Culto
Philip Roth: fin de siglo

Philip Roth: fin de siglo

Dice Ian McEwan que, de aquí a un siglo, para entender el fin del siglo XX será suficiente leer a Philip Roth. Gracias a una prosa de frases elásticas capaces de incorporar tanto la gran fuerza descriptiva de sus narradores como su inteligencia, su ilimitado sarcasmo, su general agudeza para encontrar las contradicciones de sus personajes y de la sociedad, su corpus, repleto de obras maestras, condensa las grandezas y miserias de los Estados Unidos en el período de su consolidación imperial.

Dice Ian McEwan que, de aquí a un siglo, para entender el fin del siglo XX será suficiente leer a Philip Roth. No creo que un solo autor dé para tanto, pero sí que Roth será fundamental para dar cuenta de los claroscuros del período. Gracias a una prosa de frases elásticas capaces de incorporar tanto la gran fuerza descriptiva de sus narradores como su inteligencia, su ilimitado sarcasmo, su general agudeza para encontrar las contradicciones de sus personajes y de la sociedad, su corpus, repleto de obras maestras, condensa las grandezas y miserias de los Estados Unidos en el período de su consolidación imperial.

Están en los primeros libros de Roth el optimismo y la energía de una gran nación, y también, después, una aguda disección de las fallas morales en las que se enfanga el proyecto. En Pastoral Americana (1997) -novela con el que inicia la Trilogía Americana-, el Sueco Levov, una versión del sueño americano triunfante, será incapaz de comprender las razones que llevan a su hija Merry a poner una bomba en los turbulentos años sesenta. Estados Unidos ya no es lo que era, Levov pierde el norte, y las conclusiones del narrador apuntan a una verdad que trasciende la historia: “sigue siendo cierto que de lo que se trata la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, una y otra vez y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo”.

En La mancha humana (2000), otra de las obras maestras de su trilogía, el gran drama es el deseo de reinvención, la “energía y crueldad” que ello implica, la lucha rebelde contra una sociedad obsesionada por el color de la piel. La conjura contra América (2004), libro profético con el que cierra la trilogía, es una ucronía que nos recuerda que el fascismo fue también parte del sueño americano; estas palabras sobre Charles Lindbergh, el héroe pro-nazi que le gana a Roosevelt en las elecciones, resuenan hoy: “¿Se atreve a llamarnos otros? El que parece más americano es el menos americano de todos”.

Roth fue muchísimas cosas más: el narrador de las complejidades de la identidad, poniendo en juego, de manera irreverente, las particularidades de lo judío-americano contra el esencialismo nacional (El lamento de Portnoy, 1969); el postmodernista que, a través de su alter ego Nathan Zuckerman, ofreció algunas de las novelas más complejas sobre la relación entre ficción y realidad –La contravida (1986) es quizás la mejor-; el narrador del sexo y el deseo y sus pulsiones oscuras, desde una perspectiva muy masculina que es su lado más criticado (para Vivian Gornick, la misoginia de sus libros es “como lava de un volcán”). Su impulso arrollador le dio para, al final de su carrera, escribir una serie de novelas elegíacas sobre la mortalidad, entre las que destacan Sale el espectro (2007) y Humillación (2009).

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