Culto
Junot Díaz, su historia más dolorosa

Junot Díaz, su historia más dolorosa

En un ensayo publicado en The New Yorker, el autor de origen dominicano cuenta que fue abusado sexualmente a los ocho años. Y cómo el trauma afectó su vida, y lo condujo a depresiones e intentos de suicidio.

La pregunta lo tomó por sorpresa. Junot Díaz (49) se encontraba firmando libros en Amherst, un pueblo junto al río Connecticut, en Massachusetts. El chico se acercó, hablaron unos minutos, y le hizo una pregunta en voz baja. Los abusos sexuales que aparecen en sus libros, ¿le pasaron a él? El escritor quedó perplejo. Respondió con una evasiva; firmó sus libros, sonrió y miró al siguiente en la fila. El muchacho recogió sus cosas y se fue.

“Sé que es demasiado tarde, pero lamento no haberte respondido”, escribe hoy, años después de aquel encuentro. “Lo siento por ti y por mí (…). Pero tenía miedo. Todavía tengo miedo”, expresa en un conmovedor ensayo publicado en The New Yorker con el título El silencio: el legado del trauma infantil.

Premio Pulitzer por su novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao (2007), Díaz responde ahora a su lector: “Sí, me ocurrió a mí. Tenía ocho años cuando fui violado. Por una persona adulta en la que confiaba. Después de violarme, me dijo que tenía que volver al día siguiente porque si no ‘iba a tener problemas’. Y, porque estaba confuso y aterrorizado, volví y volví a ser violado. Nunca le dije a nadie lo que pasó, pero ahora te lo estoy contando a ti”.

Nacido en República Dominicana en 1968, Junot Díaz llegó a EEUU con su familia a los seis años. Se establecieron en Nueva Jersey, y el padre abandonó la casa al poco tiempo. El escritor retrató parte de su infancia en el libro Los boys (1996), que lo convirtió en una celebridad literaria.

“Esa violación. No hay suficientes páginas en el mundo para describir lo que me hizo (…). Puedo decir verdaderamente que casi me destruyó. No solo la violación sino todas las secuelas: la agonía, la amargura, la autorecriminación, el asco, la desesperada necesidad de mantenerlo escondido y en silencio. Jodió mi infancia, jodió mi adolescencia, jodió toda mi vida”, escribe. “Más que ser dominicano, más que ser inmigrante, más incluso que ser afrodescendiente, mi violación me definió (…). La violación me excluyó de la virilidad, del amor, de todo”, añade.

El trauma heredado producto de ello lo convirtió en un niño depresivo, atormentado, siempre en conflicto con el mundo y con su orgullo profundamente lastimado. Y mientras sus amigos vivían sus primeras experiencias amorosas, Díaz lidiaba con el recuerdo y la culpa. “Por supuesto, nunca recibí ningún tipo de ayuda, ningún tipo de terapia”.

Intentó suicidarse a los 14 años con la pistola que había dejado su padre en casa; al terminar la secundaria, trató nuevamente: se tomó el frasco de drogas que usaba su hermano para el cáncer. Entonces recibió una carta de aceptación de la Universidad de Rutgers, y “sentí como si la puerta del mundo se hubiera abierto de nuevo, muy levemente”, dice.

En la universidad se reinventó: “Me convertí en corredor, levantador de pesas, activista, tenía novias, era ‘popular’… Todo lo que había sido antes de Rutgers lo encerré detrás de una máscara de normalidad”.

Eventualmente las máscaras se caen y el pasado regresa tarde o temprano. El escritor solía tener problemas en sus relaciones: se sentía incapaz de recibir amor, de tener sexo o incluso de ser leal con sus parejas. Sufría agudos cuadros depresivos y a menudo abusaba de alcohol y drogas.

Poco antes de dejar la universidad publicó su primer cuento, que incluía la escena de un niño violentado. El relato le abrió las puertas del mundo editorial y así editó un conjunto de relatos de niñez y adolescencia en la comunidad dominicana.

Conoció a otra chica. Se comprometió. Escribió su primera novela. Y pese a sentirse feliz, destruyó la relación: “La engañé como un maldito perro”.

Ganó el Pulitzer, y sin embargo estaba en el suelo. “Y entonces un día me desperté y literalmente no pude moverme de la cama. Un archipiélago de dolor estaba sobre mí, un mar de dolor oscuro como el vino. En un ataque de borracho, traté de saltar desde la azotea del departamento de mi amigo en la República Dominicana”, escribe.

Solo entonces entró a terapia y pudo romper la máscara que lo ahogaba. “No es algo para siempre, pero al menos consigo respirar, vivir”, escribe. “Incluso estoy en una relación, y ella sabe todo sobre mi pasado”.

Con este relato, dice que siente que está naciendo otra vez: “Es como si me dieran una segunda oportunidad a la luz”.

Sobre el autor: