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Culto
Siri Hustvedt, escritora estadounidense: “Nuestro Presidente es un mentiroso patológico”

Siri Hustvedt, escritora estadounidense: “Nuestro Presidente es un mentiroso patológico”

Desde Berlín, la autora habla de Los ojos vendados, su primera novela, recién traducida al español. Recuerda su visita a Chile, se refiere a la distancia entre la élite intelectual liberal y el ciudadano del interior de EEUU, y al movimiento #MeToo.

Iris Vegan llega a Nueva York con la intención de cursar un doctorado en la Universidad de Columbia. Pero de a poco la ciudad la absorbe: pasa por una crisis económica, conoce hermosos y neuróticos personajes neoyorquinos, comienza a vestirse de hombre, trabaja para un profesor experto en literatura alemana (quien le pide traducir una novela sobre un extraño chico llamado Klaus), flirtea con el underground artístico, alternativo y marginal, y de a poco su vida se fragmenta en diferentes y hasta contradictorias personalidades. En Los ojos vendados, la primera novela de la autora Siri Hustvedt publicada en 1992 y reeditada por Seix Barral, tanto su protagonista como la autora comparten muchas cosas. Entre ellas, el haberse mudado a Nueva York desde una pequeña ciudad en el estado de Minnesota.

“Aunque Los ojos vendados invierte mi nombre para dárselo a su heroína, Iris, y también usé una antigua dirección en el libro, ningún evento es tomado directamente de mi propia vida, con la excepción del capítulo que sucede en el hospital”, dice Hustvedt (1955) desde Berlín, un poco antes de dar una conferencia magistral en un congreso de medicina. “Estuve hospitalizada por migraña y usé algunas de mis propias experiencias en la sala de neurología para esa sección de la novela. Pero más allá de eso, nada”.

Autora de más 13 libros, en 2014 visitó Chile -junto a su esposo, Paul Auster, y al premio Nobel sudafricano J.M. Coetzee- para dar una charla en el ciclo La Ciudad y Las Palabras, de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la UC. En su tiempo libre hizo lo mismo que suele hacer en Nueva York: caminó por Santiago, observó el ritmo de la ciudad y visitó un par de museos, entre ellos el Precolombino, que aún recuerda, según cuenta a La Tercera. “Me impresionó su inmensa colección y recuerdo vívidamente las momias, los quipús y las cerámicas. Me cautivó especialmente una pequeña y hermosa escultura de una mujer dando a luz”. De igual forma, se reunió con la entonces Presidenta Michelle Bachelet, a quien ya conocía de cuando esta última trabajaba en Naciones Unidas. “En 2012, Bachelet recibió el Lifetime Achievement Award de la Fundación Internacional Gabarrón y yo, un premio en el área de pensamiento y humanidades. Hablamos en el evento y la encontré extremadamente inteligente, cálida, curiosa y llena de humor”, recuerda. “Cuando nos volvimos a encontrar en Chile, mi admiración por ella creció todavía más. Tuvimos una animada discusión sobre medicina”.

Más que una novela, este parece un libro de cuentos conectados por una misma narradora y su asombro frente a una ciudad absorbente y frenética. ¿Qué recuerda sobre la escritura de Los ojos vendados?

Sí, es cierto que comenzó como un cuento, pero antes de que terminara el texto que se convirtió en la primera parte de la novela, sabía que no había terminado del todo con el narrador y que escribiría una historia entrelazada con el mismo personaje. Lo pensé como un collage temporal: cada pieza puede sostenerse por sí sola, pero a la vez encaja adentro y alrededor de las otras tres. La intención que me impulsó, de principio a fin, fue crear una sensación de extrañeza: lo que Freud describió en su famoso ensayo sobre el unheimlich o “lo siniestro”

Iris es una veinteañera que procesa su arribo a Nueva York en lo que parece ser una experiencia similar a la suya. ¿Siente que se reinventó al mudarse a esta ciudad? De igual forma, ¿se creó un personaje apócrifo (como lo hace Iris) para perderse y recorrer Nueva York?

Nunca me creé un alter ego masculino llamado Klaus, ni tampoco deambulé por Nueva York vestida de hombre. El libro no trata acerca de “procesar” mis primeros pasos en la vida urbana de Nueva York, sino que es una compleja meditación feminista sobre una mujer sola en una ciudad. El traje que Iris usa es una forma de armadura, una traducción que la lleva a convertirse en otro ser humano: ese brutal muchacho Klaus de la novela alemana que le toca traducir.

