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Culto
Harry sin style

Harry sin style

Como suele ocurrir en el pop adolescente, la reacción de l@s seguidor@s supera por paliza la calidad de la oferta. En Harry Styles no asoma un estilo distintivo, sino una extraña comodidad consigo mismo, un veterano sin muchas batallas algo agotado antes de tiempo.

Las chicas corean “Story of my life” de One Direction, que se escucha por altoparlantes en el patio de comidas del Movistar Arena. Será la única oportunidad que tendrán de cantar el éxito de la desaparecida boy band la noche del viernes porque la estrella de la cita, Harry Styles, no contempla el single de su antigua banda para el debut solista en Santiago. El sitio luce repleto, el show está agotado desde hace meses. El británico aparece puntualmente a las 21 horas como protagonista de un montaje escénico que resume la sencillez del viejo rock, alineación clásica de guitarra, bajo, batería y teclados más los amplificadores correspondientes. El decorado prescinde de grandes juegos lumínicos y la pantalla gigante se reduce a una huincha que remata en lo más alto del escenario. Styles proclama así que lo importante acá es la música.

La reacción del público desde el primer tema de la noche, “Only angel”, es de fervor absoluto. La gente de la cancha se encarama de inmediato en las butacas plegables en un peligroso juego de equilibrio y así se mantiene por hora y media, chillando con decibeles que harían estallar una cristalería. En esos primeros minutos Styles, de 24 años, se movió con relativa energía, sonriendo para derretir a sus fans cuando las cámaras capturaban primeros planos de su rostro carilindo. Ese pulso ligeramente agitado continuó con “Woman” enfundada en rock algo cachondo y cadencioso.

A partir del tercer corte, “Ever since New York”, con Styles en guitarra acústica interpretando acordes de fogata, las pulsaciones del show bajaron rápidamente. Desde ese minuto el concierto se estacionó en la casilla del soft rock de los 70 para no moverse más de esa posición. La banda resultó correcta a lo sumo destacando sólo la baterista que además colabora en coros y armonías. “Two ghosts” mantuvo el paso cansino mientras “Carolina” subió tenue la intensidad. Con una sonrisa algo incómoda, Styles agradeció al público su asistencia a pesar de tener solo un álbum, lo cual lo obliga a recurrir a determinados éxitos de su antiguo conjunto como “Stockholm syndrome”, “If I could fly” y “What makes you beautiful”.

Durante la noche Harry Styles funcionó con lo justo. Rara vez abarcó todo el escenario y al dirigirse al público, entre sus palabras y ademanes siempre mostró cierto descreimiento, muy consciente de la parte de cada cual: él canta soft rock y el resto chilla ante su belleza y voz. No es una sorpresa mayúscula porque 1D era una excepción en el formato boy band. Nunca fueron de coreografías ni energético pop electrónico, sino de refugiarse en la tradición del rock británico, línea que Styles mantiene sin sumar aditivos extras.

Hacia el final, cuando tod@s esperaban la canción de la noche, el gran single “Sign of the times”, Harry Styles confirmó que en vivo es de economías, desechando los tonos agudos que rematan la mejor canción por lejos de su tibio debut discográfico.

Como suele ocurrir en el pop adolescente, la reacción de l@s seguidor@s supera por paliza la calidad de la oferta. En Harry Styles no asoma un estilo distintivo, sino una extraña comodidad consigo mismo, un veterano sin muchas batallas algo agotado antes de tiempo.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras