Culto
Ya no basta con bailar

Ya no basta con bailar

La versión teatral de Historia de amor con hombre bailando le faltó apelar desde la visualidad a la ambivalencia entre belleza y fealdad.

Mezclar pasos de twist, tango, rock and roll, huaracha, chachachá, mambo y cueca dentro de un mismo montaje, al ritmo de una orquesta en vivo, implica enormes complejidades. El desafío se hace mayor si el texto es una adaptación de una elogiada novela del escritor Hernán Rivera Letelier, autor de la incombustible La reina Isabel cantaba rancheras. Como en el libro homónimo, Historia de amor con hombre bailando cuenta una trama tan cruel como garciamarqueana: la de un trabajador de las salitreras que vive la tragedia de ser muy feo y encuentra en el baile una forma de expresarse y adaptarse a un entorno hostil.

La versión teatral, estrenada el viernes pasado, goza del talento de Bastián Bodenhöfer como director, quien maneja con eficacia el movimiento en las escenas corales y sabe definir las transiciones a planos más íntimos. Lamentablemente, eligió un modesto modo de representar esta comedia trágica, la austeridad escenográfica o más bien la ausencia total de decorados. Esa opción minimalista resta atractivo al montaje que debería sacar partido del rico imaginario estético asociado a las salitreras, tan arraigado en la historia local. Las citas al cine mexicano a través de carteles de películas de María Félix y Libertad Lamarque y la alusión al terremoto de Valdivia voceada por un canillita ayudan a una recreación de época de los años 60, pero un escenario casi vacío no es suficiente para retratar el desierto nortino.

Lo mismo podría decirse de las coreografías del personaje principal, interpretado por Felipe Ríos, que no logran entusiasmar. Ya sabemos que no basta con bailar y actuar con corrección para emocionar al espectador. A su inexpresivo Fernando Noble, un hombre que es pura fealdad, timidez y mutismo, le falta humanidad y empatía con el público. Quizás el actor se confió en lo fácil que se lee en el papel encarnar a un ser taciturno y callado. La novela explora la vida de un excluido, de un marginado, y retrata de forma crítica a una sociedad anclada en las apariencias. Rechazado por su aspecto físico y mala suerte, el personaje principal inspira cariño en el lector y demuestra la superioridad de la belleza interior respecto a la externa. La puesta en escena no logra ese efecto. El esplendor de la fealdad siempre ha fascinado a la literatura en clásicos como Frankenstein, El jorobado de Notre Dame, El fantasma de la ópera o en las novelas recientes Atentado, de Amélie Nothomb, y Shiki Nagaoka, una nariz de ficción, de Mario Bellatin. A diferencia de estas obras, a la versión teatral de Historia de amor con hombre bailando le faltó apelar desde la visualidad a la ambivalencia entre belleza y fealdad. A pesar de la ausencia de un maquillaje adecuado o una máscara que afeara aun más a Fernando Noble (según la novela su rostro cejijunto debería ser “feo de solemnidad, feo a secas”), la secuencia de la pelea, la explosión del polvorín, el tango entre hombres y el baile con el peso de su mujer muerta encima son algunos de los mejores momentos de la obra.

El resto del elenco es parejo, aunque destaca el desempeño físico y la intensidad de Emilio Edwards y el encanto natural de Maira Bodenhöfer. Se agradecen sus seductoras y logradas escenas de baile. No está demás decir que la calidad interpretativa y técnica de la orquesta en vivo es espléndida.

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