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Culto
La pluma renegada de Anthony Bourdain: el libro que lo llevó a la televisión

La pluma renegada de Anthony Bourdain: el libro que lo llevó a la televisión

Se llama Confesiones de un chef, cuenta lo que pasa dentro de las cocinas de Nueva York y operó como una catapulta en la carrera del que sería uno de los cocineros más importantes del mundo.

A los 61 años murió hoy el chef, escritor y conductor de televisión Anthony Bourdain. Según los primeros reportes, el hombre ancla de No reservations se suicidó en un hotel de Kaysersberg, cerca de Estrasburgo en Francia, donde trabajaba en el próximo episodio de su programa Parts Unknown, sobre comida y viajes.

“Hemos conocido el deceso por ahorcamiento del chef estadounidense esta mañana en un hotel de lujo de Kaysersberg, Le Chambard”, dijo el fiscal Christian de Rocquigny du Fayel. Según la agencia France Presse, las autoridades parten de la hipótesis de un suicidio. “En estos momentos, nada hace suponer la intervención de un tercero”, agregó.

Bourdain era uno de los cocineros más importantes del mundo, estrella televisiva gracias a sus programas de cocina. Pero antes de ponerse frente a las cámaras, el chef destacó por su pluma.



Una cámara en la cocina

Fue de hecho más su escritura que su cocina lo que lo propulsó a la fama. En 1999 publicó en The New Yorker un artículo, titulado “Don’t eat before reading this” (No coma antes de leer esto), que disolvió las fronteras entre lectores y lo que ocurre en las cocinas de Nueva York, donde Bourdain había trabajado por años.

Solo un año después, publicó lo que sería su autobiografía, un volumen titulado Confesiones de un chef (2000), que lo sacó alejó de los sartenes y las ollas para convertirlo definitivamente en un trotamundos comensal ávido de aventuras.

Allí apareció como un prolífico y señero autor traducido a idiomas como el español.

Publicado a comienzos de milenio, Confesiones de un chef es la obra que pusó los ojos sobre un chef que además escribía y lo hacía bien. Entreteniendo a entendidos y filisteos, Bourdain cuenta allí, entre varios otros asuntos, como una juventud marcada por las sustancias ilegales, cómo se inició en la cocina:

Tuve el primer indicio de que la comida era algo más que una sustancia para meterse a la boca cuando uno tiene hambre como si cargara gasolina, al terminar el cuarto grado de la escuela primaria. Viajaba con toda la familia de vacaciones a Europa en el Queen Mary. Estábamos en el comedor de primera clase. Por ahí tengo una foto: mi madre con gafas de sol Jackie O, mi hermano menor y yo con nuestros lamentables y hermosos trajes de crucero, a bordo del gran trasatlántico de la Cunard. Todos entusiasmados con el primer cruce del océano, el primer viaje a Francia, la tierra ancestral de mi padre.

Sirvieron sopa. ¡Una sopa fría!

Menudo descubrimiento para un niño de cuarto grado que, hasta ese momento, no tenía más experiencia en sopas que la crema de tomate Campbell con trocitos de pollo. Desde luego no era la primera vez que comía en un restaurante, pero sí el primer plato que de verdad me llamó la atención. Fue el primer plato del que disfruté y, lo que es más importante, del que todavía disfruto cuando lo recuerdo. Le pregunté a nuestro paciente camarero inglés qué era ese delicioso y sabroso líquido frío.

“Vichyssoise”, fue la respuesta, una palabra que hasta el día de hoy —aunque ahora sea un viejo caballo de batalla en cualquier menú y lo haya preparado miles de veces— tiene resonancias mágicas para mí. Recuerdo todos los detalles de aquella experiencia: cómo la sacaba el camarero de la sopera de plata para echarla en mi cuenco; los minúsculos cebollines picados que ponía a cucharadas a guisa de tropezones; el rico y cremoso sabor de los puerros y las papas; la agradable impresión y la sorpresa de que estuviera fría.



En Conversaciones de un chef Bourdain no se priva de decir nada cuando cuenta lo que pasa tras la puerta de la cocina. Sus anécdotas, imprescindibles y apasionantes, conducen a sus lectores por el modesto oficio de lavaplatos en un barzucho de Provincetown, la cocina de Rainbow Room en las alturas del Rockefeller Center o su relación con los narcos del East Village en su natal Nueva York.

“Para mí la comida ha sido siempre una aventura”, dice Bourdain en el libro que lo muestra pelando ostras y limpiando platos en una choza de mariscos de Cape Cod, Estados Unidos, y más adelante sirviendo platos de alta cuisine en Manhattan, antes de aceptar la oferta de un amigo de llevarlo a México si aceptaba escribir una novela.

Fue el comienzo de un segundo acto como autor y luego como presentador, que redefinió incluso el género de la comida en televisión y el turismo.

Hay dos formas de viajar —parecía decirnos— que son realmente dos formas de enfrentar el mundo. Puedes ver otro país simplemente como una experiencia para consumir, un lugar para recolectar trofeos. O puedes verlo como un entorno con el que interactuar, como algo que cambia a través del encuentro e inevitablemente en cada nueva visita.

Está claro cómo el hombre de Confesiones de un chef eligió vivir su vida. O al menos lo que leímos en sus libros y vimos en No reservations .


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