Culto
La poderosa vida de Gabriel Parra

La poderosa vida de Gabriel Parra

A 30 años de la trágica muerte del mejor baterista en la historia del rock chileno, sus familiares cuentan cómo hasta hoy los sigue golpeando el primer gran adiós que remeció a Los Jaivas.

Hay tardes en que María Eugenia Correa, viuda de Gabriel Parra y madre de su única hija, Juanita, se asoma junto a ella por el balcón de su departamento en Santiago Centro para mirar hacia otro edificio situado dos cuadras al sur, donde su ex cuñado, Claudio Parra, aparece a lo lejos para saludarla. Por sus problemas a la vista y por un reciente deterioro de su memoria, Correa, hoy de 86 años, no lo distingue demasiado, aunque su hija le cuenta que aquel hombre que se mueve a la distancia es uno de los hermanos de Gabriel con el que ambas han vivido algunos de los capítulos más extraordinarios de sus existencias.

En ese fugaz intercambio de señas en las alturas se unen hoy los tres vértices que explican la huella de Gabriel Parra. La mujer que encarnó el amor de su vida. Uno de los hermanos con los que impulsó la institución más señera de la música chilena. Y la hija que se hizo cargo de su vacío tras la batería.

La propia Juanita Parra describe la escena citadina sentada en la oficina de Los Jaivas en Ñuñoa, para minutos después sacar un tablet que preserva un tesoro: el audio de la última entrevista que dio su padre, el 9 de abril de 1988 en el Teatro Teletón, cuando después de un show se fue a sentar junto a su hija en las escaleras que conducen hacia los camarines para descifrar el destino inmediato del conjunto: “Si tuviera que nacer de nuevo, indudablemente que no tendría ninguna duda en volver a hacer exactamente lo mismo y en hacerlo mejor aún. Y con muchas ganas de realizarlo, de recorrerlo, de descubrir ese misterio que está detrás de cada curva, descubrir qué es lo que es el futuro, qué nos depara más adelante”, se explaya en el registro.


Juanita Parra junto a sus padres, María Eugenia y Gabriel.

Parte de esa frase estará inscrita hoy en las tarjetas de recuerdo que la instrumentista prepara para la ceremonia íntima con que conmemorarán los 30 años de la muerte de su progenitor y su maestro. El 15 de abril de 1988, el baterista más virtuoso e inventivo en la historia del rock local falleció tras chocar en un automóvil en la ruta que une Lima con Nazca -hasta donde se dirigía para organizar una presentación-, justo en un peligroso ángulo bautizado como “la curva del diablo”. Esa maldita curva que pareció intuir seis días antes en esa entrevista bajo el escenario.

“Él era súper chamánico, sobre todo para decir algo así a pocos días de que realmente pasara. En alguna parte, él estaba conectado con lo que venía. Desde que murió, yo me he podido explicar por qué era como era, tan acelerado, de hacer tantas cosas a la vez, algo en él le hacía sentir ‘oye, tienes muy poco tiempo para todo esto’. Hace un tiempo veía en History Channel el programa Alienígenas ancestrales y empezaron a hablar de Nazca como un portal para el más allá. Por eso él estaba allí, por eso fue hasta ese lugar, porque tenía un significado poderoso. Al final, tenía que ir a morir allá”, dice Juanita Parra.


Gabriel Parra junto a su Ludwig Octaplus en las alturas de Machu Picchu.

Pero ese sitio de naturaleza mágica también estuvo bloqueado por años. “Tuve por mucho tiempo la sensación de que odiaba a Perú. Una lástima. En los 90 me reconcilié y fuimos con mi mamá, a perdonar, a aceptar que en ese país mi papá había desaparecido. No me dejaron ir a Nazca, donde quería hacer un animita, porque un amigo me dijo que el sitio era muy peligroso, ‘para qué vamos a dejar que también nos pase algo a nosotros’, me repetía. A cambio hicimos un viaje a Machu Picchu y sentí a mi papá súper presente. Fue una manera de reconciliarme con el país que me había arrebatado, que me había robado a mi papá, y me había hecho pasar lo peor que me ha sucedido en toda la vida”.

