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Sonido y convicción: 50 años de Congreso

Sonido y convicción: 50 años de Congreso

Se formaron al alero del gobierno de Frei padre, publicaron su primer disco durante la UP y sobrevivieron al apagón cultural y la dictadura sin exiliarse. A punto de cumplir medio siglo de música ininterrumpida, la banda de Quilpué acaba de editar un disco tan urgente como necesario, titulado La canción que te debía. Un álbum llamado a estar entre lo mejor del año, aunque ellos se piensan más actores de reparto que protagonistas.

Fue anunciado discretamente en diciembre pasado. A siete años de publicar Con los ojos en la calle, el grupo Congreso regresó a las bateas de las tiendas de música con La canción que te debía, un disco de quince nuevas composiciones firmadas por una banda de perseverancia sin igual.


La canción que te debía

Una tarde de lluvia en Santiago, Sergio “Tilo” González, el principal compositor de Congreso y encargado de la batería en sus presentaciones en vivo, cuenta el porvenir de la banda que mejor ha sobrellevado el paso del tiempo en la música popular chilena.


Sergio “Tilo” González

-¿En qué está Congreso ahora mismo?

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-Con La canción que te debía, el disco nuevo, que para nosotros es muy relevante porque nos gusta mucho no repetirnos. Es un disco de canciones que nos dieron pie a hacer cosas nuevas. Por ejemplo, no habíamos hecho nunca un tango (dice sobre el tema “Las sillas boca abajo”).


Abrazado a un espresso en un café de Providencia, “Tilo” González cuenta que La canción que te debía retoma ideas que dejaron pendientes “o que se nos pasaron y que estaban en algún cajón guardadas por ahí”.

Según el músico, junto a sus compañeros de banda sigue “expectante con lo que ha pasado: estamos postulando a los premios Pulsar (La canción que te debía fue escogida como Álbum del año), las visitas del video han sido masivas y las descargas también”:


-Uno ve las biografías de Congreso y figuran siete músicos, sin embargo en La canción que te debía suenan con más aire, con menos instrumentos por canción.

-Esas decisiones las dicta la música. La música a veces precisa solo de un cuatro y una voz o un piano y un bajo, es una decisión del compositor. Así como otras bandas, pienso en el Sgt. Pepper de los Beatles, que añadió otras cuerdas y vientos, acá es al revés. Me gustó que tuviéramos harto espacio en el disco, harto aire, con canciones muy mínimas.

-Y parece ser un disco de deudas, ¿no? “A las Yeguas del Apocalipsis” y “La canción que te debía” son tal vez más evidentes desde el título.

-Hay cosas que nunca hemos cantado ni hemos hecho. Una baguala, por ejemplo, que es un ritmo argentino tan hermoso y nunca habíamos incursionado en eso. Es muy simple además: bajo, piano, voz, bombo legüero (dice sobre “Baguala tuya”). El tema “La canción que te debía” nos dio la idea de echar un vistazo a todas las deudas que tenemos por ahí y que todavía deben quedar. En “París 2016” cuento una historia muy personal: mi compañera tuvo una enfermedad delicada y una vez que se recuperó le dije “oye, bueno ya, démonos un gusto y vámonos a París”, porque era como salir de un lugar tan doloroso. Y esa canción aunque la música es mía, la letra es de Pancho. ¿Te fijas? Como Pancho (Francisco Sazo, cantante y letrista de Congreso) es muy cercano, sabía todo lo que yo estaba viviendo con la Magda (la cantautora Magdalena Matthey) y fue muy fácil ponerse en mi lugar. En la música y sobre el escenario nos conocemos mucho. Hay mucho humor en la banda además. A veces los ensayos son más de anécdotas que de tocar.



-En el 73, cuando deciden quedarse en Chile como parte de una resistencia cultural en plena dictadura, y ahora, que están a punto de cumplir 50 años como banda, uno no puede sino pensar en la palabra convicción, ¿estás de acuerdo?

-Mira, en la época en que decidimos crearnos había muchas cosas de por medio, como el temor a lo que estaba sucediendo. El irse significaba que parte de tu familia y los amigos quedaban a la deriva, y tomar esa decisión en ese momento no nos pareció. Quisimos hacer fuerza hombro a hombro, pero no éramos los salvadores. Fue como una resistencia, una decisión bastante personal y grupal obviamente, pero pensando en que quizás era más necesario quedarse.

-¿Qué mueve a Congreso? ¿cuál ha sido el pegamento todos estos años?

-Hay varias cosas. Una interna de que uno ama la música y, si tomaste la decisión de hacerlo, no hay más que hacer música. Esa es la parte lógica: no vamos a hacer otra cosa que hacer música. Ahora, ¿cómo nos vamos a mantener juntos? Hay muchos pegamentos, domo tú dices: uno es una amistad increíble, de quererse de verdad, de pasarlo bien juntos. No somos de juntarnos mucho en actividades sociales, más bien nos juntamos en la sala de ensayo, en las giras y en las tocatas. Ese es nuestro patio de diversión. Y por supuesto el cariño y reírse mucho de nosotros mismos de algunas cosas que a veces no resultan. Siempre lo decimos con Pancho, nuestro punto es estar ahí sacando adelante al que está borroso en la foto, a los que caminan por los callejones oscuros, al que en la calle pasa de largo y es como si no te interesara. A ese tipo de personajes es al que intentamos sacar a bailar.

-En la biografía Los elementos: voces y asedios al grupo Congreso, Rodrigo Pincheira es de la tesis de que “tienen una forma única de trabajar, son artesanos”, dice allí, y que “el cuento de creerse artistas les carga”. ¿Es así?

-Bueno, tú me estás viendo acá. No llegué en limusina ni con guardaespaldas. Esto de la música es un oficio, es un hacer. Y los resultados que tienen que ver con la industria te empiezan a poner en lugares donde la gente te cree inalcanzable. Pero tú me podrás ver a mí o a Pancho en la micro. Yo soy peatón además, no manejo, entonces es súper cotidiano el tema de andar por la vida pero con la cosa distinta de que, claro, tienes esta capacidad de tocar música, crear y proponer. Yo creo que tiene razón Pincheira en que el cuento de artistas es como raro. Además que artista, como dice una amiga mía, es Da Vinci. ¿Tú eres periodista, no?

-Sí.

-Y no sé si se te pasará por la cabeza ser un best-seller. Tú haces tu oficio y todos somos necesarios en lo que hacemos. Y no por eso vamos a ser súper estrellas. Aunque a veces uno quisiera serlo… (ríe) por un ratito.



-Leí que compones “cinematográficamente”, es decir desde imágenes, y que no te gusta “que la música sea tan abstracta”. ¿Cómo es la forma de trabajar de Congreso?

-Desde imágenes, vivencias y de ocurrencias. No me gusta entrar en la música desde los conocimientos, desde decir “esto con esto va a funcionar” o desde las fórmulas. Siempre en las canciones hay una especie de riesgo, de que la canción no sea la típica A-A-B-A, que tiene mucho éxito en la radio por lo demás. Mis canciones siguen siendo música popular, pero con una vuelta de tuerca de más, arriesgando. Si esto no resultó muy bien, “bueno, hagamos otra cosa. Pensemos la música por otro lado”. Siempre estamos llegando a puertos en que no habíamos estado y los exploramos y ahí salen nuevas canciones. Me gusta mucho eso de componer y darme cuenta que tengo nueve compases en vez de ocho, como la típica canción. Y me gusta que suene así. No es por la choreza, sino que me gusta ser inquieto.

-Son de escribir canciones de autor o de trabajar más bien como taller.

