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Culto
Deftones: los dioses de turno

Deftones: los dioses de turno

Más que el repaso de Gore, su excelente último álbum, el show de Deftones en el teatro Coliseo fue un paseo aleatorio de su discografía. Uno que privilegia la energía a la disciplina de replicar exactos sus registros en estudio.

Primer acto. una zapatilla vuela de allá para acá. Segundos antes una chaqueta traza una curvatura similar por los aires del teatro Coliseo atestado, sudoroso y aromático de cannabis y tabaco la noche del martes, la segunda fecha de tres citas agotadas. La antigua sala, de dudosas cualidades sonoras para un espectáculo de altos decibeles y que hasta hace un tiempo era un templo religioso, no ha perdido su categoría esta noche de martes. Los dioses de turno, Deftones, están al centro de la sala. Descargan volumen insano en los primeros minutos de este reencuentro con el público chileno, una práctica que a estas alturas, tras numerosas visitas, habla más de un mal ingeniero en la mesa de sonido que de potencia. Es una especie de revancha a lo que sucedió en el verano de 2001 en el estadio Víctor Jara, en el memorable debut del quinteto liderado por Camilo “Chino” Moreno, cuando el público se dedicó a escupir al cantante en dudosa señal de aprobación. Parte de aquel gentío también está presente esta noche pero ya no son unos adolescentes que descifran de la peor manera su pasión por el quinteto. Canas y poncheras mediante, el público de Deftones ha envejecido junto a la banda y ambas partes hacen caso omiso de la edad. Por un par de horas durante esta noche todos somos jóvenes otra vez, y corresponde cabecear y saltar para celebrarlo.

Prólogo. A las 21 horas Quicksand se toma el escenario. El trío neoyorquino donde milita el bajista Sergio Vega, quien ocupa el mismo puesto en Deftones, es de esos grupos que uno se pregunta por qué no cosecharon más éxito, aunque la respuesta radica en su historial plagado de quiebres. Su combinación de rock duro con arrebatos lisérgicos y cadenciosos con pulso dancehall, resultó embriagante desde el primer minuto. A pesar del ruido y las bases pastosas y marcadas desde bajo y batería, la música de Quicksand cuela cadenciosa y sensual. El público se dejó llevar entre los espacios de la guitarra y el motor rítmico que nunca deja de cambiar las cifras para el mismo cometido, que no es otro que mover al público rítmicamente.

Tras la pausa Deftones aparece a un volumen insano, una de sus rúbricas y que después de 23 años de actividad profesional es más una tara que una señal de singularidad. Hasta ahora en todas sus visitas parecen incapaces y desinteresados en controlar el volumen. El espectador es quien tiene que adaptarse al bullicio ensordecedor y no la mesa de sonido la que debe buscar acomodo. En los primeros temas el doble pedal retumba y qué decir de las guitarras de 7 y 8 cuerdas de Stephen Carpenter, que resuenan como el gruñido de una bestia mitológica en marcha.

“Chino” se instaló como de costumbre en esa línea fronteriza entre el escenario y la gente gritando al micrófono como si la vida dependiera de sus aullidos. El público sencillamente lo adora. Lo tironean, le gritan, cantan vociferantes, corean cada línea de sus canciones plagadas de susurros y estallidos demenciales donde sus cuerdas vocales se exigen al máximo, y que sorprendentemente aún rinden a pesar de las décadas y contando de uso y abuso, a la manera de un felino que reacciona irritado y luego se deja querer.

Después de todos estos años y de tantas visitas, clarísimo que Deftones privilegia la energía a la disciplina de replicar exactos sus registros en estudio. A veces los pulsos se aceleran como sucedió en uno de sus mayores clásicos como “My own summer (shove it)”. Para el público los desequilibrios solo fueron carne para alentar el fervor religioso. Apenas comenzó el concierto la masa vociferante se fue sobre el escenario al igual que una ola reventando en la línea costera. Como en un viejo video de los días del grunge, algunos espectadores eran levantados sobre las cabezas y desplazados de un lugar hacia otro como una marea impredecible. Desde lo alto del escenario “Chino” Moreno observaba sonriente, aproximándose al borde como surfista que espera la siguiente ola con la expresión de un chico ansioso que aguarda su turno.

Más que el repaso de Gore (2016), el excelente último álbum, el show de Deftones fue un paseo aleatorio de su discografía con sets generosos respecto de otras paradas de este tour en Sudamérica, y que hasta ahora han diferido entre la primera y segunda noche. La consideración se agradece. Si en 2001 los imbéciles de turno escupieron a un cantante como “Chino” Moreno, hoy un símbolo generacional, ahora la relación es de cariño y respeto. Deftones sigue siendo uno de los escasos números del rock duro, sino el único, que sabe de sensualidad y romance sin vulgaridad, sino con un estilo inigualable.

*Crédito foto: Carlos Müller.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras