Culto
S.J. Perelman, el escritor favorito de Woody Allen

S.J. Perelman, el escritor favorito de Woody Allen

Editan en español una antología del autor también admirado por Philip Roth, Kurt Vonnegut y los hermanos Marx que, tras su muerte, cayó en el olvido. El libro Perelmanía, que en los próximos días llega a Chile, reúne 40 de sus delirantes relatos publicados en The New Yorker.

Dicen que el primero en perfilar el humor judío como una categoría aparte fue Sigmund Freud en El chiste y su relación con el inconsciente (1905), un ensayo en el que definió la autocrítica como el núcleo de la comicidad de su propio pueblo, capaz de burlarse hasta el delirio de sí mismo y de sacar carcajadas a costa de sus rasgos menos halagadores. Sea como sea, la literatura, el cine y la televisión han engendrados varios ejemplos que apoyan esa tesis freudiana, y ahí están Dorothy Parker, Philip Roth, Woody Allen o los hermanos Marx para reafirmarlo. La mención de esos nombres no es al azar: además del origen judío en común, todos comparten devoción por Sidney Joseph “S.J.” Perelman (1904-1979), uno de los escritores satíricos estadounidenses más admirados y, paradojalmente, más olvidados del siglo XX.

Suena a trama de Woody Allen, y por lo mismo, nadie mejor que él para introducir a este ilustre desconocido: “De entre todos los autores cómicos con los que he trabajado o hablado a lo largo de los años, Perelman siempre ha sido el más icónico y reverenciado, el más genial e imitado, y el más desalentador para todo aspirante a estilista de prosa cómica. Para muchos de quienes empezamos hace ya unos años, su elegante voz era tan abrumadora que resultaba imposible no escribir como él”, apunta el cineasta en el prólogo de Perelmanía (Editorial Contra), la primera traducción al español de la obra de S.J. Perelman, que llega la segunda quincena de mayo a Chile.

Si sus escritos demoraron tanto en ser publicados en castellano, fue en parte por lo casi imposible de la tarea, ya que escribía con una meticulosidad quirúrgica: su prosa barroca y su “estrambótica flora gramatical”, como la llamaba él mismo, era el resultado de jornadas maratónicas que daban como fruto apenas mil palabras por semana. Lo curioso es que a pesar de que escribía como promedio 37 versiones de un texto, fue muy prolífico: publicó una novela, 23 colecciones de cuentos, ocho obras de teatro, once guiones para el cine, unos cuatro para la televisión y unos 560 relatos breves, 278 de los cuales fueron publicados en la revista The New Yorker. De ellos, unos 40 fueron seleccionados para la antología española.

“Ningún escritor actual iguala a Perelman en talento cómico, delirante inventiva, erudita habilidad narrativa y deslumbrantes y originales diálogos”, asegura Allen en Perelmanía, cuyo traductor, David Paradela López, sufrió las penas del infierno para no traicionar su estilo salpicado de expresiones en yidish, verborrea de escasa puntuación, argot desatado, juegos de palabras y digresiones delirantes. “Perelman es Allen a la enésima potencia (…) Sus relatos tienen títulos demenciales y emplea un vocabulario que me obligará a saquear todos los diccionarios que tengo en casa “, contó Paradela en una crónica publicada en la revista Contexto.

A pesar de tener un lugar fijo en el New Yorker durante gran parte de su vida, la verdadera fama del autor llegó cuando Groucho Marx lo descubrió -”desde el momento en que tomé tu libro hasta que lo dejé, convulsioné de la risa. Algún día pretendo leerlo”, le escribió en una nota- y le pidió que creara junto al escritor Will B. Johnstone un guión para él. El proceso fue un desastre que duró cinco meses; Marx, contrariado, quiso despedirlo, pero Perelman y su socio lograron dar con la versión que hizo feliz a Groucho. Así nació Monkey Business (1931), la primera película de los Hermanos Marx en Hollywood y un éxito de taquilla que vino seguido de Plumas de caballo (1932), otro clásico de la troupe de cómicos. Perelman llegó al cine, y en 1956, ganó un Oscar por el guión adaptado de La vuelta al mundo en 80 días, con Shirley MacLaine, Cantinflas y cameos de estrellas como Marlene Dietrich y Sinatra.

Al igual que Woody Allen -quien, dicho sea de paso, tiene un parecido físico impresionante con Perelman-, el escritor era alérgico a las premiaciones y no fue a buscar su Oscar, y aunque en el papel era una bomba de risas, en la vida real era un tipo difícil, tanto, quizás, como Groucho Marx, con quien tenía una relación de amor y odio, como se aprende en el relato Yo siempre te llamaré schnorrer, mi explorador africano, incluido en la antología. “Hice dos películas para los Hermanos Marx, que en cierto modo es lo más admirable que he hecho en mi vida, porque todo aquel que ha trabajado alguna vez en una película de los Marx te dirá que prefiere ser encadenado al remo de una galera y flagelado a intervalos de diez minutos hasta chorrear sangre que volver a trabajar con esos hijos de puta”, dijo alguna vez.

En Perelmanía, los textos del autor están compilados en orden cronológico desde 1938 a 1976, lo que permite vislumbrar su evolución y obsesiones. Una buena parte de su narrativa, que discurre entre sátira social, digresiones delirantes y chistes ácidos, nace de publicidades que vio en el diario, de noticias absurdas que leyó -como un tipo que fue al dentista y escapó del suplicio tirándose por la ventana-, de asuntos domésticos o de lo que llamara su atención, como la idea de Roberto Rossellini de filmar una película sin guión (Alemania, año cero), algo que lo inspiró a escribir “No me traigan Oscars (que lo que necesito son zapatos)”, donde narra su ridículo intento de hacer lo mismo filmando a su familia.

En 1978, recibió la medalla especial al mérito del National Book Award por su aporte a la literatura norteamericana, y a esas alturas -a pesar de que la venta de sus libros nunca fue muy exitosa-, ya era un autor consagrado entre sus colegas, que además de su humor admiraban su escritura. “No se me ocurre ningún escritor de humor que tuviera un vocabulario más rico e ingenioso”, dijo John Updike, mientras que Kurt Vonnegut lo tildó de “maestro del lenguaje”. Tom Wolfe lo llamó el “escritor más chistoso de EEUU”, y Allen, su discípulo ilustre, y a quien conoció poco antes de morir, lo proclamó el “ser humano más gracioso del mundo”.

Sobre el autor: