Culto
Vida viuda de Armando Uribe: hombre enclaustrado lidia con el asco

Vida viuda de Armando Uribe: hombre enclaustrado lidia con el asco

Las memorias del encierro escritas por Armando Uribe hablan de una figura poco común en nuestra historia reciente, la de un intelectual que fustiga al poder desde la inteligencia, la cultura y la cólera.

Vida viuda, la continuación de las memorias de Armando Uribe, abarca los casi 20 años que el autor ha permanecido encerrado en casa, desde que enviudó, en 2001, hasta el presente. El ejercicio, sin embargo, no constituye en modo alguno un paseo alrededor de su cuarto: el libro es mundano, ágil, andariego y cosmopolita, puesto que Uribe, a la par que reflexiona sobre asuntos íntimos y cercanos, dedica buena parte del volumen a tratar temas imperecederos, ya sean de carácter histórico, político, religioso, psíquico y artístico. Las convicciones de Uribe, quien lee 10 horas diarias, fuma mucho y desechó hace tiempo la idea de adquirir una prótesis dental (“no quiero dejarle a la calavera unos dientes postizos post-mortem”), están marcadas por la indignación que le produce la mediocridad de quienes han gobernado Chile en las últimas décadas y por el anhelo de haber muerto hace tiempo, algo que casi todos los lectores de Vida viuda agradecerán que no haya ocurrido.

Si bien detesta la palabra “intelectual”, y tampoco se siente cómodo con la calificación de “poeta”, Armando Uribe ha ejercido durante los últimos 50 años un rol poco común en nuestra historia reciente, el del intelectual público que fustiga al poder desde la trinchera de la inteligencia, el humor, la cólera y una cultura superior. Esto, evidentemente, le ha reportado desencantos, vetos y postergaciones, sobre todo si consideramos la siguiente revelación: “Desde joven quise ser parte del poder”. Tras regresar del exilio en Francia, por ejemplo, el autor esperaba algún reconocimiento a su experiencia en el campo de la diplomacia, pero “me fui dando cuenta de que mi problema era estar demasiado calificado. Me percaté, a comienzos de los noventa, que se privilegiaba la medianía y hasta la mediocridad, siempre que estuviera acompañada de un cartón o algún otro vestigio que en Chile se produce en materia intelectual y política”.

No obstante la admisión citada, el resentimiento jamás llega a conformar la atmósfera prevalente en las memorias, sino que más bien se establece, de modo pasajero, como una de las tantas fórmulas con que Uribe demuestra ser un hombre honesto. La vanidad y el narcisismo están tratados sin pelos en la lengua, y en términos generales predomina aquí un tono de modestia arraigado, con toda seguridad, en las prácticas católicas, apostólicas y romanas del escritor. En cuanto a su propia obra política y poética, obra celebrada en Chile y en el extranjero, Uribe es tajante en sentenciar que su vida vale más por lo leído que por lo escrito. “Para mí sería atroz haber publicado un best seller. No lo he intentado jamás; incluso he dicho que escribo para pocas personas y que prefiero conocer aquellos a quienes llegan mis libros”.

Perseguido por el fantasma de Pinochet desde la época del destierro (Uribe era embajador en China al momento del Golpe), la figura del dictador le resulta evidentemente aborrecible, aunque en comparación con los mandatarios democráticamente elegidos, Pinochet poseyó un talento que el resto no tuvo: “El señor Lagos no mostró esta capacidad para nombrar ministros, subsecretarios, directores de servicio, etcétera. Tampoco lo demostró Frei R-T y menos el señor Aylwin. En cambio, Pinochet tenía bastante ‘conocimiento de hombres’. Es una desgracia, pero creo que así ocurrió”.

Pese a que admite detenerse en revistillas, libros reconocidamente malos y publicaciones frívolas, Uribe siempre está volviendo a sus favoritos: Pascal, Saint-Simon, Edwards Bello, Ratzinger, Sciascia, Simenon y Freud. Convencido de que Chile “es donde domina el culto de la fealdad”, el autor no elude aquí “la tendencia que tengo a ver todo negro”. Por lo demás, su posición de criollo antiguo lo faculta para ejercer no como opinólogo, sino como “criticólogo”. “En los últimos años”, nos dice el poeta con fama de cascarrabias, “he mirado el mundo desde afuera, pero estando adentro”. Y lo que en él ha crecido, “en mi interior psicológico, religioso y literario”, ha sido el asco. A nadie ha de extrañar, entonces, la validez de una frase que campea a lo largo de estas memorias ejemplares: “Correspondería que ya estuviese muerto y deploro que no sea así”.

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