-Mira, para los primeros discos de Congreso teníamos poca preparación musical y las canciones eran básicamente de mi hermano Fernando. Entonces era escuchar la canción que él traía y cada uno, desde su instrumento, aportaba lo suyo. Además, teníamos mucho tiempo para probar, en el sentido de tocar ensayos muy largos sobre la misma canción. Y así se iba armando. Más adelante, por temas de tiempo y de que la mitad de Congreso se vino a Santiago y que la otra mitad quedó allá en Viña, los ensayos fueron mucho más cortos. Apareció, en la medida que estudiamos música, que era más fácil escribir y repartir la música y después hacerla sonar. Con esos argumentos la música llegó a los ensayos media pre-cocida, armada, con estructura, con un cada músico tiene que hacer lo que tiene que hacer. (Sobre las letras) siempre con Pancho pensamos en un guión. Yo le propongo o él me propone: “Mira, tengo ganas de escribir esto o me pasó esto y quiero hacer una canción”. Es como indicar una imagen de la situación sobre la cual fue hecha una cosa y él, con ese antecedente, pensando en lo mismo que yo pensé, o al revés. “La loca sin zapatos” (que da nombre al disco de Congreso publicado 2001) fue un tema que hicimos pensando en alguien que iba a la televisión a bailar y le iba mal. Entonces la música se va hacia ese guión o esa idea. Una vez que se reparte se toca en el ensayo por primera vez y si hay sonrisas se sigue adelante. Sino se va a la basura. Por supuesto, viene toda la otra etapa de los aportes de cada músico, que eso es fundamental. No somos un grupo de cámara en que cada uno lee lo que le dijeron: dejamos un espacio abierto a que la improvisación esté presente. En vivo, además, todas las canciones tienen una interpretación distinta. Así se arman ahora, usando el lenguaje de la música pero con una cuestión de técnica, de que sea rápido.

-Cuando todavía se hacían llamar Los Masters y tenían a los ingleses The Shadows como influencia, ¿qué te interesaba de la música?

-No me interesaba mucho, era muy niño. Cuando uno parte lo primero que hace es imitar lo que conoce, lo que ha escuchado y después uno se va a haciendo más selectivo. Al comienzo, recuerdo haber tocado canciones de grupos mexicanos, ingleses y bailables, temas de chachachá y mambo, pero también de Led Zeppelin, los Beatles y Los Teen Tops, que era un grupo mexicano muy de música rock pero en español.

-¿En qué momento tocan la tecla de la fusión latinoamericana?

-Es algo bastante natural, no hay un “oh, qué genios que se les ocurrió hacer esto”, aunque no a todos se les ocurrió. Nosotros estábamos en una etapa medio psicodélica e influenciados por la música rock luego de haber hecho música para bailar. Tomamos un giro, cómo llamarlo, más progresivo por así decirlo. Y paralelamente había una corriente muy comprometida que era pre gobierno de la Unidad Popular, donde las quenas y los charangos empezaron a llegar a la cultura chilena y se quedaron para siempre. Entre que estábamos haciendo esto medio anglo tal vez y en la esquina de mi casa había alguien tocando quena, como que no había mucho que pensar en por qué no incluirla. Fue un poco así. Yo no me siento un investigador: los sonidos estaban ahí mismo y estaban los murales de la Brigada Ramona Parra, estaba la efervescencia latinoamericana “todos contra Tarzán”, además de Violeta Parra y Víctor Jara. Entonces todos los que estábamos medios inquietos haciendo rock dijimos “basta de cantar en inglés y vamos haciendo lo que nos pueda salir”. Entonces, hubo una decisión de decir somos capaces de cantar lo nuestro, con instrumentos nuestros, por ejemplo el güero en vez de un tom y una mezcla de guitarras eléctricas con charango que tampoco estábamos solos. En Perú lo hacía El Polen, a propósito de que en julio tocamos con ellos en Lima, y acá estaban Los Blops y Los Jaivas.

-Fueron parte de una época marcada por hitos como Mayo del 68, la guerra de Vietnam y la Revolución cubana. ¿Cuánto los influyeron?

