Culto
Ramón Griffero y Paulina Urrutia, la obstinada dupla del teatro chileno

Ramón Griffero y Paulina Urrutia, la obstinada dupla del teatro chileno

Desde el año 2000, con Cinema Utoppia, que el director y la actriz y ex ministra de Cultura trabajan juntos sobre el escenario. Hoy vuelven a unirse en La iguana de Alessandra, escrita y dirigida por él, e inspirada y protagonizada además por ella. Actualmente a la cabeza del Teatro Nacional Chileno y el Camilo Henríquez, respectivamente, ambos desclasifican aquí parte de su historia en común y la opinión que tienen sobre la gestión y el teatro local luego de la transición a la democracia.

EL la recuerda como a una de sus más virtuosas alumnas en la Universidad Católica de fines de los 80. También, como a la gran revelación de Historia de la sangre, el montaje del desaparecido Teatro La Memoria de 1992, y como la primera dirigenta del Sindicato de Actores (Sidarte) y ex ministra de Cultura, además, “en advertir tempranamente que el teatro y las artes locales requerían de una institucionalidad seria”. Ella, en tanto, lo recuerda como el profesor de actuación que logró ponerla de cabeza y quien le abrió “un mundo nuevo” tras presenciar, en 1985 y vestida aún de jumper, la puesta en escena de Cinema Utoppia en El Trolley, además del Cuento de invierno (1992) de Shakespeare sobre las tablas del mismo teatro que hoy dirige, el Camilo Henríquez.

Pero fue recién en el año 2000 cuando Ramón Griffero (1954), fundador de la compañía Fin de Siglo y actual director del Teatro Nacional Chileno, convocó a Paulina Urrutia (1969) para trabajar en una de sus obras: la reposición de Cinema Utoppia que ese mismo año debutó en el teatro San Ginés. Con los años volvieron a reunirse en Tus deseos en fragmentos (2003), Extasis (2005), Prometeo el origen (2014) y la revisión de 99 La Morgue (2016), todas bajo su dirección. Pero ahora, el dramaturgo ha decidido prescindir de los héroes masculinos para inspirarse en la actriz y escribir además su primera comedia, La iguana de Alessandra: Urrutia da vida allí a una curiosa y aventurera mujer que cruza fronteras y épocas, de la Italia fascista a la China de la Revolución Cultural, para repasar, entre risas y cantos, la caída de las utopías del siglo XX.

“Realmente no hay nada de mí en Alessandra. Más bien te podría decir que ella es claramente el dramaturgo”, señala Paulina Urrutia, sentada en las butacas del teatro Antonio Varas, donde la pieza se presentará hasta fin de mes. “Es algo increíble que tiene la obra: Ramón nos tenía acostumbrados a los protagonistas masculinos, y la pregunta que yo misma le haría es por qué ahora tenía que ser una mujer y no Sebastián ni Ariel ni ningún otro, como siempre lo había sido. ¿Por qué?”, le insiste la actriz, a unos cuantos metros del director.

“Evidentemente, Paulina Urrutia como persona, como mujer, no está en Alessandra”, contesta Griffero, y agrega: “Lo que sí hay de ella en el personaje es Paulina Urrutia ficción; la actriz y el personaje escénico que traspasa mundos y dimensiones, la que se transforma y moldea una y otra vez a sí misma sobre el escenario. Esa fue la Paulina Urrutia que estuvo presente mientras escribía la obra, y ella sí es Alessandra. Y bueno, por la estructura que tiene el texto, la escritura desde luego no fue lineal, sino espacial y en tiempos paralelos. Y la ficción necesitaba casi que a gritos la presencia de una mujer acorde a estos tiempos en que vivimos, y esa no podía ser sino Paulina Urrutia”.

Vecinos teatrales

En mayo de 2016, cuando Ramón Griffero fue anunciado como nuevo director del Teatro Nacional Chileno, la ex ministra de Cultura (2006-2010) tomó las riendas del Camilo Henríquez, ubicado en calle Amunátegui, a solo tres cuadras de la sala Antonio Varas. En esta última, ambos repasan ahora parte de su historia en común y las ideas en torno al teatro y la gestión que por casi 20 años los ha mantenido en estrecha colaboración.

¿Qué puntos los unen y separan en torno a la gestión y el oficio?

R.G.: Quizá diferimos en cuanto a método, pero hay un mismo lugar desde donde ver el arte y su valor, y no solo para quienes creamos sino para nuestro país y memoria. Con Paulina compartimos la idea de que el teatro-arte tiene un valor por sobre el del mercado, y que su poder de convocatoria logra dar espacio a nuevas creaciones y creadores. En ese sentido, somos vecinos no solo por la cercanía entre los dos espacios, sino también por el sentido de gestión y apertura al público.

P.U.: Siempre digo, cuando recordamos a Andrés (Pérez, fundador del Gran Circo Teatro), que él murió muy solo. Y con esto no digo que no hubiera nadie más detrás del proyecto de las Bodegas Teatrales o de su visión de compañía, sino que sentía una soledad creativa muy profunda. En esos años estaban los teatros universitarios con sus clásicos, el Ictus que trabajaba siempre como grupo, y así. En mi caso, yo no partí trabajando con Ramón, pero fuimos contemporáneos en la transformación hacia el teatro más colaborativo que hoy vemos en Chile. Yo venía del Teatro La Memoria de Alfredo Castro, que había sido actor de la compañía que fundó Ramón. Y es bien impresionante ese intercambio que él provocó, esa exploración colectiva de la dramaturgia que como actores nos dio el estatus de creadores también. Lo mismo se ve en La iguana… aquí hay actores de la UC, del Arcis, de la Mayor y otras. Esa diversidad y ese desenfado político en Ramón son escasos realmente.

De pronto asoma un recuerdo: en 2005, un año antes de que se creara el Consejo de la Cultura y las Artes, desde La Moneda anunciaron que la Muestra Nacional de Dramaturgia de ese año sería suspendida. Urrutia relata: “El nuevo Consejo estaba en marcha y no se sabía quién iba a financiarla, y cuando nos enteramos, partimos con Ramón a La Moneda y pedimos una reunión con Javier Luis Egaña”, entonces director de Comunicaciones del gobierno de Ricardo Lagos. “Antes de entrar nos encontramos con un periodista de El Mercurio y le contamos, y durante la reunión le advertimos a Egaña que afuera había un periodista muy pendiente del futuro de la Muestra, pero lo cierto es que inventamos un movimiento ficticio para impedir que se cerrara”, agrega Griffero entre risas.

Finalmente, la Muestra no se suspendió. “Siempre nos acordamos de ese episodio con Ramón porque de alguna manera fue él quien me metió en política, y siempre se lo digo”, dice la actriz. “Me iba a ver al Sidarte cuando fui, primero, secretaria (1999-2000) y luego presidenta (2000-2003), para decirme si acaso yo estaba al tanto de que, según decían, iba a cambiar toda la institucionalidad cultural en Chile. Y así fue: se creó el Consejo y luego el Ministerio, y Ramón siempre fue muy conciente de todo eso”, agrega la actriz.

Griffero concluye: “Por la época en que nos tocó trabajar, había que luchar por esa nueva institucionalidad, y con Paulina estuvimos en las primeras marchas y movimientos para que los procesos se fueran dando; ella desde el Sidarte y luego el Ministerio, y yo desde la Comisión de Cultura también. Pero creo que nuestro mayor aporte sigue siendo al teatro, y desde el teatro mismo y sus escuelas”.

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