Culto
Los 25 años del brit pop: The beautiful ones

Los 25 años del brit pop: The beautiful ones

La relación entre Inglaterra y Estados Unidos en el predominio de la música popular ha sido como ese juego del balancín, donde la vista de arriba es grata, pero dura sólo unos segundos. Aun cuando existirá más de un texano que no sabe de ingleses desde el motín del té en 1773, para los habitantes de la isla el tema no es menor. Así, cuando a principios de los 90, el grunge llevaba un par de temporadas de lamento existencial, la prensa inglesa estableció al brit pop como una forma de compensación, dando algo de impulso hiperventilado a ese balancín.

Dime cómo te la llevas con tu denominación de gusto musical y te diré quién eres. Por ejemplo, identifica a un metalero con ese nombre y te invitará a celebrar tu capacidad perceptiva con unos cuantos litros de cerveza. Igual cosa con seguidores del rock and roll, reggae o funky, aunque en el proceso debas ayudar a peinar jopos, desenredar dreadlocks o cargar chanchos juanitos, como castigo por acercarte.

Por el contrario, mejor evitar aquella primera pregunta fatal (“Ah, entonces, tú eres….”) cuando te acerques a los fans de algunos estilos (gótico, shoegazer, grunge y un larguísimo etcétera), dónde la denominación de origen no es aceptada como tal. Entre ellos, bien podríamos nombrar al “brit pop” y sus seguidores, quienes pueden al enojarse, castigarte con su desdén elegante y tirarte una taza de té por la cabeza. Porque su “nombre social”, al igual que los mencionados arriba, fue una creación de los medios y derivó de un “hype”. ¿Un what?

Aclaremos el término: hype, deriva de la palabra hipérbole y en términos mediáticos refiere a engrandecer la importancia de algún suceso con fines publicitarios. Una costumbre, digámoslo, bastante habitual en la prensa musical inglesa con el fin de vender periódicos. También es el nombre, miren la coincidencia, de un documental sobre la escena grunge en Seattle luego del éxito de Nirvana (Hype!, Doug Pray, 1996), retratando lo complejo que puede ser para una comunidad de artistas estar en el ojo del huracán mediático cuando no lo desean (aunque pregúntenle a los ejecutivos discográficos para una segunda opinión al respecto).

Mostrando el otro lado del balancín, tenemos a Live Forever: the rise and fall of Brit Pop (John Dower, 2003), un documental que muestra el momento histórico, a principios de los 90s, donde una nueva camada de bandas inglesas reivindicaron los símbolos culturales propios para hacer frente a la influencia estadounidense. Así, con la referencia explícita a los Swinging Sixties (Carnaby Street, The Beatles y Twiggy como lo chic a nivel mundial), el glam y la subcultura mod; gente buena (y muy inglesa) como Pulp, Blur, Supergrass o Elastica coparon las listas de éxito del Reino Unido y de buena parte del mundo con lo británico como seña de identidad principal.



Ahora, ¿qué tiene que ver la maquiavélica prensa como todo esto? Bastante, como siempre. En un contexto dominado por los medios escritos, sin atisbos de Internet en el horizonte, fueron los medios ingleses los que dedicaron incontables páginas a estos nuevos rostros, virtualmente creando el movimiento. Un ejemplo de ello ocurrió en Abril de 1993, cuando apareció la icónica portada de la revista Select, en uno de los hitos fundacionales del brit pop. En ella, uno podía encontrar a Brett Anderson, vocalista de Suede con una bandera de la Union Jack de fondo y la leyenda “Yanks go home!” en frente. Nada de metáforas por acá.

“Es acerca de violencia y abuso y sexo y drogas”. Así, pudoroso, como quien le cuenta en qué trabaja a su abuelita, era lo que declaraba Anderson sobre “Animal Nitrate”, tercer single de Suede, aparecido en Febrero de 1993. Aquel mismo mes, la actuación de la banda en los Brit Awards aclararía aun más el panorama del nuevo movimiento y su impacto mediático. No sólo derivaba de una presión explícita del semanario New Musical Express por la ausencia del grupo en las nominaciones de ese año, sino que, además, generó una rentable polémica por la estática y asombrada reacción de la platea ante el despliegue del cantante.



Bob Stanley, periodista musical e integrante de Saint Etienne, definió al brit pop en su libro Yeah! Yeah! Yeah!, la historia del pop moderno (Turner, 2015) como el instante en el que se unen sin mayores problemas el arte y el comercio, dejando atrás los reparos que tenían algunos indies ante cualquier forma de “prostitución artística”. Así, las bandas no sólo aceptaban la prensa amarilla como instrumento promocional (las rencillas entre Oasis y Blur, las peleas entre los hermanos Gallagher, las relaciones consecutivas de Justine Frischmann de Elastica con los líderes de Suede y Blur), sino que luchaban por ganarse sus favores.

Como no podían faltar a la fiesta, los políticos también se unieron a la causa y el flamante líder del Partido Laborista, Tony Blair, alabaría al movimiento, invitando algunos años más tarde a Oasis y a Blur al palacio de gobierno luego de asumir como primer ministro. Si los primeros siguen encontrando graciosa la situación, el siempre culposo Damon Albarn de Blur, se pone un cono de vergüenza cada vez que se lo recuerdan. Misma cosa con su participación estelar dentro del brit pop, del que renegarían sin problemas a partir de “Blur” (Food, 1997), un disco árido, menos amable y conectado directamente con el indie estadounidense.

Las siguientes puñaladas al movimiento vinieron de la sobre expectativa que generó el mediocre Be here now de Oasis (Creation, 1997), de la muy lograda radiografía de fin de fiesta de Pulp con This is hardcore (Island, 1998) y de las decenas de bandas imitación (Shed Seven, Longpigs, Menswear) que fueron tras el botín en su momento. Para el recuerdo quedan una cantidad importante de grandes canciones que, a pesar de su localismo, fueron lo suficientemente atractivas como para generar sucursales en lugares lejanos como Latinoamérica (Juana la loca, Canal Magdalena) o estimular cánticos a voz en cuello en sitios exóticos como Hong Kong o Chile. Si eso es manipulación mediática, bienvenida sea por 3 minutos.


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