-Creo que se puede ver a través de la discografía. Terra incógnita (1975) es un disco muy potente en cuanto a los textos. Más adelante, en el próximo disco de esa época (se refiere a Congreso, de 1977) estaban “Arcoiris de hollín” y “Cueca del Apocalipsis”; había muchos simbolismos porque había que hacerlo así para no caer en desgracia. Y todos esos años en que yo era muy chico, casi preadolescente, eran muy efervescentes. Pasaban muchas cosas. Todas tus utopías podían ser realidad y habían líderes por seguir. Estaba el Che Guevara, John Lennon, la Unidad Popular, la Nueva Trova, Paul McCartney o Martin Luther King. Podías optar por ser hippie o revolucionario o pacifista o psicodélico y había referentes para todo.

-¿Y por qué optaron ustedes?

-Por todas las anteriores. Estamos muy agradecidos de vivir en esa época. La juventud empezó a tomar conciencia muy rápidamente de revoluciones que comenzaron como algo verdadero y que después se transformaron en modas masivas que perdían un poco el sentido.


Congreso

-¿Cómo llegabas a esa información?

-Esa información llegaba dos años después (sonríe). En lo musical tuvimos la suerte de tener un amigo que era conductor de un programa radial en Holanda y viajaba mucho y llegaba con discos maravillosos. Discos anglo. Abrir el primero de Led Zeppelin y escucharlo era una maravilla. O de Traffic, los Beatles, Rolling Stones. Entonces había una parte del rock que nos nutrimos mucho de eso y, como te decía, había otra parte mayor que nosotros, un poco más consciente, que pensaba que la música tenía que ser más comprometida. Estoy pensando en Inti-Illimani, Quilapayún y todos los integrantes de la Nueva Canción Chilena. Sin embargo, en algún momento ambos nos juntamos y así tenemos un disco de Víctor Jara con Los Blops. Nosotros estábamos un poco al margen porque éramos de Quilpué, muy lejos del acontecer cultural. Si hoy en día Santiago todavía es Chile, imagínate en esa época. Entonces la provincia era muy provincia y funcionábamos ahí. Venir a Santiago era no sé tres o cuatro horas de viaje. Había apenas un tren.

-Ustedes eran psicodélicos al lado de proyectos como Quilapayún o Víctor Jara, ¿se consideran parte de la Nueva Canción Chilena?

-Bueno, al último Festival de la Nueva Canción Chilena fuimos invitados a tocar. Imagínate: un grupo de Quilpué, tocando acá en el Teatro Municipal, en 1972, con Víctor Jara, Patricio Manns, los hermanos Parra, todos los próceres. Estábamos recién incursionando en un lenguaje, en un folclor no tan tradicional y ahí colindamos. Estaba también (el agitador cultural) Ricardo García.


Congreso en 1975. Foto: Michael Jones

-¿Qué traerías de vuelta desde esa época al Chile de hoy?

-La ingenuidad. A pesar de que en mí y en muchos del grupo todavía está esa parte de la cosa más intuitiva, de no sacar la cuenta sobre qué hacer, sino que hagámoslo no más; eso me gusta de esa época. Y nosotros creo que lo hemos mantenido. Sacar un disco porque queremos que suene así y con estas canciones y ahí veremos si estamos en sintonía con lo que la gente quiere escuchar. Es un poquito eso. La libertad de no preocuparse de la industria, del hay que hacerlo de tal forma para que esté en los códigos correctos. Eso es muy lindo mantenerlo, creo que por ahí lo hemos logrado todavía o no estamos tan contaminados.

-Tanto El Congreso como Terra Incógnita tienen letras de carácter social, pero envueltas en cierto halo poético. ¿Eso les permitió saltarse la censura de la época?

