Culto
Claudia Donoso: arte y caos

Claudia Donoso: arte y caos

De regreso tras vivir 10 años en Catapilco, la escritora y artista visual reúne sus collages en Mesopotamia, muestra que hasta el jueves 26 se exhibe en la Galería D21. En esta entrevista se detiene en el legado literario y familiar de su tío, José Donoso, y del quiebre con la fotógrafa Paz Errázuriz: “Hubo una ruptura muy decidida de mi parte”.

“No soporto a esos monstruitos”, señala con el dedo antes de cerrar la ventana. Afuera del departamento que arrienda en Providencia desde noviembre pasado, un grupo de niños juega con una pelota, pero para Claudia Donoso (1955) no es más que una molestia. A su regreso de Catapilco, donde partió a vivir en 2007, tras renunciar al periodismo, la escritora y artista chilena se la ha pasado recortando cabezas de animales, piernas, brazos y texturas que extrae de revistas y enciclopedias en el taller que levantó en su living, y que no luce como tal. “Hay algo forzado en estas habitaciones, no son lo que son. En realidad, aquí nada es lo que parece, ni el silencio”, advierte, mientras enciende el primero de varios cigarrillos.

En los 80 se dio a conocer como reportera gráfica, y años después por sus entrevistas a escritores chilenos -como Stella Díaz Varín y Enrique Lihn, entre otros- en las revistas Hoy, Apsi, Cosas y Paula, de la que salió en 2007. Pero Donoso se despojó de todos esos libros y lecturas, dice. “Me da flojera leer. Siempre he sido floja, pero como decía Adolfo Couve, por lejos el mejor entrevistado que tuve: ‘Artista pajareando, artista trabajando’”, dice frente a una serie de collages a los que comenzó a echar mano en 2009, durante su autoexilio en la V Región. Al menos 60 de esos trabajos componen Mesopotamia, muestra que hasta el jueves 26 expone en Galería D21.

Seres antropomorfos, escenas que parecen sacadas de una pesadilla y otras que remiten a Goya, el título, explica, “alude a un mundo remoto y situado en otro momento. En la adolescencia me tocó viajar mucho junto a mi papá, quien fue médico de la Organización Mundial de la Salud y el gran amor de mi vida”, cuenta. “En 1969 recorrimos Irak, Irán, Siria, la costa turca y varios otros lugares, y mucho de eso lo llevo aún conmigo”, agrega.


El gen Donoso

De pocos amigos, “cada vez menos”, confiesa -entre ellos el poeta Bruno Vidal-, Claudia Donoso evita los tumultos y hacer vida social. “Estoy medio agorafóbica, y tengo dos hijos grandes que no deben verme como a una madre por todos estos rollos míos. La vida que llevo se parece un poco a la muerte, pero he logrado soportarme. Cuando me meto a la cama no me preocupo de si se me echará la yegua una semana, un mes o un año, como me pasó en Catapilco, porque sé que voy a despertar”, señala.

Varias noches se ha desvelado con la serie española Merli (Netflix), en la que un profesor de filosofía estimula a sus alumnos a pensar libremente y mediante métodos “poco ortodoxos”. Al igual que ese personaje, “yo no tengo control de mí. No soy lo que los filósofos griegos llamaban ‘prudente’, sino que me dejo llevar por el impulso emocional y cueste lo que cueste”, dice.


– ¿Será una cuestión familiar?

– Mi familia tiene largo prontuario relacionado a los libros, pero también con la disfuncionalidad y la falta de genio, como Juan Emar, que se casó con una hermana de mi abuela. Mi familia no hizo plata, pero sí tenía acceso a la educación y con mucha preocupación por eso. Yo crecí en la casa de mis abuelos paternos, sin mis padres, y de ahí vino toda esa herencia paterna sobre todo de mi tío Pepe (José Donoso, autor de El lugar sin límites).

– ¿Cómo analiza hoy Ud. la figura de su tío, como hombre y escritor?

