Culto
Amor y desamor por Radiohead

Amor y desamor por Radiohead

Los dos críticos de música de Culto, Mauricio Jürgensen y Marcelo Contreras, enfrentan sus miradas en torno al presente del conjunto que cantará mañana en el Estadio Nacional. Mientras el primero cree que extraviaron la capacidad de despachar grandes himnos para las masas, el segundo aplaude el riesgo creativo de sus últimos trabajos.

Sin sorpresas

Por Mauricio Jürgensen

Tampoco es que haya que salir a defender a Radiohead o darles porque sí. El tema a debatir es si con lo que hicieron en el pasado -y que les permitió ser la mejor banda de su generación-, les sigue alcanzando hoy para sostener lo mismo. No es casual que el mejor título de su repertorio haya sido aquel que en que reactualizaron lo hecho por Pink Floyd a mediados de los 70. Y aunque hoy parezcan “sorprendidos” por lo bien que han envejecido las canciones del aludido OK Computer (1997), así como insinuando que es solo uno de los grandes títulos de su catálogo, lo cierto es que los británicos nunca más lograron hacer algo que estuviera a la altura de ese clásico registro.

Lo que vino después fue más bien un quiebre artístico como el que se dejó escuchar en Kid A, de 2000, pero que luego vendría secundado por una seguidilla de discos cada vez más inescuchables hasta llegar al muy menor A Moon Shaped Pool (2016). Porque lo que le ha pasado a Radiohead es precisamente eso: que es un grupo con muy buena prensa, pero que olvidó por completo cómo hacer canciones realmente recordables. Su perfil se ha mantenido alto más bien gracias a asuntos extramusicales, como eso de liberar sus discos, invitar a que la gente pague lo que quiera por ellos y montar anti campañas de marketing en la web (aunque sean campañas después de todo). En resumen, los de Oxfordshire han logrado sostenerse gracias a esa postura díscola, símbolo de la incorrección y en apariencia antisistémica frente al mismo mainstream que les permitió en su momento convertirse en un grupo de amplia repercusión.

Para decirlo en jerga de industria, Radiohead se convirtió en el commodity del grupo admirado en los tiempos modernos. En el conjunto al que le tienen guardadas las cinco estrellas de rigor cada vez que sacan un disco, sea éste bueno o no, se lo merezca o no. Y ese es precisamente el punto de discordia. Porque nadie desconoce su trayectoria y que cada cosa que decidan hacer en el negocio de la música va a tener una resonancia distinta aunque alguien más lo haya hecho antes. Básicamente, porque se trata de una banda grande. Pero lo cierto, o más bien lo que sienten muchos, es que hoy el conjunto de Thom Yorke es más bien la sombra de lo que fue creativamente hablando. Porque podrán declararse “asombrados” con el recibimiento de la gente respecto de sus temas más clásicos (por lo pronto, los mismo que suenan en momentos claves de sus conciertos), pero la sensación que queda es que a Radiohead, el grupo de las mejores canciones melancólicas de los 90, se le olvidó precisamente cómo seguir haciéndolas.


Tener pelotas

Por Marcelo Contreras

En el mundo de la música popular es más rentable abrazar las causas unánimes, y producir bajo los consejos de una junta directiva trazando metas. U2 y Coldplay operan así. También está la alternativa de celebrarse a sí mismo como lo hace Roger Waters acarreando un museo en vivo para conmemorar a Pink Floyd, o componer con piloto automático, el hábito de Pearl Jam. Son opciones artísticas y mercantiles válidas, también mortalmente aburridas. El mejor rock no repite la jugada sino que se expande.

Radiohead y en particular Thom Yorke no manifiestan interés alguno en complacer a facciones conservadoras. Tampoco lucen muy preocupados por la corrección política. Defendieron la impopular decisión de actuar en Israel, y el año pasado el líder comparó el trato de Google y Youtube hacia los artistas, con la Alemania nazi y la pesca de arrastre.

Los podríamos tener mañana con el Estadio Nacional repleto repasando Ok Computer (1997), pero traen A moon shaped pool (2016), el álbum más discreto en largo tiempo. Radiohead sería grandioso para la masa si de una vez por todas se dejan de desfragmentar las canciones y cogen las guitarras de los primeros discos, cuando levantaron un cerco entre ellos y el resto de la escena británica embriagada de brit pop.

A partir de Kid A (2000), donde una parte del público vio una muralla, para quienes aprecian la música como una aventura constante y un camino a la reinvención, han disfrutado de una trayectoria con las oscilaciones propias de una larga biografía con títulos mejores que otros, siempre empeñados en ampliar el vocabulario estilístico. Las guitarras nunca se han ido, solo que ahora no siempre pivotean la música, como la electrónica y el jazz agregan tintes a la paleta compositora.

Radiohead también ensaya, acierta y yerra mostrando agallas cuando desafía los convencionalismos del mercadeo discográfico. U2 metió a la fuerza su penúltimo trabajo en iTunes, en cambio el grupo de Oxford preguntó a la gente cuánto quería pagar por In rainbows (2007), provocando espanto en la industria.

La naturaleza del material se volvió más áspera, críptica y, a ratos, auto complaciente, pero sus discos todavía son acontecimientos y encarnan éxito comercial, a pesar de contener riesgo y desafío. Cinco de seis de sus últimos lanzamientos han sido número uno en Inglaterra. En Estados Unidos esos mismos títulos han oscilado entre el tercer y el primer puesto. Lo que Radiohead transa en fama lo ha ganado en reputación. De esto se trataba el mejor rock. Mirar hacia adelante, ir contra las reglas y dictar las propias.