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Culto
Cinco historiadoras ante la “ola feminista”

Cinco historiadoras ante la “ola feminista”

Un quinteto de académicas e investigadoras chilenas responden tres preguntas referidas al movimiento que ha irrumpido en la agenda noticiosa, al machismo en el mundo de los historiadores y al Premio Nacional de Historia, que se vuelve a entregar en 2018 y que nunca ha reconocido a una mujer. No piensan lo mismo, ni tendrían por qué, pero aportan miradas que quiebran inercias propias de un ámbito donde tradicionalmente se ha impuesto la masculinidad.

Tres preguntas

¿Cómo inscribiría la actual “ola feminista” en el contexto de los movimientos de mujeres en Chile? ¿Qué hay de inédito esta vez?

¿Qué tan difícil ha sido para las historiadoras hacerse un lugar en la disciplina? ¿Qué tanto ha pesado el machismo?

Ante el Premio Nacional de Historia, nunca recibido por una mujer, ¿piensa que una “justicia de género” debería primar este año?


Rosario Rodríguez Lewald, profesora de historia de la U. Católica: “Hay un debate encaminado a que se reconozcan los derechos de las mujeres”

Las banderas de lucha han ido cambiando. A lo largo del siglo XX, las mujeres fueron conquistando esferas dominadas por hombres, lo que permitió una lenta inserción laboral y política, que a su vez redundó en redefiniciones del rol femenino. Y si bien fueron decisivas en la vuelta a la democracia, fueron secundarias en la toma posterior de decisiones y en la implementación de estrategias dirigidas a ellas: aún hoy, las senadoras y diputadas chilenas tienen menos representación que sus pares afganas.

En el ambiente actual, el término “ola” forma parte de un debate encaminado a que la sociedad reconozca y respete los plenos derechos de las mujeres, quienes buscan la igualdad de facto. Las estudiantes han logrado que la agenda país priorice temas propios de la cultura patriarcal. Cuando estudié historia en la UC tuve muy pocas profesoras: tres o cuatro, durante toda la carrera. En la actualidad, la planta académica y adjunta del Instituto de Historia tiene 39 docentes, de los cuales 17 son mujeres.

La carrera académica es difícil, como cualquier otra, pero está muy normada. Hay concursos para los cargos y existe igualdad de sueldos -cosa rara en Chile-, según qué grado desempeñas en el espacio universitario, sin distinción de sexo.No creo que deba existir “una justicia de género” por el movimiento actual. Sin embargo, hay mujeres destacadas en diversas áreas, que han realizado aportes significativos. Por ello, creo que los premios nacionales tienen una deuda con las mujeres de la Academia.


María Eugenia Albornoz, editora de Revista Historia y Justicia: “Las mujeres, si han estado en lo ‘público’, es por ser casi hombres”

Lo diferente es que se trata de un movimiento transversal a los espacios educativos (liceos, universidades, institutos), que ataca el sexismo en la educación, en los espacios laborales, en la cultura y en la vida cotidiana. Por un lado, ocurre como demanda social en una población que se ha ido formando desde hace cinco lustros vía entidades públicas (Sernam, Prodemu), ONGs y múltiples colectivos feministas no institucionales; que se ha ido instruyendo en derechos ciudadanos (divorcio, aborto en tres causales, adopción) y que se ha levantado para protestar ante injusticias de todo tipo hacia las mujeres. Por otro, es indispensable reconocer el contexto mundial. En una sociedad dominada por las redes sociales y la industria audiovisual, el efecto feroz de #MeToo es serio. También han jugado un rol las campañas de ONU Mujer.

La historia se manipula como discurso oficial de la República. Se orienta desde la política: gestión del Estado, padres de la Patria, guerras, progreso, etc. Lo “público” es donde las mujeres, si han estado, ha sido porque son casi hombres o porque adornan. Lo narrado es el quehacer de hombres, reflexionado y estudiado por mujeres. Y esos hombres, durante décadas, han sido machistas, misóginos y homofóbicos. Las mujeres siempre hemos sido miradas en menos, desacreditadas, descalificadas, despreciadas, desconsideradas e infantilizadas, con gestos sutiles y silencios que no dejan de ser potentes.

No me gusta la expresión “justicia de género”. La historia la construyen las personas en función de contextos, herramientas y cuotas de poder a las que acceden, y eso implica luchas, peticiones, negociaciones. El Premio Nacional debería ser otorgado por las cualidades de la historiadora, pero el horno en Chile no está para bollos: no existe verdadera disposición de los colegas varones para actuar distinto de como siempre lo han hecho. Ocurre igual que con las cuotas en los partidos y en los cargos privados: si no se obliga a escoger entre las mujeres, muchos varones, felices con sus privilegios, seguirán cerrando el camino. Ahora, si hay que votar, mi candidata es María Angélica Illanes.