Se comenta que actualmente hay dos Estados Unidos: el de la costa este y oeste, donde viven las élites intelectuales y liberales, y por otro lado todos esos vastos y grandes estados situados al medio, de mayoría conservadora. Puede que sea una caricatura, pero, ¿cuál es su opinión sobre esta idea y cómo, desde Nueva York, reflexiona sobre la otra parte del país: esa que supuestamente empoderó a Trump?

Sí, puede ser una caricatura, pero creo que contiene algo de verdad. He escrito bastante sobre este tema para varias publicaciones. Estados Unidos nunca ha superado el horror de la Guerra Civil: la esclavitud y sus secuelas, Jim Crow, y ahora la encarcelación masiva de hombres negros. A medida que la demografía del país ha cambiado, los blancos, especialmente los blancos sin educación universitaria, han percibido una pérdida del predominio de su ascendiente cultural. Voy a decir “percibido” porque los blancos no sufren un odio racial. Además, el hecho de que las mujeres hayan comenzado a ingresar en campos anteriormente reservados exclusivamente para hombres ha creado una postura defensiva entre muchos. Trump tuvo éxito con esta gente porque sus consignas fanfarronas, jactanciosas y vengativas respondieron a sus necesidades de búsqueda de chivos expiatorios: ¡Hay que construir un muro! ¡Encierren a Hillary! Pero el racismo, la misoginia y la xenofobia no se pueden defender. Después de las elecciones muchos se apresuraron en disculpar a esos pobres y sufridos blancos que votaron por Trump.

¿Cómo es posible que los escritores e intelectuales se acerquen a esa parte de Estados Unidos sin juzgarlos al instante?

Hay una supuesta preocupación de que las élites han ignorado a esas personas “reales” y ordinarias que viven allá en las llanuras. Y sin embargo, muchas personas que ganan más de 250 mil dólares al año votaron tanto por Trump como por Clinton. No hay duda de que los efectos de la globalización y la pérdida de empleos afectaron a algunos de esos votantes, pero de ninguna manera a todos. Como sostiene Cas Mudde, especialista en populismo de derecha: “Tenemos que recordar que los hombres blancos y enojados no son ‘la gente’”. Yo estaba en Washington para la marcha de las mujeres y ni un solo periodista se refirió a nosotros como “la gente”.

Los personajes de Los ojos vendados se sienten a gusto en esa porosa frontera que divide a la ficción de la realidad. ¿Qué le parece que sucede hoy con conceptos como verdad y falsedad, y con el límite entre ambos?

La relación entre un hecho y una historia siempre ha estado con nosotros, y estos no son necesariamente contrarios. Todos los hechos deben interpretarse, y esas interpretaciones a menudo toman la forma de una historia. La verdad nunca es una torre de hechos irrefutables, así como el lenguaje es resbaladizo y puede usarse para manipular a otros. Por eso los hechos también se pueden usar para disfrazar una verdad. Y no olvidemos que la retórica es sobre la persuasión; apelar al pathos, a las emociones humanas, siempre ha sido parte del juego retórico. La meta puede ser alcanzar un alto propósito colectivo o instaurar miedo y odio. La gente, en su mayoría, cree lo que quiere creer. Usar grandes mentiras no es nuevo. Hitler usó esta táctica y llegó lejos. El error es pensar que las personas serán desalojadas de sus creencias por medio de un discurso racional y hechos duros. Nuestro presidente es un mentiroso patológico, y el hecho de verificarlo no ha convencido a sus seguidores de que abandonen su causa. Su posición, fundamentalmente paranoica, les permite interpretar la realidad según sus términos.

Ha escrito ensayos sobre el erotismo y la sexualidad. ¿Cree que estos, en la era de #MeToo, pasan por un cambio?

El mensaje esencial de #MeToo es este: soy dueña de mi cuerpo, sea cual sea su género. Pero tú no lo eres. De hecho, no tienes derecho sobre mi cuerpo a menos que decida dártelo. Y si te entrego mi cuerpo, lo hago libremente, no porque me hayan obligado. Me parece que la libertad es esencial para el placer erótico. Por eso, quizá la pregunta deba reformularse. ¿Qué significa cuando algunos argumentan que el placer sexual se reduce a si a una de sus partes se le prohíbe emplear tácticas de intimidación, soborno o violencia?

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