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Culto
El columnismo de Andrea Palet: “El arte no se ha perdido, solo está rodeado de un cinturón de mediocridad retórica”

El columnismo de Andrea Palet: “El arte no se ha perdido, solo está rodeado de un cinturón de mediocridad retórica”

La directora editorial de Los libros del Laurel acaba de publicar un compilado de trabajos escritos a lo largo de 15 años. En conversación con Culto, Palet revela los entresijos de su trabajo como columnista y editora.

Leo y olvido es una frase que no solo nombra a una de sus columnas y su libro compilatorio. Además, parece ser una suerte de consigna: Andrea Palet lee y sigue adelante con otros libros, otros temas, cambiando siempre de dirección.

La mujer detrás de Los libros del Laurel y Directora del Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales; recibió como propuesta de una de sus alumnas publicar un libro con sus columnas. Las mejores. Aunque la tarea no sería nada de fácil, según explica.

Entre 1997 y 2013, Andrea Palet escribió columnas para medios como Qué pasa, Paula, Dossier y El Malpensante; y diarios como El Mercurio, La Tercera y The Clinic. Pilar de Aguirre, de la editorial Bastante, se propuso publicar una compilación de su trabajo, seleccionando un total de 39 columnas bajo el título Leo y olvido.

“No siento mucho el cambio”, contesta Andrea Palet sobre la segunda vida de sus columnas. Como editora, el proceso de lanzar un libro no es un novedad para ella.

Tampoco hay una temática transversal para los textos contenidos en él. La autora habla desde una inesperada carta que recibió desde Cuba, en la que una mujer manifiesta querer ser su amiga, a la calma que generan las listas y ránkings, o comenta lo incomprensible que le resulta coleccionar objetos varios, y cita a Charly García para tratar la tristeza como estilo de vida .

Sobre el hilo conductor del libro, la autora insiste que no hay un elemento único: “Me han dicho que la nostalgia y la curiosidad por el mundo”.


-¿Cómo fue el proceso de creación de Leo y olvido?

-La editora hizo la mayor parte. Le pasé como 50 u 80 columnas y eligió las que le parecía que encajaban en una estructura con un cierto ritmo y tenían un tono relativamente atemporal. Luego yo le propuse cambiar algunas que no me gustaban por otras que había dejado fuera, y así. Un proceso normal de edición, con varias idas y vueltas y discusiones bonitas.

-¿Tienes una o más columnas predilectas?

-Me gustan las que parecen cuento pero son verdad, como la de la compañera de universidad que nunca se cambió de ropa. Y las de sociología rasca, como “El joven crudito”.

-¿Hay algún texto que haya cambiado de perspectiva a cuando se publicó?

-Casi todos, supongo, porque a medida que uno crece y se achuñusca todo te parece un poco obvio y repetido. Y lo que ha escrito uno misma, como lo has leído varias veces, te parece más obvio y repetido que todo lo demás. Pero tampoco es cosa de renegar de lo hecho: creo que estas ideas balbuceantes que he tratado de comunicar sirven a algunas personas, que pueden conectar con ellas.

-Juan Manuel Vial dijo en su reseña de Leo y olvido que “hay un rasgo común que identifica a los neocolumnistas: la más absoluta falta de humor”, ¿cómo lo ves tú?

-Desde que encontró bueno mi libro como que le encuentro toda la razón.

-¿Consideras que el arte de escribir y publicar columnas se ha perdido con el tiempo?

-El arte de escribir columnas no se ha perdido; en Laurel hemos publicado magníficos libros de columnas recientes publicadas en diarios, como Yo recordaré por ustedes, El subrayador, Usted está muy mal y El rey de las bolitas. Lo que ocurre es que se publican muchos textos presentados como columnas que son cualquier cosa, y los lectores las reproducen y recomiendan fervientemente porque concuerdan con sus opiniones, no porque sean textos bien ejecutados. Resumiendo: el arte no se ha perdido, solo está rodeado y medio escondido entre un cinturón de mediocridad retórica. ¿Pero no pasa así con todo?

-¿La literatura es lo que las palabras despiertan en el lector? ¿Qué es para ti?

-Un placer convertido en pega.

-En No leer, Alejandro Zambra propone corregir hasta que duela. ¿Cuál es tu límite en la edición? ¿Qué es lo que buscas exactamente cuando editas?

-El límite es el permiso que me dan; yo no puedo o no debo hacer nada si el autor no quiere. Luego, si quiere, todo es cancha. Busco comunicación, no decoración.

-¿Qué es lo peor que te ha pasado luego de publicar una columna?

-Lo peor: una vez me obligaron a pedirle disculpas por escrito a una persona conocida que se ofendió por algo que dije; un caso de narcisismo estándar sumado a una escasa comprensión de lectura.

-¿Y lo mejor?

-Lo mejor: este libro.

-¿A qué columnistas deberíamos poner atención?

-A Neil Davidson.

-¿Cuáles son tus lecturas de cabecera?

-No tengo lecturas de cabecera. ¿Cuáles son esas? Nunca he entendido el concepto. Leo una cosa y después leo otra.

-Como editora dijiste que “el trabajo conjunto con un autor -el corte, pulido, escarmenado y musicalización de un original, la paternidad de las ideas, la organización de un conocimiento para transmitirlo por escrito- es de una intensidad y una intimidad tales que, como los secretos de familia, se resiente al ser expuesto a la luz del día”. ¿Qué hay detrás de las columnas?

-Secreto de familia, poh.

-Alguna vez dijiste que “la cualidad número uno del editor respetable es la capacidad de quedarse inmensamente callado”, ¿cuál es la del columnista?

-Tener algo que decir, saber argumentar y saber no aburrir.


Sobre el autor:

Mónica Garrido |
Periodista de La Tercera. En Twitter es @monigarridov