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Culto

Mon Laferte: ¿Pa’ dónde se fue?

La fórmula de la cantautora chilena radicada en México comienza a sonar repetida. Ahora hasta canta en japonés y su abuso en la variedad de géneros revela que no navega precisamente a contracorriente. Eso sí, sus fans aborregados no cuestionan su moda.

La historia de Mon Laferte es ampliamente conocida. Siendo niña quedó cautivada por los géneros populares que le mostró su abuela, partió cantando en bares de Valparaíso, fue metalera, luego probó suerte en Rojo fama contrafama, publicó un disco y finalmente filmó una película aprovechando ese paraguas televisivo en el que también expuso su vida privada cuando era Monserrat Bustamante. Más tarde cambió de nombre, publicó dos álbumes que pasaron sin pena ni gloria por su baja calidad –uno de esos discos se llama Desechable (2011) y podría haber sido firmado por Soy Luna- y tras una serie de problemas de salud derivados de un cáncer -cuando ya residía en México- lanzó Mon Laferte Vol. 1, que la catapultó y la hizo conocida en parte importante del continente.

A partir de ahí y gracias al indudable éxito de “Tu falta de querer”, la carrera de Mon Laferte tuvo un giro radical. Entonces vinieron la Cumbre del Rock en el Nacional, el Festival de Viña, Lollapalooza, cientos de miles de ventas de sus álbumes, cientos de miles de descargas en Spotify, un nuevo disco (La Trenza, de 2017), una multinacional (Universal), el padrinazgo de un multiventas latino (Juanes), apariciones en los principales auditorios en México y los Premios Grammy Latino. Por supuesto también entrevistas en la Rolling Stone, The New York Times y la Billboard.

Con la fama también vinieron los roces con parte de la prensa mexicana, la amenaza de un “retiro” que duró nada, críticas al Festival de Viña, dardos contra Lollapalooza, menosprecios a la escena chilena porque supuestamente nunca logró dimensionar su talento y cientos de miles de defensas y explicaciones que otros, como St. Vincent –que tiene 35 años, la misma edad que Laferte pero que realmente va a contracorriente- nunca hubiese dado. Eso, además de un dejo de paranoia con los medios chilenos, ante la eventualidad de que le pregunten, entre otras cosas, por su pasado en Rojo, que explica en buena parte su popularidad. En rigor, los grandes artistas asumen sin reparos sus distintas facetas y épocas.

La envidian y la odian. La quieren y la idolatran. Mon Laferte no provoca indiferencia precisamente y sus shows melodramáticos en vivo son un éxito. Pero cuando hay extrema unanimidad en un fenómeno, bien vale preguntarse si su apuesta musical ya comienza a repetirse. La Trenza, su última placa, sigue una línea peligrosamente similar a Vol. 1, pero la variedad de estilos (balada pop, boleros, ritmos nortinos, ska y algo de rock) parecen un charquicán sin sentido alguno.

Mon Laferte funciona en parte porque hace lo que le gusta a la masa. Si bien ha transformado su voz, en sus últimos dos discos no hay mayores matices, sólo dramáticos aumentos de volumen y gritos de desdicha como lo solía hacer Cecilia o Gloria Benavides. Tiene buena voz, sin duda, pero el recurso agota y tampoco es muy novedoso.

Su éxito también va de la mano de lo visual. Tiene pinta pin-up, tatuajes y cintillo de flores, en México es extranjera y esa fórmula gusta. Sus letras heridas y de amor sufrido en la mayoría de los casos están narradas en primera persona. Y en los tiempos del yo, yo, yo millennial, del ego desbocado donde el “nosotros” sencillamente no importa o está ausente, la lírica de Laferte cae como anillo al dedo y alimenta a sus seguidores. Los lamentos parejeros de la cantante podrían ser masivos, pero no abordan temáticas universales. Algunos como The Beatles entendieron lo del abuso del “yo” a la perfección y temprano cambiaron sus letras al “tú”, al “ella”, al “él” o al “nosotros”.

Mon Laferte, que en México dicen compite con el reggaetón en cuanto a las preferencias de los adolescentes, ha llenado el Auditorio Nacional mexicano, como también lo han hecho J Balvin o Luis Miguel. Pero popularidad no siempre significa calidad y muchas veces ese “éxito” más tiene que ver con marketing y con darle a la audiencia lo que le gusta. Pan para el circo.

La cantante chilena aún tiene un larguísimo camino que recorrer si pretende trascender con una obra de alta calidad musical, como un volcán en permanente ebullición, como lo ha hecho la propia St. Vincent, Ana Tijoux o Lila Downs, que realmente se reinventan disco tras disco y cuyos temas y exploraciones de géneros suenan genuinos y no tan maquinados para el mercado.

No es casual que uno de los puntos altos de su última placa sea “Ana”, cover de la banda de garage peruana Los Saicos. En la vereda opuesta, “Pa’ dónde se fue”, el tema que abre el álbum y de ritmo norteño, suena forzado, porque Laferte es capaz de probar con metal, con rock, con pop, con boleros y son. Lo que pudiese ser una virtud en cuanto a oferta de géneros, suena a poca honestidad artística, a una ruta poco definida. ¿Qué es finalmente Mon Laferte? ¿Todo eso o nada de eso? ¿Son necesarios los duetos? ¿Es urgente cantar en japonés como en Antes de ti, su última canción?

Pero incluso su mayor éxito, “Tu falta de querer”, aún le queda un camino para estar en el olimpo de los temas que se cantan no sólo en la feria, sino que también en estadios, muestra de lo transversal en cuanto a popularidad, como “Estrechez de corazón” de Los Prisioneros, “Candombe para José” de Illapu, “Una lágrima en la garganta” popularizada por Zalo Reyes, “Todos juntos” de Los Jaivas o “Tu cariño se me va” de Buddy Richard. ¿Cuestión de tiempo? ¿Cuestión de popularidad o talento para innovar?

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