Pía Montalva, pdta. de Asoc. Chilena de Historiadores (AChHI): “Este movimiento apunta a un cambio radical en las relaciones de género”

Este movimiento feminista tiene componentes inéditos, porque a partir de una creciente exposición de los reiterados casos de abuso y acoso que tienen lugar en la esfera pública, reclama protocolos específicos para abordarlos y una agenda legislativa destinada a reducir la inequidad que afecta a las mujeres en general. Es decir, como las demandas son más globales, apunta a un cambio radical en las relaciones de género.

Ha sido muy difícil, particularmente cuando no se dedican a los temas clásicos (historia política, económica o social) y sus enfoques son de carácter culturalista, ligados a la vida cotidiana o a la historia de las mujeres. El machismo pesa siempre, porque el intercambio intelectual y los códigos de la disciplina han sido construidos por hombres, y las mujeres están obligadas a entrar en esa dinámica para ingresar al debate.Absolutamente. Soy partidaria de la discriminación positiva cuando existen méritos equivalentes.

Pienso que marcaría un precedente en la disciplina respecto de las capacidades de las mujeres y del reconocimiento público, que es en último término el que las legitima y sitúa en un lugar análogo al de sus pares hombres. Además, hay muchas historiadoras con gran trayectoria que son merecedoras de este premio.


Alejandra Araya, directora del Archivo Andrés Bello de la U. de Chile: “No corresponde la discriminación positiva en el Premio Nacional”

En tanto movimiento de mujeres, suma la experiencia de los movimientos sociales de fines del siglo XX, que en América Latina se articulan desde la interseccionalidad de las luchas y el uso intensivo de nuevas tecnologías. Hace un uso deliberado de los símbolos públicos que sustentan al poder para torcer el sentido común y forzar la toma de conciencia respecto de la naturalización del patriarcado. Usa la subversión y la ironía como herramientas de acción, y pone al propio cuerpo en riesgo para producir una apropiación pública: una mujer a quien no se ha reconocido soberanía sobre su propio territorio. Y quiere tener, al igual que el control de la reproducción en su cuerpo, el control de la producción de sentido.

Estudiar historia es diferente a ser reconocida como “historiadora” o “historiador”: los criterios de autoridad siguen el canon del reconocimiento de una voz autorizada en tanto voz masculina. Una voz que encarna la figura del padre, pues norma, disciplina y habla en nombre de “la verdad”. Ha sido muy recurrente la invisibilización de las “ayudantes”, que han sido historiadoras “pares” de sus colegas, sus parejas muchas veces, en los trabajos publicados o en la divulgación de resultados y tesis de interpretación.

El premio fue creado en 1974, lo que señala el lugar de la historia en la ideología del Estado nacional en su vertiente más patriarcal: una dictadura militar. Dicho esto, no me parece que se deba aplicar discriminación positiva, menos aún como respuesta a la coyuntura política. Otorgarlo hoy a una mujer puede ser leído por el público general como una “concesión”, más que como un reconocimiento a su trayectoria.


María Soledad Zárate, académica de Historia de U. Alberto Hurtado: “La violencia contra las mujeres pasó a ser un problema público”

No puedo hacer un juicio riguroso, pues es un proceso en pleno desarrollo: se requiere un análisis pormenorizado de sus líderes y de sus demandas. Lo interesante es que es un movimiento de mujeres que, con base en grupos universitarios, capta la empatía y la confianza de una población femenina mucho más amplia.

Sus demandas de visibilizar y contener la violencia contra las mujeres, más allá de la exigencia de protocolos institucionales, cuentan con amplio apoyo en un contexto de gran cobertura de prensa. Así, un asunto privado pasó a ser un problema público. Esto me parece inédito, como también el que cada vez haya más mujeres que no temen usar el término “feminista”, y que cada vez haya más mujeres y hombres que entienden que el feminismo no apunta a una guerra entre los sexos, sino a la posibilidad de un nuevo pacto social, ventajoso para ambas partes.

Cada vez menos. Sin duda, para las primeras mujeres dedicadas profesionalmente a la investigación entre los ’70 y los ’80, no fue fácil, como no lo fue en otras disciplinas con minoría femenina. Junto a la falta de apoyo y de entusiasmo en algunos profesores por formar historiadoras, es más preocupante que algunos de ellos establecieran que los temas verdaderamente relevantes eran, por ejemplo, la historia de la política partidaria, la historia militar o de los modelos económicos, en desmedro de la historia social de la familia, de la salud o del arte, que algunos solían asociar con preocupaciones de mujeres.

No. Creo que lo que debería primar es el apoyo a historiadoras e historiadores con trayectorias investigativas sólidas, que trabajen con rigor, que hayan formado a nuevas generaciones. Y que los evaluadores pongan esos méritos por encima del hecho de que sean mujeres u hombres. Entre quienes deberían recibirlo por estas razones, identifico a Isabel Cruz, María Angélica Illanes, Sol Serrano y Ana María Stuven, por nombrar a las que más destaco, académicamente hablando.

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