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Culto
Desobediencia: fuego prohibido y rienda firme

Desobediencia: fuego prohibido y rienda firme

La delicadeza y el sosiego que gobiernan la aplicada narrativa que pone en acto el filme de Lelio, le permiten transitar, observar y atravesar las capas que constituyen a los personajes.

En Gloria (2013) Sebastián Lelio se había mostrado sutil y elíptico, elegante y caligráfico. Un profesional con el saber de un artesano. Eso fue lo que vio la actriz/productora Rachel Weisz; también la gente de Film Four y FilmNation. Y así fue cómo los mencionados instalaron sobre los hombros del realizador chileno la responsabilidad de adaptar una novela que habla de amor, tabúes y ortodoxias. La película se llamó Desobediencia, igual que el libro. Es la primera cinta en inglés del realizador de Una mujer fantástica y también la primera donde el argumento no es al menos parcialmente suyo. Cabe decir de inmediato que la prueba fue sorteada con éxito, y vaya uno a saber cuántas otras vendrán (por de pronto, Lelio tiene semiterminado el remake hollywoodense de Gloria, que podría estrenarse este año).

En el centro del relato está Ronit Krushka (Weisz), una fotógrafa que vive hace años en Nueva York y que profesionalmente se apellida Curtis. Años atrás, su disconformidad con las rigideces de la comunidad judía londinense donde nació y se crió, así como una petite histoire que la intriga irá develando, la enviaron muy lejos de su padre, respetadísimo rabino. Ahora que este ha muerto, es el momento de regresar.

De vuelta en Londres, se reencuentra con sus viejos amigos Dovid y Esti (Alessandro Nivola y Rachel McAdams), sólo para descubrir que el primero es el sucesor de su padre y que ambos son matrimonio. Ronit quiere ahora vender lo que pueda, lo antes posible, y partir de vuelta. Pero el pasado la retendrá, partiendo por un fuego prohibido que no se apaga tan fácil.

La delicadeza y el sosiego que gobiernan la aplicada narrativa que pone en acto el filme de Lelio, le permiten transitar, observar y atravesar las capas que constituyen a los personajes. De ahí que la tensión entre sumisión y rebeldía fluya sin más, tal como la expedición antropológica que supone instalarse en un colectivo ortodoxo y tratar, al menos un rato, de ver el mundo con sus ojos. Ahí asoma, es cierto, el prurito expositivo/didáctico de una película cuyos personajes suelen saber más que los espectadores (con todo lo que eso implica). Pero, bien tomada de las riendas, como parece estarlo, la inmersión que propone la cinta ha valido sobradamente la pena y augura para Lelio, el artesano confiable, un futuro más que interesante y nuevos territorios donde clavar sus banderas.

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