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Culto
Sebastián Lelio: “Rachel Weisz me dijo, ‘voy a ser productora y, cuando filmemos, actriz’”

Sebastián Lelio: “Rachel Weisz me dijo, ‘voy a ser productora y, cuando filmemos, actriz’”

Este jueves se estrena Desobediencia, la película que sucedió a Una mujer fantástica. La cinta retrata un triángulo amoroso en una comunidad judía.

Siempre hay una primera vez, pero puede haber dos o más primeras veces al mismo tiempo. Le pasó a Sebastián Lelio con Desobediencia (2017), la película que este jueves llega a salas locales: es el primer “encargo” que acepta para un largometraje, es su primera película no hablada en castellano y la primera cuyo argumento no es suyo en el origen.

Con la bonhomía y la serenidad que se le conocen, cuando lleva ya un par de horas hablando con distintos medios en el subsuelo de un hotel de Vitacura, el director de Una mujer fantástica se hace cargo de la compleja elaboración de esta película. Una obra que gravita en torno a una historia de amor prohibido en una comunidad judía ortodoxa de Hendon, en el norte de Londres, y donde el peso del drama recae en un trío de reconocidas estrellas (Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola).

Todo el proceso fue desafiante, sugiere Lelio, partiendo por el acto mismo de escribir. Ahí se detiene a reconocer el apoyo de su coguionista, la dramaturga Rebecca Lenkiewicz, junto a quien adaptó la novela Disobedience, de Naomi Alderman (quien vivió en el mismo sector londinense que acá se describe). Una vez en el set, su hábito de incluir a los intérpretes -“siempre les digo, ‘cada vez que algo les suene desafinado, desentonado, avísenme’”-, demostró no ser un detalle, menos si se trabaja en un idioma que no se domina tanto como el materno.

“Para mí el texto es importante, por supuesto, pero nunca es palabra escrita en piedra”, declara Lelio. “Siempre está vivo y puede cambiar. Creo que eso permitió sumarlos (al trío actoral) al desafío de que estuviera vivo en el set, de hacer un trabajo súper cercano con ellos”. Empoderados por el realizador, los intérpretes se sintieron facultados para decirle si a un diálogo o a un parlamento les faltaba algo para resultar natural. Para “sonar bien”.

Es un tipo de registro que le fue satisfactorio al realizador chileno y que le pareció interesante de practicar con intérpretes a quienes vemos “en un registro al que no estamos tan acostumbrados. Estamos más acostumbrados a ese cine de trazo cerrado, donde todo está muy delineado y hay menos espacio para que la humanidad del actor se cuele y contamine al personaje, que es lo que me interesa”, señala.

¿Hubo en esta producción espacio para que se colara la incertidumbre?

Sí, mucho. El guión es el guión y contamos la historia que estaba escrita, pero la moral del rodaje fue bastante exploratoria: necesito contar con que los actores confíen en que los voy a cuidar. Y en ese sentido, fueron súper generosos y se lanzaron al precipicio. En el set hubo espacio para probar, para perderse.

Conectar con lo distinto

Pensando en lo acopladas con su tiempo que resultan Gloria y Una mujer…, Desobediencia podría resultar un poco más fechada. De cuando hacían nata las películas sobre corazones transgresores que se ven domados por la moral de una tribu… u obligados a tomar definiciones. En este caso, están los de Ronit y Esti, dos mujeres que se desearon y se amaron al punto que la primera, hija de un importante rabino, huyó a Nueva York ante la imposibilidad de ser feliz, mientras la segunda se casó con un viejo conocido de ambas, que ahora se alza como líder religioso.

La idea de la película -y del “encargo”- corrieron por cuenta de Weisz, productora del filme. La protagonista de Ágora y El jardinero fiel fue para Lelio “una de las razones por las que dije que sí: me parece una actriz poderosísima. Pasa, en general, que uno llama al actor cuatro meses antes de filmar, lo ve dos meses después y luego te lo encuentras en rodaje. Aquí fue un proceso de dos años, en el que Rachel leía los guiones, y eso nos permitió conocernos. Cuando ya llegamos a filmar, había una relación de confianza basada en el tiempo”.

La invitación fue a escribir y dirigir, aclara Lelio a continuación, por parte de personas y productoras “que se caracterizan por respetar la decisión del director (FilmNation y Film4). Y Rachel me dijo, ‘voy a ser productora, pero, cuando filmemos, voy a ser actriz’”.

Lo siguiente fue caminar por un territorio desconocido sin que eso, en su caso, fuese una completa novedad: “No soy una señora de 58 que se va de fiesta, ni tampoco una chica transgénero, ni una mujer judía ortodoxa de Londres. La visita al territorio ajeno es un ejercicio que yo venía aceitando. Aquí fue un poco ‘al cubo’, eso sí, con muchas más capas de complejidad, pero entendiendo el cine como una posibilidad de conectar con lo que es distinto de ti y de ver qué puntos en común hay con esos mundos”.

Destaca también el guionista y director la importancia de capturar la textura cultural de la comunidad que retrata. Un colectivo en que “desde la manera de poner la mesa hasta el uso de un sombrero están normados y cargados de una tradición de miles de años. Tuvimos consultores durante la escritura, la preproducción y el rodaje. Quería capturar bien eso, para después olvidarlo”.

¿Siente que pensaron en Ud. como en un cineasta de la mujer o del tabú?

Creo que estoy pasando por una etapa en la que mi identidad como cineasta está vinculada a la capacidad de hacer retratos femeninos complejos. Me encanta dirigir a las mujeres y me encantan las actrices. Pero creo que lo que les interesó, cuando vieron Gloria, fue un personaje retratado en todo su espectro emocional. Eso, y el hecho de entender como un valor mi condición de extranjero terminal: dijeron, “este tipo puede hacer algo que a lo mejor un director británico, por cercanía y proximidad, no podría”.

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