– Fuimos muy cercanos. Me tenía señalada como su biógrafa, pero él mismo quería escribir el guión de su vida. Era así no más, un ser que encontraba que la vida era un albur y que estaba amenazada por todas las pestes, pero la gozaba también. Y no era sombrío. Yo creo que, por su propio tormento y complejidad, mi tío Pepe se convirtió en pura literatura. No hay división entre la realidad y lo que escribía. Por eso la Pilar (su hija adoptiva, y quien se suicidó en 2011) creó esa personalidad apegada a la novelería y he ahí el gran drama. La tragedia. Y lo cierto es que no sé si su libro (Correr el tupido velo, 2009) se lea como la novela de una pobre niñita que tuvo que soportar tanto, o como otra cosa. No sé.

– ¿Cómo lo leyó Ud.?

– (Silencio) Es que mi familia es así, feroz. He vivido toda la vida en unos valores que son extremos, pero lo que importa siempre es la verdad, y sin moralinas. Ahora, lo que yo no perdono, porque me parece lamentable, es que la Pilar no haya desenganchado nunca de mi tío Pepe y que haya hecho su vida como un personaje triste de una de sus novelas. Ella apoyó su vida en el fenómeno literario de José Donoso y nunca intentó zafar de él. Esa es la tragedia de los hijos de. ¿Cómo es que se llama el hijo de Nicanor Parra, Barraco? A algunos, como a él, les baja la histeria con estos seres constituidos, pero yo tuve siempre mucha conciencia de eso.

– Dejó de leer, ¿sigue escribiendo?

– Sí, nunca he dejado de hacerlo, pero ya no textos periodísticos. Era tortuoso juntar una palabra con otra y podía tardar hasta tres meses en despachar una crónica. Fue igual con Insectario amoroso (su libro publicado en 2004 y reeditado por la UDP en 2015), que tardé 10 años en escribir, solo que ahí no había apuro. Además, yo ya venía con este delirio de soledad afectiva, cero bencina en ese punto, además de que me convertí en bebedora excesiva. Por eso me fui en 2009, y siempre quiero huir de nuevo. También sentía que mis textos eran poco valorados en la revista y me costó entender que tenía que ver más con el estado actual del periodismo chileno que conmigo. Aquí se está lejos de ser el New Yorker, ¿no? No hay pluma ni ambición.

– ¿Cómo llegó al collage?

– En mi escritura siempre hubo imágenes, y el collage está hecho de fragmentos de ellas, solo que esto es puro divertimento y gozo. Me costó mostrarlos, y lo hice solo porque necesito la plata, si no no lo habría hecho. Hay tantos prejuicios.

– ¿Los ha sentido con su trabajo?

– Nunca nadie quiso mostrar mis cosas, pero como realmente estaba corta, invité a Sergio Parra (poeta, librero y ex galerista de Metales Pesados) a ver mis collages en un intento por meter los dedos al enchufe. A Parra lo conozco desde hace años y siempre nos hemos llevado muy bien, pero yo sabía que mis cosas no iban con su línea. Cuento corto: ese día nos reímos mucho los dos y, aunque respeto su criterio, no miró nada de lo que había. Solo dijo que yo tenía un imaginario burgués y que tenía que romper con mis cosas, tensarlas, ensuciarlas. Yo me enchuché porque sabía que había otras razones.

– ¿A qué se refiere?

– Ocurre que él le es muy leal a la Paz Errázuriz (fotógrafa, Premio Nacional de Arte y junto a quien Donoso publicó el libro La manzana de Adán en 1990), que fue bien yunta mía. Demasiado yunta, y por varios años, pero ahí hubo una ruptura muy decidida de mi parte.

– ¿Hace cuánto que no se hablan?

– Años. Un día le mandé un mail larguísimo, diciéndole todo lo que sentía. Yo creo que nadie antes la había tratado así, pero mira, por lo que haya sido, yo nunca tomé la creatividad en mis manos, siempre necesité que alguien me acompañara. Yo quise a la Paz a mares, pero ella estaba muy metida en la autogestión y con estrategias claras para instalarse en algo que finalmente logró. Y yo respeto eso y valoro su trabajo, pero no soy así. Había naturalezas muy distintas, y me cayó tarde la teja de que había una instrumentalización de las personas de su parte. Encima, yo ya tenía una depresión y ella dijo que conmigo no se podía contar. Después se juntó con la Diamela (Eltit), que es lejos mejor que yo. En fin, que me perdone si sintió el golpe, pero yo no me habría perdonado nunca el silencio.

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