Culto
Living Colour en La Cúpula: Ponle color

Living Colour en La Cúpula: Ponle color

Hay muchas singularidades en esta banda neoyorquina y preguntas también. En Chile cuesta que prendan y quizás merecen más reconocimiento no solo por la destreza y la escuela que marcaron en sus respectivos instrumentos -en particular Reid y Calhoun-, sino por la capacidad de combinación y síntesis.

Antes que Faith No More, Red Hot Chili Peppers, Rage Against the Machine, Primus y todo el grunge, Living Colour representó el símbolo de recambio generacional y estilístico del rock duro estadounidense, en medio de la escarmenada marea del hair metal. La puerta de entrada fue su extraordinario álbum debut de hace 30 años, Vivid, en cuya producción figuraba Mick Jagger. Estilísticamente desprejuiciados -cabe metal, funk, jazz, hip hop y electrónica, a veces todo en una misma pieza-, impusieron además un cariz político y social reivindicativo que desde los inicios abarcó también las temáticas de género hoy en boga. El broche de la propuesta consiste en un virtuosismo superlativo. Es tal el nivel de habilidad técnica que la noche del martes, en su cuarta visita a Chile en el Teatro La Cúpula, desde el arranque versionando Preachin’ blues del legendario Robert Johnson, dibujaron sonrisas y expresiones de asombro entre el público por el extraordinario despliegue técnico que después de tres décadas solo parece expandirse.

La guitarra de Vernon Reid atronaba en un constante paseo a velocidad suicida por el mástil, secundado por el monumental trabajo en batería de Will Calhoun, más el bajo pastoso y multifuncional de Doug Wimbish. Corey Glover, siempre histriónico, mantiene un impresionante caudal y lo domina a placer. Aún puede chillar, sostener agudos imposibles y a la siguiente línea convertirse en un cantante de gospel, soul, jazz, un crooner metalizado, lo que sea en beneficio de la composición, el mismo estilo que tanto impresiona en Mike Patton.

La banda juega a deconstruir las canciones. A ratos se extrañan los pulsos originales y tienden a acelerar. “Time’s up” por ejemplo, que en el disco alterna thrash y rock clásico, es prácticamente una ráfaga de batería. Calhoun maneja una parte de su métrica con enfoque jazzero improvisando quiebres constantes con fuerza brutal, aún cuando su touch denota fluidez de academia. Glover funciona algo parecido. Rara vez se atiene a lo grabado en el estudio, siendo una de las escasas excepciones la cachonda “Love rears its ugly head”. Wimbish ocupa el bajo para crear atmósferas sicodélicas, murallas de sonido y loops notables como hizo en “Wall y Swirl”, una creación solista donde montó una serie de líneas para luego puntear en las cuatro cuerdas como si se tratara de una guitarra. Siendo músicos en la cincuentena (excepto Wimbish de 61, quien paradojalmente luce más joven), mantienen una energía prodigiosa, incluso desbordada. Glover jugueteó hasta el hartazgo en “Open letter (to a Landlord)” y terminó fatigando la voz entre tanta cabriola.

Otra de la excepciones de Living Colour es que nunca tuvieron temor de expresar respeto por artistas blancos. Vernon Reid ha alabado instituciones anglosajonas hasta la médula como Rush, “Runnin’ with the devil” de Van Halen fue el prólogo antes de iniciar el show, la brillante “Memories can’t wait” de Talking Heads, incluida en Vivid, integró el set de la noche, como “Rock and roll” de Led Zeppelin fue citada al final.

Hay muchas singularidades en esta banda neoyorquina y preguntas también. En Chile cuesta que prendan (el teatro Teletón estaba casi vacío en la penúltima visita, anoche costó llenar La Cúpula), y quizás merecen más reconocimiento no solo por la destreza y la escuela que marcaron en sus respectivos instrumentos -en particular Reid y Calhoun-, sino por la capacidad de combinación y síntesis. Su música tornó atemporal, suspendida entre su excelencia técnica en pos de canciones potentes y memorables interesadas en el mundo real.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras