Culto
Academia Bach de Stuttgart: bach sublimado y a la vena

Academia Bach de Stuttgart: bach sublimado y a la vena

En su gira por Sudamérica, y que comenzó con su presentación en la sala CorpArtes el miércoles, la agrupación enalteció el nombre que ostentan con dos obras corales del compositor alemán que remontaron en orquestación y sonido vocal a sus orígenes barrocos, a su uso consciente de contrastes, a sus efectos dramáticos propios, a colores de época, a la razón y el sentimiento de por medio.

Qué gran comienzo de semestre se ha visto en los escenarios capitalinos. De nuevo la grandeza musical se sintió, esta vez con el esplendor, la mística y el recogimiento a la que condujo la Academia Bach de Stuttgart.

En su gira por Sudamérica, y que comenzó con su presentación en la sala CorpArtes el miércoles, la agrupación enalteció el nombre que ostentan con dos obras corales del compositor alemán que remontaron en orquestación y sonido vocal a sus orígenes barrocos, a su uso consciente de contrastes, a sus efectos dramáticos propios, a colores de época, a la razón y el sentimiento de por medio. En parte, logrado por la utilización de instrumentos antiguos, por una técnica histórica fiel a Johann Sebastian Bach, por músicos y cantantes sólidos, pero también por la atenta mirada de su director que logró fusionar los conjuntos con precisión y control.

Bajo la batuta de Hans-Christoph Rademann -también director de coro-, la orquesta de la Academia, la Gaechinger Cantorey y los solistas -Miriam Feuersinger (soprano), Sophie Harmsen (contralto), Patrick Grahl (tenor) y Tobias Berndt (bajo)- abordaron un programa netamente religioso, la Cantata BWV 21 Ich hatte viel Bekümmernis (Gran angustia tuve en mi corazón) y el Magnificat en Re Mayor BWV 243.

Es una de las cantatas más peculiares de las innumerables que escribió Bach, y a diferencia de las otras, comienza con una sinfonía; refleja la tristeza y angustia humana, si bien tiene momentos de vivacidad. Estados anímicos que se reflejaron a través de una conmovedora interpretación que ya en su introducción evidenció la calidad instrumental, en este caso específico, del oboe barroco y del primer violín, ambos en un diálogo de líneas melódicas sobrias; con un coro que transitó con claridad por los sentimientos de congoja, por quiebres emocionales y la vitalidad de la alabanza final, y con sentimientos afligidos por parte de los solistas.

En el “Magnificat” -un excelso himno a la Virgen que relata la visita de María a su prima Isabel según San Lucas-, con radiantes trompetas barrocas, Rademann, con una acabada lectura musicológica y perfecto resultado sonoro, llevó a los conjuntos por un todo homogéneo, por la excitación, el júbilo y la tranquilidad, y a los solistas por las líneas reflexivas, concibiendo una obra carismática, emocional, concentrada y vívida, que finalizó con un contrapunto vocal brillante en el Gloria Patri.

Y si bien el programa sólo contemplaba estas dos creaciones, añadió el coral con que termina la Cantata BWV 127, Jesus bleibet meine Freude (Jesús alegría de los hombres) y de la Misa en Si menor BWV 232, Dona nobis pacem (Danos la paz) que forma parte del Agnus Dei.

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