-Yo creo que en la música y en los textos nunca hemos abandonado ese molde: que las cosas sean cotidianas pero que sean, cómo decirlo, artísticas o románticas. Para mí los textos de Pancho son maravillosos. Me encantan, me siento muy cómodo cuando la música suena con sus versos. Y siempre hay ahí una pluma ágil, nueva, que me gusta mucho. No es el lenguaje cotidiano, a pesar de que se entiende. No son metáforas complicadas, pero hay una vuelta ahí. Lo mismo con la música. Porque tú dices música popular, pero el huaino no es el huaino que tocan los especialistas en huaino, es otro huaino. Gracias a eso también nos saltamos la censura. Pancho es un astro en decir cosas que la censura, como siempre ha sido muy estúpida, no alcanzó a entender: “El invierno zapatea encima del techo” (se refiere a la frase de “Los maldadosos”, del disco Terra Incógnita, 1975). Hay mucho verso que los que estábamos pasando esa experiencia nos representaba muy bien. Individualmente muchos tuvimos problemas, pero como grupo no tanto, aunque nos suspendían conciertos. Cuando veían que había más de cien personas venía un bando con un jeep plomo asqueroso y prohibía el espectáculo. “Toda la gente para la casa, a desarmar todo”. Nos pasó muchas veces. Yo creo que no entendieron mucho lo que hacíamos porque la censura nunca estuvo tan dura.

-Pancho Sazo contó en un concierto que cuando estudiaba en Bélgica enviaba cartas y que alguien se las leía, por lo que terminó escribiéndole a esa persona.

-Así era. Es real. Después los exiliados le escribían a los que abrían las cartas.

-Sin acceso a los medios, ¿cómo resolvieron promocionar su música?
-En lugares que se iban abriendo. Algunas universidades —curiosamente la Santa María, la Facultad de derecho de la Universidad de Chile, el Fortín Prat o el gimnasio de la Católica— y algunas parroquias. En Santiago, en los años 80, el Café del Cerro era un punto muy especial de encuentro de todos estos músicos que andábamos desamparados. Nosotros igual tuvimos en los 80, cuando sacamos “Hijo del sol luminoso”, un tema que irrumpió en las radios, con una reflexión más espiritual.


Especies de espacios

-Leí que decías que existen dos tipos de música, “la de entretención y la verdadera”. ¿Qué significa eso?

-Significa que tienen otros objetivos. La música de entretención tú la haces pensando en estar vigente en la radio o en los conciertos para que la gente salte y tenga poca reflexión, algo que para mí gusto debe existir pero no debe hacer desaparecer al resto de música, a esa que te hace pensar, a la que te entrega no sé si mensajes, porque nosotros no hemos pretendido ser apóstoles del tema, pero sí que propone cosas. Hubo una temporada en Chile en que todo era muy happy, muy baile, muy pachanga. Era un poco como borrarse de todo lo que estamos viviendo. Y tal vez obedece a eso, pero tampoco lo soluciona, ni propone nada. En la televisión, por ejemplo, en el Festival de Viña, lo que tú ves es música de entretención…

-Ustedes también estuvieron ahí.

-Sí, claro, y Sting también y Peter Gabriel ojalá luego. Hay excepciones, pero el balance no está. Hay un circuito de músicos, cantantes o cantautores muy reducido, que no está para la gran masa de gente y es muy complicado que esa masa los descubra. Los más entendidos siempre van a llegar, pero sin embargo hay canales más abiertos para la música de entretención, esa que no hace daño. Hace falta dar cabida a los creadores que dicen otras cosas, que pretenden que la música sea otra cosa. Falta que la música popular latinoamericana tenga el olorcillo y el color a lo que somos. Ahora, somos mestizos y eso nos hace sonar y vestirnos parecidos a mucha gente, pero nuestra cultura vive con muchas cosas prestadas. Y eso mismo nos enriquece. Somos una gran colcha con distintos colores, distintas lanas y texturas, el tema está en que queremos ser como lo que no somos.

-¿Cómo ves a la actual escena musical chilena? ¿Eres de ir a ver conciertos?

-Mira, a tanto concierto no, pero estoy al día de lo que pasa (hace una pausa). Lo que hablamos suena a que hay solo una manera de hacer las cosas y la verdad es que todo es posible. Yo creo que tiene que haber reflexión en la gente, canciones que te ayuden a vivir, a soñar, pero también en una fiestoca tienes que tener música para arriba, que te suba. Está bien que haya de todo, pero el punto es que todo debe tener su espacio. Toda la música es necesaria. Hace un tiempo hubo mucha música de baile, de cumbia, de pachanga, pero ahora como que volvió a florecer de nuevo la canción de autor con nuevos intérpretes. Yo voy a menudo a ver a la Orquesta Sinfónica y ellos siguen tocando a Beethoven y no por eso los vamos a desechar. Que toda la música tenga el mismo espacio sería ideal.

-¿Cuáles son tus referentes como baterista?

-Tengo uno que siempre lo nombro: Peter Erskine (Weather Report), que era de los años en que fui estudiante, y Elvin Jones (Miles Davis, John Coltrane). Eran músicos que los veías tocar y pensabas qué lenguaje, qué manejo. Siempre me han llamado la atención los bateros que tienen un control, no un virtuosismo, eso no me emociona tanto como otros que tengan una conducción maravillosa. Esos me gustan. No soy mucho de la pirueta, de la acrobacia. Me gusta más la música.

-¿Y más actuales?

-Acá en Chile hay muchísimos que he visto tocar. Carlitos Cortés por su lenguaje, Félix Lecaros y otros más pop.


Congreso en 1970

Actores de reparto

-Pasa un poco con Congreso que en la gran foto de los 70 aparecen instalados en un lugar menos destacado respecto de otros grupos, ¿cómo lo ves tú?

-El premio de consuelo…

-Claro, ¿por qué crees que pasa eso?

-Siempre nos hemos preguntado (ríe). Creo que puede haber una deformación: la gente se maravilla con los que se creen el cuento y no toman en cuenta a los que siguen una vida cotidiana. A esos los ven en la micro desde sus autos y simplemente no los encuentran tan interesantes. Sin embargo, es una postura también. Una postura de sacar el disco cuando queramos, de no tener que rendirle cuentas a nadie. Nuestro último disco salió en diciembre pasado y cuando tocamos “Premio de consuelo”, que termina en un huaino, en vivo tiene una recepción maravillosa: la gente la canta como si fuera un tema clásico. Y ninguna radio la toca. Entonces nos preguntamos qué onda, qué pasa. No vamos a hacer nada para que la toquen, en el sentido de pagar o poner un billete, pero la realidad es que estamos a voluntad de los programadores y de los productores que nos llevan a la televisión o a un festival de provincia. A veces es ingrato. Hemos tocado con mucha gente, hemos hecho ballet, hemos hecho poesía, hemos hecho sinfónicos; es muy extraño.

-En Viña Ricardo Montaner los presentó como “la universidad de la música”.

-Sí, bueno, fue una locura del animador. Pero te digo: es muy extraño y, claro, uno quisiera romper esta inercia. Después de mucho tiempo, ya acostumbrados a esto, nos creemos más actores de reparto que protagonistas.

-Con los accidentes y muertes que han sufrido bandas como Los Jaivas, no hay un grupo chileno que haya envejecido tan bien como Congreso. Sin ir más lejos, en su año 49 de historia publicaron un disco que incluso tiene posibilidades de ganar los Premios Pulsar como Álbum del año.

-El tema de nuestros compañeros Los Jaivas es excepcional en Chile. Ninguna banda tiene el cariño que la gente les brinda y no solo por lo que han vivido, sino que por su música. Su música es muy representativa. A mí me gusta mucho un disco que grabaron en Argentina (se refiere a Los sueños de América, de 1974), que encuentro es una obra de arte. Ahora, ¿tú crees que en la época de Bach solo Bach hacía música? Yo creo que debe haber habido muchos más que él, pero lo que queda en la historia son unos pocos. Entonces… premio de consuelo.


ESPECIAL: 50 AÑOS DE CONGRESO
Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars