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Culto
Chet Baker, a 30 años de la caída

Chet Baker, a 30 años de la caída

El trigésimo aniversario de la muerte del trompetista y cantante matizan el encandilamiento ante su leyenda. El músico fue un seductor y un traidor, un talento vibrante pero descuidado, coinciden al fin cercanos y biógrafos, que invitan a escucharlo en su conmovedora fragilidad.

Ex esposas y amantes constituyen siempre buenas fuentes para investigar a un hombre importante, enseña el tópico periodístico, y el consejo se aplica en el caso de Chet Baker desde un lado que supera la frivolidad anecdótica. Más que acompañarlo, al trompetista se le padecía, coinciden las entrevistadas para el documental Let’s get lost (1988), feroz claroscuro de talento y angustia narcótica que el fotógrafo Bruce Weber filmó con excepcional cercanía durante los dos últimos años de vida del jazzista, fallecido hace exactas tres décadas en Amsterdam.

Volátil, arrogante, manipulador; a la vez, magnético y encantador: “… nos tomó 20 segundos quedar enganchados”, recuerda allí la cantante Ruth Young, compañera por 10 años de Baker, y quien en la cinta describe a la relación entre ambos como un precio caro de pagar. “Amor y fascinación, de eso se trata. Estaba la mística pero no necesariamente la realidad. Y te toma un largo tiempo darte cuenta y separarlas”.

iente en Born to be blue (2015), biopic que instaló a Ethan Hawke como encarnación del músico nacido en Oklahoma (EEUU) en 1929, que hace un mes es recordado por reediciones de discos y libros, conciertos de tributo y sinfín de artículos en medios. Jane es allí una actriz hermosa y atenta -su personaje ficticio sintetiza anécdotas reales de varias mujeres-, que pone en pausa sus sueños para asistir a quien no deja de cruzar la línea entre galán cautivador y paciente ingrato; deslumbrante junto a su trompeta y desvalido en los infaltables turnos (diarios) de heroína.

“¿Por qué necesitas las drogas?”, le pregunta ella al Baker de Hawke. “Me da confianza”, es su respuesta.

El lugar común del perdedor hermoso -todo aquello de “el James Dean del jazz”- al fin se revisa en un aniversario fúnebre sin hagiografías. El testimonio amargo de quienes fueron quedando de lado durante el ascenso de su leyenda es hoy tan constitutivo del estilo de Chet Baker como su canto suave y el soplido tranquilo -cool- de sus labios sobre la boquilla metálica. Está también su fotogenia joven, cómo negarlo; porque su recuerdo es también el de los pasmosos retratos en blanco y negro que le hizo William Claxton.

Músico ambicioso, en un principio a su historia musical la definió la ansiedad por quedar a la altura de los megatrompetistas de su tiempo, aunque se juega a perder si se nace cerca de Miles Davis, Clifford Brown y Dizzy Gillespie. Eso sí: ninguno de ellos cantó My funny valentine ni Almost blue como el trompetista rubio.

Al poco andar, su impronta era la de un jazzista cuya ruina recordaba la fragilidad del talento, desperdiciado en su caso demasiado rápida y dolorosamente entre droga y golpes, festivales y arrestos, giras y deportaciones; y al centro una discografía aún asombrosa: “¿Cómo se atreven a decir que podría haber hecho más? ¿Alguno de ellos ha grabado cien discos?”. Al fin, el cierre de una muerte extraña, el 13 de mayo de 1988. Al cuerpo inerte encontrado sobre la acera de un barrio yonqui, la policía de Amsterdam lo ingresó en la morgue como N.N., clasificando el deceso como caída accidental desde la ventana de un hotel. Su principal biógrafo, sin embargo (ver recuadro), está convencido de que se trató de un suicidio. No hubo más de 35 personas en su funeral.

Hay registro en YouTube de la bendita cita entre Baker, Elvis Costello y Van Morrison en el escenario del club de jazz londinense Ronnie Scott’s, en 1986. Es una secuencia de música y entrevista, en la que al trompetista -su cuerpo parece cargar 10 años más que los 57 en registro- en un momento le preguntan por qué no escribe su autobiografía.

“Sí, sí, lo empecé a hacer -responde-. Y paré. Porque pensé: da igual, de todas formas, no se lo van a creer”.

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