Ese recital en el Teletón, el último que tuvo a Gabriel sentado tras su colosal batería Ludwig Octaplus de 12 tambores, opera como pivote en la memoria de Los Jaivas. Dos días después de ese fatídico 15 de abril, Claudio Parra caminaba hacia su casa en Valparaíso aún sin enterarse del trance que en cuestión de minutos cambiaría para siempre la historia de la banda.

“Los medios de comunicación no tenían la inmediatez de ahora”, precisa. De pronto, empieza a escuchar en la lejanía el audio de ese concierto, el que habían autorizado a la radio Tiempo a grabar, pero no a emitir en un lapso inmediato. Por eso se fue acercando cada vez más para resolver de qué se trataba, hasta que alguien de su propia familia lo ataja para informarle de la tragedia: en rigor, lo que estaba sonando por la radio, y sin que el músico lo supiera, era un especial en homenaje a la poderosa muerte del baterista.

“Uno no sabe qué hacer en esos casos. Hay mucho desamparo y tantas preguntas. Días después volví a Santiago y me puse a caminar como errando, pasé por fuera del Teatro Caupolicán, y miraba ese lugar que tantas cosas nos había dado y pensaba qué iba a ser ahora del futuro”, rememora el pianista.

El hermano mayor del clan, Eduardo Parra, se enteró en Santiago, cuando una amiga le advirtió que por televisión estaban difundiendo la noticia. Ahí, por primera vez se enfrentó a la aplastante sensación que siempre conlleva lo irreparable: “Era un momento profundamente desconocido e impensable. Nunca, hasta ese instante, se nos había ocurrido pensar en la muerte de alguno de nosotros”.


Padre e hija: Gabriel y Juanita en una unión a prueba de ausencias.

Músculo y pensamiento

Hasta ese año, Los Jaivas ya acumulaban un cuarto de siglo como un grupo único en Latinoamérica. Parte importante de ese trayecto lo habían levantado en Argentina y Francia, hasta donde llegaron tras abandonar el país en 1973. En 1985, otro rastro de identidad en el historial de la agrupación, la vida errante en comunidad que juntó a familias completas, que hizo que Juanita Parra considerara casi hermanos de sangre a los hijos de los otros integrantes de la banda, llegaba a su fin. En París, Eduardo Alquinta, Mario Mutis y los hermanos Parra se disgregaron para buscar cada uno su propio refugio.

Gabriel fue el único que se fue a una casa. Y ese espacio más holgado apareció como inversamente proporcional al retorno a su núcleo más íntimo, representado por su esposa y por una hija quinceañera que ya trabajaba como iluminadora de Los Jaivas y que comenzaba a desentrañar a papá.

“Se me hizo más vacía la vida y la adolescencia con esos cambios. Tenía mucha melancolía por la ausencia de mis primos. Mi padre no era una persona estricta, pero curiosamente en mi paso a ser mujer mi mamá me apoyó de modo incondicional, pero mi papá se enojó, porque su hija estaba dejando de ser niñita. Él se molestó mucho cuando me llevaron al ginecólogo para que tomara pastillas. Es el único conflicto que tuve con él. Siempre fue mucho más permisivo, pero en el tema de la sexualidad era el único punto en que no estaba de acuerdo. En otra oportunidad, me invitó a un show de los Rolling Stones en París y él mismo escribió un justificativo falso, diciendo que yo tenía que ir al doctor, para que ese día pudiera faltar al colegio”, evoca la percusionista.


Gabriel Parra.

El salto hacia la madurez de su hija, la imagen de un Gabriel Parra más prudente ante la sacudida hormonal de la pubertad, sugiere a simple vista un intercambio de roles. En las decenas de imágenes de distintas épocas que su hija distribuye en dos álbumes familiares, y que va repasando mientras se disparan sus recuerdos, el músico casi siempre aparece en estado volcánico, empapado de sudor, con esa facha de Jesucristo en trance perpetuo. A cambio, su mujer, “Quenita” Correa, asoma con una sonrisa reposada y un rostro más apacible.

