Culto
El fantasma del rey Leopoldo: el peor rey de la historia

El fantasma del rey Leopoldo: el peor rey de la historia

Leopoldo II, monarca de los belgas, se obsesionó con una colonia en Africa. Montó un imperio en el Congo y articuló uno de los mayores crímenes de la humanidad en pos de llenar sus arcas personales.

La historia de este libro voluminoso y negro por los cuatro costados se concentra en la codicia, perfidia, e infamia de Leopoldo II, rey de los belgas, sobrino del káiser alemán y primo hermano de la reina Victoria de Inglaterra, quien a principios de la década 1880 se obsesionó con la idea de poseer una colonia en Africa, aspiración que de buenas a primeras no le correspondía a un país diminuto como el suyo. Pero el monarca, un tipo decidido e inteligente, se valió de ardides osados, mentiras brutales y de una rapacidad sin límites con tal de conseguir su terruño en el corazón del continente africano, terruño que expolió sin piedad por más de 20 años para beneficio exclusivamente propio. “Si pretendía apoderarse de algo en Africa, sólo podía lograrlo convenciendo previamente a todo el mundo de que su interés era puramente altruista (…) El vizconde de Lesseps, por ejemplo, declaró que los planes de Leopoldo eran ‘la máxima obra humanitaria de su tiempo’”. Aunque hoy en día resulta imposible acceder a la cifra exacta del horror, las estimaciones más serias apuntan a que el emprendimiento de Leopoldo en el Congo dejó a lo menos 10 millones de muertos, número que se hace aún más aterrador si consideramos que los empleados blancos contratados por el rey para trabajar en terreno nunca superaron los 200 individuos.

El fantasma del rey Leopoldo, del historiador Adam Hochschild, también revela la historia de aquellos personajes que ayudaron a desenmascarar y detener la sangrienta y voraz maquinaria del monarca, primero destinada a explotar el marfil y luego el caucho. Figuras como Mark Twain, los pastores afroamericanos George Washington Williams y William Sheppard, el activista inglés H.D. Morel y el patriota irlandés Roger Casement jugaron un rol crucial en la exuberante narrativa de Hochschild a la hora de denunciar las prácticas esclavistas y homicidas de Leopoldo. Pero al juzgar únicamente por los hechos, por los desagradables y escalofriantes hechos, persiste en el lector una impresión que al autor comparte, puesto que el rey, hábil como un demonio, se salió con la suya: murió un año después de haberle vendido el Estado Libre del Congo a Bélgica, en 1909, y entretanto construyó cuanto palacete quiso con los inmensos recursos a su disposición, se desplazó en el yate real por los balnearios más lujosos de Europa y perdió la cabeza por una prostituta de 16 años con la que convivió varios años, consiguiendo así, de paso, desheredar a las hijas que detestaba a favor de una amante que, al año de enviudar, volvió rauda y multimillonaria a los brazos de su antiguo cafiche.

Dos personajes llamativos, claro que de cataduras muy diferentes, cobran trascendencia en el monumental recuento de Hochschild: el escritor Joseph Conrad, que vivió seis meses en el Congo de Leopoldo, y el eminente explorador Henry Morton Stanley, quien pronunció una de las frases más estúpidas y más citadas de la humanidad (los victorianos lo idolatraban): “¿El doctor Livingstone, supongo?”. Sir Richard Burton, el verdadero gran explorador de la época, miraba a Stanley con espanto, pues “dispara contra los negros como si fueran monos”. Stanley puso a disposición de Leopoldo su vasta experiencia africana y se encargó de llevar a cabo las primeras expediciones que, a la larga, consolidarán el reinado del belga. “La codicia de su patrón le hizo rezongar un poco; el rey, se quejaba, tenía la ‘enorme voracidad de tragarse un millón y medio de kilómetros cuadrados con un gaznate por el que no pasaría un arenque’. Pero fue Stanley quien hizo posible aquella deglución”.

Conrad atestiguó el macabro trato que los funcionarios belgas les daban a los nativos y obtuvo todo el material necesario para construir esa novela formidable e inquietante que es El corazón de las tinieblas. Hochschild llega incluso a identificar al más probable inspirador de Kurtz, el siniestro personaje de Conrad. Se trata de un capitán belga de la Force Publique llamado Léon Rom, quien, al igual que Kurtz, tenía por pasatiempo colgar cabezas de africanos en los postes que rodeaban su huerto. Otro autor de la época, Arthur Conan Doyle, calificó la explotación del Congo como “el mayor crimen jamás cometido en la historia del mundo”. Leopoldo, por su parte, jamás puso un pie en su más preciada posesión.

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