Culto
Manhattan vuelve al cine en la era #MeToo

Manhattan vuelve al cine en la era #MeToo

El filme, que vuelve a salas este jueves, es mucho más que la relación entre un cuarentón y una adolescente, pero a la luz de los escándalos que han rodeado la vida del cineasta, es así como muchos la recuerdan hoy.

Circula en Internet una foto familiar de Woody Allen, su exmujer, Mia Farrow, y sus siete hijos en una visita a San Petersburgo, en 1987. Al lado de la madre, se ve a Soon-Yi, de 17 años, la niña coreana que la actriz adoptó antes de conocer a Allen. Su cara es la de una adolescente que representa menos edad, viste una polera rosada, shorts y calcetines blancos. El resto de la historia se sabe: por esa época, a fines de los 80, el director -que en la foto tenía 52 años- comenzó una relación con la menor, 34 años más joven, que terminó en un matrimonio que dura hasta hoy. Como si eso no fuera drama suficiente, Farrow no sólo demandó a Allen por supuestos abusos sexuales a otra de sus hijas, Dylan, sino además confesó que Ronan, el único hijo biológico de ambos, podría ser fruto de sus amoríos intermitentes con Frank Sinatra, con quien se casó cuando ella tenía 19 y el cantante 50.

El asunto de la diferencia de edad ha estado de manera constante en la vida de Allen, y su película Manhattan (1979), de hecho, es una suerte de epítome cinematográfico del tema. En ella, Isaac, un tipo de 42 años interpretado por él, tiene un romance con Tracy, una joven de 17 (Mariel Hemingway) cuya voz y rostro angelicales se contraponen al de las mujeres mayores del filme: por un lado, Mary (Diane Keaton), la neurótica amante de su mejor amigo -y con la que termina involucrándose-, y por otro, Jill (Meryl Streep), su exesposa, quien lo abandona por una mujer y publica un libro sobre su matrimonio fallido. Los 96 minutos de la cinta se van en enredos amorosos, diálogos existencialistas y delirantes, tomas impresionantes de Nueva York y mucho de ese humor y verborrea tan propios de Allen.

Fiel a su exageración y autocrítica desmedidas, el cineasta afirmó por entonces que se trataba de la película que menos le gustaba de todas las que había dirigido, pero el público la convirtió en su mayor éxito comercial hasta la fecha y gracias a ella obtuvo por tercer año consecutivo una nominación al Oscar a Mejor guión original, además de premios como el Bafta y el César a Mejor filme. Después de Annie Hall, la cinta que lo consagró, Manhattan reafirmó su lugar entre los directores intocables de Hollywood y entre los pocos en tener la venia de los estudios para hacer lo que quisiera, por ejemplo, filmar un largometraje en blanco y negro como éste. Los críticos lo aplaudieron de manera unánime, pero la mayoría no dejó pasar el detalle de la diferencia de edad entre Isaac y Tracy, lo que generó una pequeña polémica mediática. Aún así, la película fue elegida por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para ser preservada por ser “culturalmente significante” para la historia del cine.

Manhattan, que vuelve a salas este jueves, es mucho más que la relación entre un cuarentón y una adolescente, pero a la luz de los escándalos que han rodeado la vida del cineasta, es así como muchos la recuerdan hoy. Luego de los movimientos #MeToo y Time’s Up, iniciados tras las acusaciones de acoso por parte de actrices contra el productor Harvey Weinstein, comenzó también una especie de revisionismo hacia ciertos filmes, cuadros y novelas que, vistos desde el presente, se leen como machistas y, en especial, hacia los que promoverían el abuso de poder entre géneros. La pedofilia es el caso más extremo de ese fenómeno, y de ahí nacen, en parte, los debates mediáticos furiosos que empezaron en torno a obras como Lolita, el libro de Nabokov, algunas pinturas de Balthus y, como era de esperar, la mencionada Manhattan.


Pecados públicos

Vale la pena recordar algo del contexto de la película: según se sabe, Woody Allen la habría escrito inspirado en una relación breve que tuvo con la actriz Stacey Nelkin, a la que conoció en el set de Annie Hall (1977) cuando ésta tenía 16 años. Mariel Hemingway, elegida para el papel de la adolescente, tenía 17 cuando actuó en el filme, y según contó en sus memorias, publicadas en 2015, el cineasta trató de seducirla una vez que cumplió 18 años invitándola de viaje a París.

