Culto
Radiohead da una clase de rock en Santiago

Radiohead da una clase de rock en Santiago

La banda británica superó su debut de hace nueve años en la capital. El Estadio Nacional disfrutó de la categoría de un grupo maduro y a sus anchas repasando lo mejor de su discografía.

La noche es tibia y cargada, el cielo rojizo como de vieja película bíblica. El Estadio Nacional aguarda ansioso. Las luces se apagan y por los altoparlantes comienza ese fondo instrumental de tinte sinfónico titulado “Treefingers”, una especie de pasaje de Kid A (2000), el disco que nos advirtió que Radiohead se estaba despidiendo del rock tradicional y de las eventuales ataduras al mainstream, a la manera de un cohete a la luna hasta atomizarse en una sola unidad decidida a viajar por distintos contornos de la música contemporánea.

Radiohead en vivo se transfigura. A veces es una máquina de dance, otras un artefacto que recurre al jazz y la psicodelia para expresarse. Las guitarras funcionan a ratos como epicentro, otras la batería de Phil Selway reforzada con un percusionista empuja desde el fondo, mientras el bajo de un Colin Greenwood casi escondido dibuja líneas sinuosas.

Thom Yorke, por supuesto, es el rostro. Está más viejo. Su expresión surcado, la mirada asimétrica, los movimientos espasmódicos, la voz intacta, un espectáculo que concentra miradas pero no desborda porque Radiohead, dicho está, encarna una máquina que juega en equipo. Jonny Greenwood es un multiinstrumentista que toca como poseído la guitarra, como también busca delicadamente notas en un teclado o un tierno glockenspiel.

Stop. Rewind. El reloj apenas supera las 21 horas y el piano de “Daydreaming” del último álbum A moon shaped pool (2016) se alza como una enrededadera con voces que vienen y van como espectros. Los violines acechan y crecen hacia el final del tema. El público contempla los movimientos de la banda, como si apenas tocaran sus instrumentos mientras el sonido es nítido y preciso. La pantalla gigante ovalada aún no se activa, las luces solo juegan entre blanco y negro para luego mutar como luciérnagas. Cuando la voz de Yorke hace una pausa la gente aplaude instantáneamente.

En “Ful stop” el fondo del escenario se activa. El líder coge un pequeño teclado. Los bajos zumban, la agente agita su cabeza, y en el Estadio Nacional el público chileno baila con una de las bandas más tristes del planeta. El cielo rojo se ha ido y asoman las estrellas.

Llega “Airbag”. El percusionista extra -Clive Deamer, quien ha colaborado con Portishead- marca el tiempo, el bajo que entra cruzado y perfecto a la vez. La armonía fúnebre de la voz de Thom Yorke es estremecedora mientras Greenwood arranca feedback y se agita sobre la guitarra. “Myxomatosis” corre a dos baterías, las imágenes se tornan hipnóticas y la música coge ritmos psicodélicos. La banda entra en una fase donde demuestra cómo dominan el sonido desde distintos ángulos. A ratos ni Jonny Greenwoood y Ed O’Brien se ocupan de sus guitarras, sino de los efectos moviendo perillas como químicos en laboratorio.

El concierto se expande y estamos ante una clase de rock genuinamente progresivo. No se trata de suites de largos minutos ni acrobacias instrumentales, sino de la construcción de distintos pasajes bajo una técnica de collage sonoro detallista y precisa.

En “Pyramid song”, Radiohead se transformó en una banda de jazz espacial. El público no se resiste y corea a todo pulmón acompañando a Thom Yorke en el piano. La entrada fenomenal de la batería marcando un pulso que viaja en cámara lenta fue sencillamente exquisito. Se acaba el tema y el vocalista se lleva el índice a la boca pidiendo silencio. Ante algunos gritos aislados hace “¡schh!” y la gente obedece. Arranca “Let down”, un clásico en el top tres de las mejores canciones de Ok Computer (1997). La interpretación es sencillamente soberbia, las voces entrelazadas de Yorke y O’Brien en el coro, el estadio siguiendo como uno solo. Definitivamente, uno de los momentos de la noche.

Sigue otro clásico para los nostálgicos de la primera época como “Street spirit (fade out)” de The Bends (1995), y luego Greenwood hace percusiones en “Bloom”. Colin Greenwood, siempre piola, deleitó con las líneas de bajo de “Identikit”, como el estadio nuevamente hizo karaoke hasta llegar a los gritos al turno de “Weird fishes”, ánimo que siguió en “2+2 = 5” con el Nacional completo haciendo palmas.

Hacia el final, en el segundo encore, el público se emociona por enésima instancia esta noche con “Paranoid android”. La tristeza, una vez más, hace bailar a los chilenos.


Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras