con una afasia severa y hemiplejía. Tras un período de mutismo, evolucionó hacia un trastorno de frases telegráficas. En algún momento tuvo una expresión recurrente: “Buenas noches, cosas de aquí abajo”. Pasó sus últimos años en su casa, al cuidado de su esposa genovesa Maria Angela Nebbia, revisando su obra, escuchando radio o leyendo, después de haber dilapidado su fortuna. Murió en 1957.

En su libro A los colores de Roma recopiló una serie de ensayos, o relatos o crónicas. El texto que le da título es un homenaje a los colores municipales romanos (amarillo y púrpura) y establece el tono general. Hablando sobre la “luz, color y don precioso” de la ciudad, dice que al recibirlo ha sentido felicidad “al mismo tiempo que el aguijón de la muerte”.

Lo que sigue es variado. Desde el recuerdo de una “aldea” de abejas al de una novicia que cuidó a una tía enferma. Comenta un libro de su primer editor o elogia la lentitud o la inactualidad. Muy sensible a la juventud femenina, escribe “Para una musa de doce años”, la hija de un ministro en Inglaterra. En La nave de Teseo quien habla es su personaje-poeta Charles-Marie Bonsignor, una especie de Barnabooth más joven, burgués y viajero, hotelero, quien lleva la contabilidad de sus negocios y de sus faltas.

A veces parecen páginas del diario de un viajero. No por nada, escribió en un poema: “Tengo recuerdos de ciudades como se tienen recuerdos de amores”.

En Tan callando… recuerda a Jorge Manrique en Birmingham y captura la percepción de Inglaterra visto a través de los ojos franceses. En El espejo del Café Marchesi y en Dos artistas líricos se reflejan aspectos del sur de Italia, en que pueden aparecer mujeres de las que se enamora, o casi, o un par de cómicos. La Liguria se cuenta entre los lugares favoritos de Larbaud (de ahí era su esposa). En Exvoto: San Zorzo, Génova figura como la ciudad alta, sonora y amplia.

De las lenguas que Larbaud hablaba y escribía, la primera que aprendió fue el español y en el libro aparecen varios términos en este idioma. La traducción de Santiago Espinosa es cuidadosa, aunque a veces llama la atención su preferencia por palabras, que si no incorrectas, se acercan demasiado a la francesa: “infirme” por discapacitada, “radiosa” por radiante, “habitudes” por hábitos. Más curiosa es su opción por “decidor(a)” en vez de “adivino(a)”.

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