También hay otro detalle que salta al mirar las antiguas fotografías: la diferencia de edad. Cuando ambos se conocieron, Correa era 16 años mayor, ya bordeaba los 40, venía de una familia conservadora y tenía seis hijos, el más grande casi de la misma edad de su recién conocido pretendiente. Pero se enamoraron perdidamente. A Gabriel le importó tan poco el pasado de Correa que un día llegó con un baúl hasta su casa para informarle que se mudaba a vivir con ella. Ese baúl donde empezó todo aún está en manos de Juanita.

“Gabriel era una persona muy querendona, gustaba mucho de la conversación amena, la que podía sostener con personas de diferentes edades y estratos sociales. No hacía distinciones de ningún tipo”, recuerda Eduardo Parra. Su sobrina acota: “Yo soy fruto de un amor increíble. Mi mamá no podía tener más hijos, porque había parido seis siendo muy chica, incluyendo mellizos. Su cuerpo estaba cansado. Pero nací yo. Aunque costó mucho, su familia no le perdonaba a ella que estuviera con un Parra”.


Gabriel de viaje.

Recién en 1981, cuando Los Jaivas volvieron una temporada a Chile, Juanita pudo conocer a sus abuelos maternos, luego que se negaran a la relación durante más de una década. Uno de ellos era Ulises Correa, símbolo del Partido Radical, quien se convenció de la pareja de su hija cuando vio la popularidad que concitaba el solo nombre del quinteto.

Además del baúl que inauguró la vida en conjunto de sus padres, la baterista recuerda que también guarda un permiso notarial para viajar sola que su padre le entregó en las puertas del hotel Carrera de Santiago, justo antes de partir hacia ese viaje mortal a Perú. Fue la última vez que lo vio. El plan era que Juanita, aún menor de edad, se trasladara en los días siguientes hasta París, donde ambos se reencontrarían. El abrazo de bienvenida, por supuesto, jamás sucedió.

En esa vuelta a su vida en Europa, Gabriel también pretendía juntarse con sus camaradas para seguir trabajando en un nuevo disco que indicaría las nuevas direcciones estilísticas de la banda, vinculadas al pop más moderno a través de sintetizadores y baterías programadas. El percusionista alcanzó a grabar dos temas, “Aguamarina” y “El dormilón imposible”, los que después vieron la luz en el álbum Si tú no estás (1989).

Pero hubo algo más: con su estética de ese instante -sin barba, desprendido de la apariencia hippie y con un pelo corto con terminaciones en punta que lo acercaban al look de los artistas ingleses crecidos en la new wave- el músico anunciaba el ingreso de su banda a la modernidad. Incluso en algunos shows vestía poleras de U2, sinónimo inequívoco de cierto pop de avanzada.


Gabriel en concierto.

Para sus dos hermanos, el fallecido instrumentista estaba muy lejos de ser el mero músculo y arrebato que exudaba en los conciertos. “Gabriel reflexionaba profundamente. Él tuvo que inventar una nueva manera de tocar la batería basada en los ritmos latinoamericanos. Y eso no es puro movimiento, también es pensamiento”, precisa Eduardo. Claudio se suma: “Él se fijó en muchas cosas que el resto no se daba cuenta. Por ejemplo, inscribió el nombre de Los Jaivas como marca, cuando era un asunto muy primario en ese tiempo. También fue a registrar los temas para resguardar nuestro derecho de autor”.

Juanita declara que cada una de esas actitudes aún están presentes a la hora de tomar decisiones. Su ausencia definió su adultez, pero no sólo desde el vacío de la evocación.

“Un día estábamos en una terapia y me di cuenta que mi lado de niñita sigue estando súper activado, buscando ese acurruco de papá. Esa sensación de siempre querer estar cobijada y contenida. Influye en mi hija, que tiene 13 años, pero cuando tenía ocho se me ocurrió preguntarle qué quería ser cuando grande y me dijo: ‘mamá, yo te tengo que reemplazar’. Sentí pena y angustia, le dije que no, que por favor echara a volar de inmediato ese pensamiento. Yo sólo hice algo loquísimo, se dio así, pero con ella no corresponde. Ya se despegó de esa idea. Y menos mal, porque yo toda mi vida he estado con la imagen del maestro insuperable y sintiéndome como su alumna eterna”.


Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.