El mismo año que estrenó Manhattan, Allen conoció a Mia Farrow, con quien comenzó una relación que duró hasta 1992, cuando, según la actriz, habría encontrado en su poder fotos de su hija adoptiva, Soon-Yi Previn, desnuda. Al poco tiempo, Farrow lo acusó de abusar de su otra hija, Dylan, y la familia se quebró. “Mi padre está casado con mi hermana, lo que me convierte en su hijo y su cuñado. Me parece una transgresión moral”, afirmó Ronan Farrow, quien además fue el periodista que destapó el caso Weinstein.

En la discusión que comenzó tras la explosión mediática del feminismo, Manhattan aparece como el emblema de un problema histórico del arte: la separación entre el creador de su obra. Una de las primeras en plantear esto usando la película de ejemplo fue Claire Dederer en The Paris Review: “La genialidad habitual de Woody Allen es su capacidad para autoinculparse, y aquí esa capacidad falla (…) Manhattan se ve de otra manera por lo que sabemos sobre Soon-Yi, pero además es ligeramente repugnante por sí misma y, al mismo tiempo, tiene un montón de cosas que son maravillosas. Y todo eso puede ser verdad al mismo tiempo”, escribe en el artículo “¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos?”.

Dederer reclama que ninguno de los personajes en el filme parece muy aproblemado por la diferencia de edad, pero lo cierto es que el tema no está del todo naturalizado: es un asunto que aflora bajo la forma de comentarios burlones -en los que se cita a Lolita, incluso- o críticas hacia Isaac, el alter-ego de Allen. Hay escenas en las que se ve al protagonista y a la joven en la cama o besándose, pero también hay un cierto desapego de Isaac hacia la relación: sabe que no tiene futuro y por eso incita a Tracy a aprovechar su juventud lejos de él, aunque luego se arrepiente. “Desde el movimiento #MeToo, su antes celebrado filme emerge como el trabajo arquetípico del arte masculino-chovinista”, escribió hace días el periodista Steven Kurutz en una columna en The New York Times.

En el texto, titulado “¿Cómo se resuelve un problema como Manhattan?”, se lee que “Isaac y Tracy son la pareja símbolo de las relaciones de explotación” debido al desequilibrio de poder que generan los 25 años que los separan. El dilema de este tipo de afirmaciones es que la condena a la película comienza a oler a puritanismo: ¿es una mujer joven (mayor de edad, claro) siempre una víctima cuando decide emparejarse con un hombre viejo?

La vida personal de Allen -quien estaría “obsesionado con las adolescentes”, según un periodista de The Washington Post que analizó su archivo personal- ha enturbiado otros detalles del filme: los personajes de Diane Keaton y Meryl Streep son mujeres autónomas, inteligentes y decididas, bastante más feministas que las que se ven en Hollywood hoy. El hecho de que Tracy sea una colegiala es sin ninguna duda perturbador y condenable, pero el asunto que hace ruido en los textos de Dederer y Kurutz es otro: si se empieza a leer todo desde la biografía de los creadores, el resultado sería una catástrofe. Jean Genet era un pederasta, Jerry Lee Lewis se casó con su prima de 13 años. Y no sólo eso: si se miran las obras del pasado con la óptica de hoy, no quedaría más que borrar una buena parte del acervo cultural.

A la larga, para esto está también el arte, para dejar huella de las barbaridades de otros tiempos, para recordar los cambios de mentalidad, para ser testimonio de las revoluciones morales, sociales y políticas. El escritor chileno Rafael Gumucio es uno de los que ha criticado la deriva moral del movimiento #MeToo: “Las novelas, las películas, los dramas y los poemas nos recuerdan que somos, como diría Nicanor Parra, un embutido de ángel y bestia (…). El artista peca por todos porque peca en público. En esa debilidad reside también su poder”, afirmó en una columna. Manhattan, sin ir más lejos, es un buen ejemplo.

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