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Culto
Robin Campillo, cineasta francés: “Gracias a nosotros  Mitterrand luchó mejor contra el Sida”

Robin Campillo, cineasta francés: “Gracias a nosotros Mitterrand luchó mejor contra el Sida”

Mañana se estrena 120 latidos por minutos, premiado filme que recrea la lucha contra el VIH en Francia en los 90. Su director detalla cómo convirtió su experiencia en una de las cintas galas más elogiadas del 2017.

Un grupo de muchachos toma uno de los ascensores del edificio madre del gigante farmacéutico Melton-Pharm en París. Los ejecutivos de la compañía, que en realidad es estadounidense, tienen en su poder los resultados de un estudio clave para crear nuevas vacunas contra el Sida, pero se rehusan a darlos a conocer. Están atrapados entre su mediocridad, sus protocolos con el gobierno y las órdenes que reciben desde el otro lado del Atlántico. Mientras, la epidemia aumenta y quienes suben en ascensor no quieren esperar más. Todos ellos son portadores de VIH.

La escena, que en pocos segundos explotará con los chicos realizando una protesta en las narices del gerente en medio de su reunión de directorio, es uno de los varios golpes narrativos de 120 latidos por minutos. Describe la manera en que operaba la facción francesa de Act Up, pero también le da el tono a una película que desde su título anuncia acción y tensión. Dirigida por Robin Campillo (1962), 120 latidos por minutos es una reconstrucción afiebrada y vertiginosa de las acciones del grupo de choque en la lucha contra el Sida en la Francia de 1992. Act Up, cuya sede estaba en Estados Unidos, fue probablemente el movimiento que más fieramente se movilizó para lograr que en Francia se acelerara la prevención y el tratamiento contra el virus VIH.

Ganador del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2017 y de seis galardones César (el Oscar galo), el tercer largometraje de Campillo es también la puesta al día de un tema complicado y resbaladizo para las autoridades francesas.

Después de identificar paralelamente el virus del VIH junto a los norteamericanos en el año 1983, los galos demoraron bastante en la distribución de los medicamentos y también en los tratamientos. En ese terreno, Act Up jugó un papel importante a través de acciones radicales como asaltos a oficinas de laboratorios, entrega relámpago de instructivos y preservativos en colegios o despliegues de pancartas en lugares emblemáticos como la Catedral de Notre-Dame o el Obelisco de la Plaza de la Concordia, donde incluso instalaron un condón gigante.

Robin Campillo, habitual guionista de Laurent Cantet en filmes como Entre los muros (2008) y El empleo del tiempo (1999), desarrolló la historia de 120 latidos por minutos a partir de sus propias experiencias como militante de Act Up en 1992. En la trama, Sean (Nahuel Pérez Biscayart) y Nathan (Arnaud Valois) desarrollan una relación íntima mientras realizan sus acciones en el grupo. La salud y la personalidad de ambos son diferentes: Sean es extrovertido y comienza a decaer, pero Nathan es más bien reservado y se mantiene firme como un roble.

“El personaje de Sean no se basa en alguien en particular, sino que en varias personas que conocí en esa época”, explica Robin Campillo al teléfono desde París sobre el filme que mañana se estrena en el Centro Arte Alameda y multisalas.


– ¿Por qué en la película Sean es de padre chileno?

– Desde un principio tuve claro que Sean no sería totalmente francés. Por eso es mitad chileno y mitad francés. Por alguna razón no quería que fuera español o argentino y finalmente decidí que vendría de Chile. ¿Por qué? Porque en Act Up había muchos extranjeros, pero al ser parte de un grupo adquirían identidad y sentido de pertenencia. Luchando contra las políticas de salud de Mitterrand muchos comenzaron a sentirse franceses.

– ¿Cree que los jóvenes en Francia son conscientes de la ineficacia del gobierno de esa época en la lucha contra el Sida?

– No hice esta película para dar lecciones; pero comprobé que varios de los jóvenes actores con los que trabajé no estaban enterados de que muchos de los beneficios en el tratamiento contra el Sida en Francia se lograron en parte gracias a la lucha de grupos como el nuestro. Cuestiones como la atención gratis si tienes VIH, por ejemplo. También existe aquella concepción casi mágica de cómo era la izquierda en los 80 y 90, donde François Mitterrand luce como un Dios. Pero en realidad, eso sucede porque los políticos actuales son tan malos que no resisten comparación alguna. Nosotros tuvimos que ayudarle a Mitterrand a ser mejor de lo que era. A luchar mejor contra el Sida.

– ¿Con qué personaje se identifica en la película?

– Estoy muy cerca del personaje de Nathan. Es más tranquilo que Sean. En un momento Nathan cuenta cómo durante muchos años evitó tener relaciones con otros hombres por miedo a contagiarse de Sida. Pues bien, esa es exactamente mi experiencia. También, como en una de las escenas, me tocó vestir a un compañero recién fallecido.

– ¿Tiene cierta nostalgia por el espíritu de lucha de esa época?

– Sí. Siento nostalgia por la sensación de grupo y de camaradería de esos años. Obviamente no siento nostalgia por el Sida, pero en esa época hacíamos política y al mismo tiempo poseíamos mucho humor. Teníamos sexo, íbamos a los clubes por la noche, bailábamos y eso le daba una gran dimensión a nuestro espíritu de sobrevivencia. Una de las cuestiones que más me sorprendió cuando recién entré a Act Up fue el nivel de goce que había. La epidemia del Sida ya llevaba 10 años en Francia, estábamos cansados del silencio del gobierno, pero aún así encontrábamos tiempo para divertirnos. No todos estábamos infectados además, tal como se ve en la película.

– ¿Qué resonancias le ve al filme en nuestra época?

– Creo que los jóvenes de hoy se sienten muy débiles en términos políticos, pues les vienen repitiendo desde hace 30 años que no tienen demasiado que hacer ya que todo está determinado por la economía global. Eso es muy deprimente y al mismo tiempo es una trampa para las futuras generaciones. Nosotros, en cambio, no teníamos demasiado que perder. Crecimos en los años 70 y creo que fuimos la última generación que no tuvo miedo de no tener un trabajo estable a cierta edad. Hoy los chicos saben que deben tener un empleo fijo antes de cumplir los 30 años.

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