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Culto
Nick Cave and the Bad Seeds: en blanco y negro

Nick Cave and the Bad Seeds: en blanco y negro

Como un adelanto del show que presentará en octubre en nuestro país, estuvimos en el inicio de la nueva gira de Nick Cave and the Bad Seeds en el Festival Primavera Sound de Barcelona el jueves recién pasado. Acá va un relato de cómo el australiano sana sus heridas entre el grito primal y la adoración masiva.

Una frente al otro, pero a distancia. La primera, llena de colores, vestida de flor. El segundo, monocromático, con atuendo de sepulturero. Ella se llama Björk y se acompaña de un grupo de flautistas-ninfas para alertar sobre el peligro medio ambiental en clave poético-críptica. El se llama Nick Cave y lo acompañan su orquesta, llamada The Bad Seeds, y una serie de historias de amor, locura y muerte que le da por contar si se lo permiten.

Estamos en el Festival Primavera Sound en Barcelona, específicamente la noche del Jueves 31 de mayo y hablamos de sus 2 escenarios centrales. En un evento a escala inhumana (más de 200 actos durante 4 días en una decena de puestos), las alternativas son tan variadas que es mejor darle vacaciones al obsesivo compulsivo que te saluda al espejo. O, quizás, centrar tu atención en el espacio principal del Parc del Forum, donde se encuentran cada noche los nombres más vistosos del cartel. Y que este Jueves presenta un drama mundial en tecnicolor, para luego cambiar la paleta y pintar todo de oscuro. Muy oscuro.

Como inicio de la gira 2018 que lo llevará a Sudamérica en Octubre, Nick Cave and the Bad Seeds dan su primer concierto del año en Cataluña y las pantallas del escenario no abandonarán el blanco y negro durante los 80 minutos de show. A juego con la vestimenta de los músicos en escena y con las intenciones del maestro de ceremonias, el color (la falta de él, más bien) es el acompañante ideal para la doliente “Jesus alone” que da el inicio al concierto.

La historia ya se sabe y no por eso es menos triste: la muerte de uno de los hijos de Cave, Arthur, caído en un acantilado en 2015, ha puesto al australiano casi como actor de uno de sus propios relatos. El dolor palpable en The skeleton tree (Bad Seed, 2016) era fundamental para entender no sólo las canciones del disco, sino el tono sombrío de su gira de presentación del año posterior. Y esa sensación se mantiene en el inicio del show hasta que un par de rescates del repertorio clásico de la banda indican una disposición diferente: “Do you love me?” y la siempre feroz “Loverman” son reincorporadas al setlist. Entremedio de ellas, una que nunca está ausente, “From her to eternity”, pero que toma, esta vez, algo de las formas noise de Sonic Youth.

Aunque “festivalero” (junto con “soleado” y “lúdico”) no es el primer adjetivo que venga a la mente al calificar un espectáculo de los Bad Seeds, algo de eso se observa, tanto en las canciones escogidas como en la disposición del cantante. Así, mientras pasan un lado B de 1997 llamado “Come into my sleep” y los clásicos “The Ship Song, “The Mercy seat” y “Red right hand”; Nick Cave se acerca al público, toma sus manos, mira sus caras y se deja tocar. Luego vuelve al escenario y después nuevamente regresa a la audiencia, mientras apunta con el dedo a ese enemigo invisible al que le dedica buena parte de su repertorio.

Entremedio de ese ritual, uno se pregunta, cómo Cave, con dos pies y medio brazo en lo mesiánico, hace esa voltereta perfecta que evita el descalabro. Será el lugar profundo de donde proviene esa voz que conmueve; o quizás, unas heridas que son ciertas y que parecieran curarse en este exceso de autoafirmación. Tal vez la respuesta está en The Bad Seeds, facinerosos vestidos de negro, virtuosos contenidos, que mantienen el barco flotando mientras su capitán se zambulle de nuevo, con riesgo de ahogarse, en el mar de manos y adoración.


Pero no dar todo por sentado. Cuando parece que el espectáculo se irá por la senda de los grandes éxitos del recuerdo, Cave actualiza el repertorio y se oscurece aún más todo con “Girl in Amber”, “Distant sky” y “Jubilee Street”. Momento exacto para que algunos sedientos vayan a peregrinar (no hay mejor forma de definir el calvario de comprar a esa hora) o para que otros se dirijan a ver a Vincent Staples o Fever Ray dentro de la oferta festivalera. Mal por ellos, que se pierden cuando uno de los Bad Seeds históricos, Jim Sclavunos, abandona la percusión y reemplaza a Thomas Wydler en batería para una rabiosa versión de “Deana”, preludio del acto final del show, con la invasión del respetable en “Stagger Lee”.

Sólo se sabe la dimensión de un escenario, cuando se permite la subida indiscriminada de personas a él. Cuando Cave llama a los primeros, ya no hay marcha atrás: cada nuevo verso permite al cantante bajar al público, invitarlos, tocarles la cara, cantarles. Hay lágrimas, felicidad y, un gesto medieval en selfie land: conocimiento de la letra que se está interpretando. Mientras el escenario se llena, incluso con un chico reality como consignan los medios al día siguiente, los Bad Seeds siguen impertérritos en su labor, con Warren Ellis manteniendo las cosas en calma, mientras el jefe disfruta de un fanatismo, imaginamos, sanador.


Pero Cave no ha perdido los papeles. No engañarnos con eso. Cuando uno se pregunta cómo hará para bajar los ánimos de los que están arriba del escenario, el cantante los invita a sentarse e interpretar en conjunto la lánguida “Push the sky away”. ¿Final anti climático? Por supuesto, que la cabeza no se ha perdido con tanto corazón expuesto. Frente a la saturación, el orden. Luego del caos, la calma. Entre tanto negro, un poco de blanco que asoma.

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