Culto
Philip Roth y la derrota del sueño americano

Philip Roth y la derrota del sueño americano

Con la muerte del novelista nacido en Newark en 1933 desaparece el escritor vivo más grande de EEUU, un clásico contemporáneo. Autor de una obra atrevida y provocadora, a menudo sarcástica, en ella abordó los tabúes y sueños rotos de la sociedad americana.

Vivía en una pequeña casa en una calle rodeada de árboles. Newark era entonces una próspera ciudad de clase media. “En 1940 éramos una familia feliz”, escribe Philip Roth en La conjura contra América, una novela que recupera parte de su infancia y donde los detalles biográficos se confunden con los suyos: el narrador de 7 años vive en un barrio judío con su hermano Sandy, su madre Bess y su padre Herman Roth, un hombre trabajador, estricto y bondadoso. Había estallado la Segunda Guerra Mundial y el sentimiento nacionalista impregnaba el aire. “Nuestra patria era los Estados Unidos de América”, dice el narrador, y añade una frase que moviliza la novela y separa la historia real de la ficción: “Entonces los republicanos proclamaron a Lindbergh candidato a la presidencia y todo cambió”.

La conjura contra América (2004) es probablemente la última gran ficción de Philip Roth. En ella imagina que el héroe de la aviación americana Charles Lindbergh, simpatizante nazi, vence a Franklin D. Roosevelt y llega a la Casa Blanca. La novela sintetiza algunas de sus grandes obsesiones narrativas: la historia de Estados Unidos, los miedos, prejuicios y sueños rotos de la sociedad americana, la Newark de los años 40, y la cuestión de la identidad judía.

Narrador astuto y talentoso, Roth despliega allí un procedimiento que define su estilo y eventualmente intrigó a los críticos: la superposición de biografía y artificio literario. “Es todo el arte de la suplantación, no?”, le dijo en 1984 a la revista Paris Review. “Hacer una biografía falsa, una historia falsa, inventar una existencia a medias imaginaria del verdadero drama de mi vida es mi vida”, aseguró entonces.

Nacido en 1933 y fallecido el martes a los 85 años, Roth creció con la Segunda Guerra, con Roosevelt y su padre -a quien dedicó una conmovedora memoria en Patrimonio- como héroes reales. Llegó a la universidad con la Guerra de Corea y comenzó a publicar en los 60, cuando las libertades sexuales y Vietnam se cruzaban en el horizonte de todo joven americano.

Después de publicar más de 30 novelas, algunas de ellas entre lo más notable de la ficción americana de las últimas décadas, Roth decidió retirarse en 2012. “Se acabó la lucha con la escritura”, anotó en un post-it que pegó en el computador de su departamento del Upper East Village de Nueva York. Una lucha que lo cubrió de elogios y reconocimientos: no solo obtuvo el Pulitzer, el National Book Award y la Medalla de la Libertad de manos de Barack Obama, además fue uno de los pocos autores integrados en vida a la colección de la National Library of America y de la Pleiade en Francia, ambos honores reservados para los clásicos.

Sagaz, desinhibida, a menudo sarcástica y políticamente inconrrecta, su obra exhibe una extraña lucidez y posee el don natural de provocar a los lectores. Como ocurrió con la comunidad judía cuando publicó Goodbye, Columbus en 1959 y, más aún, cuando lanzó esa comedia sin pudores titulada El mal de Portnoy.

Hace unos meses, desde su retiro, comentó a The New York Times las connotaciones proféticas que alcanzó La conjura contra América tras la elección de Donald Trump: “Hay una enorme diferencia entre las circunstancias políticas que inventé en ella para EEUU en 1940 y la calamidad que hoy en día nos causa tanto desaliento. Es la diferencia de estatura entre un presidente Lindbergh y un presidente Trump”, dijo. “Históricamente, Lindbergh fue el valeroso joven piloto que, en 1927, sobrevoló sin escalas por primera vez el Atlántico, desde Long Island hasta París”; en comparación, “Trump es un fraude masivo, la suma perversa de sus deficiencias, desprovisto de todo excepto de la ideología hueca de un megalómano”.


Tabúes y pesadillas

En 1969 se refugió en una cabaña rodeada de naturaleza en Woodstock. “Iba huyendo de la publicación de El lamento de Portnoy. Mi súbita mala fama de bicho raro sexual se había hecho difícil de evitar en Manhattan, de modo que decidí largarme”, escribe en El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (2001), libro que recoge ensayos y conversaciones con amigos y maestros: Saul Bellow, Malamud, Bashevis Singer, Milan Kundera.

A través de sus alter egos Nathan Zuckerman y David Kepesh, buena parte de la ficción de Roth de los 70 y 80 explora en el deseo sexual masculino, en las raíces culturales que lo unen a la cultura judía y en las relaciones de vida y obra, de autor y personaje. Desde Mi vida como hombre (1970), El pecho (1972) y El profesor de deseo (1977) a La lección de anatomía (1983) y La contravida (1986).

“No necesariamente, como escritor, tienes que abandonar tu biografía por completo para participar en un acto de suplantación. Puede ser más intrigante cuando no lo haces”, decía en 1984.

Eventualmente ese juego de máscaras no solo intrigó a los críticos; también a su segunda esposa, la actriz inglesa Claire Bloom. Tras la publicación de Decepción (1990), donde relata el adulterio de un tal Philip Roth, se divorciaron.

A los 60 años se refugió en su casa de campo en Connecticut. Allí comenzó una nueva etapa creativa: produjo un puñado de novelas portentosas, de enorme fuerza y amplia resonancia política y literaria, en las que abordó pesadillas, tabúes y heridas recientes de la historia americana, con una agudeza admirable. Entre ellas, El teatro de Sabbath (1995), Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000).

En 2013 hizo su última aparición pública. Cumplía 80 años y en el Museo de Newark había una multitud que lo aplaudía como una celebridad. Roth subió al escenario e invocó imágenes de su niñez en la ciudad, los campos de béisbol, las fábricas, las banderas en memoria de los caídos en guerra. Al finalizar, abrió las páginas de El teatro de Sabbath, su novela favorita, y leyó un pasaje: en él Mikey Sabbath, un artista desaforado y lujurioso, visita el cementerio judío donde está enterrada su familia. Recuerda a su abuela, a sus padres y a su hermano; sus juegos infantiles, sus bromas y su estúpida muerte en combate. Y bajo la llovizna que cae, Sabbath busca piedras en la tierra, las coloca sobre sus tumbas y les dice: “Aquí estoy”.

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