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Culto
De Gepinto a Ciencia exacta: Gepe ordena sus discos del peor al mejor

De Gepinto a Ciencia exacta: Gepe ordena sus discos del peor al mejor

Invitado por Culto, el músico chileno ordenó su propia discografía y nos dijo cuáles álbumes deben pasar a la historia y cuáles es mejor olvidar.

GP (2012, Quemasucabeza)

“Del menos valioso al más valioso… para mí GP es un disco que está cerrado. No he podido echar mano ni descubrir cosas nuevas ahí. Como es muy reciente, es un disco que embadurnó todo lo que hice después hasta Ciencia exacta. Pero es un momento que está cerrado y es demasiado reciente como para tenerle nostalgia”, asegura.

-Tus primeros discos, si bien te dieron a conocer, se sienten como experimentos o derechamente pruebas de lo que sería GP, que es a mi entender el salto calculado a la masividad. ¿Cómo lo ves tú?

-Estoy de acuerdo en cuanto a lo calculado. Si bien para mí es imposible predecir cosas, sí uno le pone intenciones. Acá la intención fue, desde antes del Gepinto incluso, que la mayor cantidad de gente posible lo escuche. Resultó que “Fruta y té”, “Bomba chaya” y “Bacán tu casa” hicieron que más gente escuchara lo que hago, pero fue algo súper orgánico. Una consecuencia lógica de probar musicalmente, en la producción, en las letras y en el ejercicio llegó más gente. No tenía idea si iba a resultar, pero resultó.


Estilo libre (2015, Quemasucabeza)

-¿Cómo se dio la colaboración con Wendy Sulca?

-La conocí cuando estaba grabando una película que se llama Coach, con un amigo que se llama Leo Medel. Él la estaba filmando y me invitó a conocerla. Nos caímos re bien y me generó curiosidad la idea de folclor que ella tenía, que era como muy poco consciente. Eso me agradó mucho. Ella tiene una información de folclor tan metida adentro que no racionaliza tanto. No es snob en ese sentido. Cuando tenía la canción “Hambre” a medio andar pensé que alguien con ese timbre y ese imaginario andino de montaña podría cantar una parte porque sería bonito y así fue. Cristián Heyne fue a Perú y la grabó.


-En los años de Álex & Daniel, leí que tenías pensado hacer un disco a medias con Javiera Mena, ¿en qué está esa idea?

-Por ahora está en las colaboraciones que hemos hecho (“Sol de invierno”, “Lienza”, “Vivir”), pero me encantaría. Soy tan admirador que me encantaría compartir en algún momento algo así con ella. Yo creo que por los momentos que vivimos no se nos va a permitir, pero lo que hicimos con Álex Anwandter fue algo que duró cinco años. Nos juntamos la primera vez en 2008 y el disco salió en 2013. Entonces son cosas de largo aliento y me acuerdo que lo bonito fue que nos dijimos así en la profunda que nunca íbamos a juntarnos sintiéndonos obligados a hacer el disco. Fue con el máximo relajo y por el goce. Yo creo que ese disco que hicimos con el Álex, y un disco hipotético con la Javiera, vamos a interactuar y no solo a trabajar creativamente sino también como a hablar, a conocernos más. Eso fue bacán con el Álex: hablamos ene ene ene. Cuestiones de la familia, de lo que pensamos de la música o de cualquier lesera. Eso fue muy bonito. Probablemente yo rescato mucho más eso que el disco. Sería muy valioso tener algo así de íntimo con la Javiera, además que la conozco hace muchísimo.


Ciencia exacta (2017)

-Leí que tu último disco apareció luego de un colapso que tuviste, ¿cómo fue eso?

-Hacer música me ayudó a sobreponerme a un mal momento. Tampoco fue algo tan oscuro, fue como algo natural: estar tanto tiempo expuesto, tener que dar entrevistas, sacarse fotos, a una personalidad como la mía… me puso a prueba y me saturé y me cansé. Me sentí innecesario para mí y necesité algo que tuviera peso para mí. Me puse mucho afuera de mí y creo que eso es un error en la persona que sea. Me hizo mucho daño escucharme hablar, escucharme o leerme en entrevistas me sacó de mí y eso me llevó a un momento bien de ahogo que superé después de un tiempo. El disco surgió a partir de allí.

“Cuando lo grabamos, que nos demoramos como tres semanas, tratamos de no darle tanta vuelta al asunto, de no hacer tanta postproducción. Incluso las letras salieron al momento de grabarlas”.


-Aquí incluiste un cover de “Las flores” de Café Tacvba, ¿qué significan ellos para ti?

-La elección de esa canción fue súper circunstancial. Antes de una tocata en México, el año 2013, en el Lunario, quería tocar un cóver mexicano y la primera canción que se me ocurrió fue esa. Así de circunstancial. Puede sonar medio fome, pero que una canción aparezca así naturalmente creo que tiene sentido. Ese algo significa que tiene trascendencia. Con el disco Re (1994), Café Tacvba se transformó en un paradigma de la música en el sentido de que mezcló folclor y música anglo de una manera súper natural y original, y eso dio vida a un montón de discos como Clandestino (1998), de Manu Chao, y Rey azúcar (1995), de Los Fabulosos Cadillacs. Fue importantísimo en todo sentido y no solo por ellos. La producción de Gustavo Santaolalla es tan importante como las canciones mismas. Hay un tributo a eso también.

-En Argentina dijiste que más que su música, de Café Tacvba te interesaba su cabeza.

-En general eso es lo que me pasa con la mayoría de los músicos que sigo. Más que la música que hacen, me interesa lo que va a venir, cómo funcionan sus cabezas. Violeta Parra, por mucho que me interesan sus canciones, me interesa más su mundo. Yo creo que las contradicciones hacen a los artistas. Más que la lógica o el relato más oficial de los artistas, lo más interesante es cuando se contradicen. Y eso los define. En los Café Tacvba eso me parece súper interesante. Hay una conversación entre lo anglo y lo vernacular mexicano, que es muy compleja y muy bonita.


Audiovisión (2010)

-El título de este disco da alguna pista, pero ¿cuál es tu relación con las palabras? En Solar, Alejandro Gómez decía que “son tan solo un sonido más”. ¿Cómo lo ves tú?

-Por eso mismo son importantes. Que las palabras se conviertan en sonido creo que es justamente la clave. Por eso las letras de las canciones no son poesía. Son música. Y eso las hace portadoras de una cuestión súper importante. ¿Cómo se llama esa cuestión? Sinestesia, creo que se llama. Cuando hay dos disciplinas que se mezclan. O sea, el significado de lo que estás diciendo sumado a un sonido genera una dimensión nueva. Por muy bonita que sea la frase escrita en un papel, si tú escuchas esa frase en una canción creo que se amplifica y adquiere una dimensión nueva. Esa es la gracia. Las palabras en las canciones son demasiado importantes. Muchas veces, sobre todo en Latinoamérica, son más importantes que la música.


Gepinto (2005)

-Me acuerdo que en ese tiempo tocabas con duetos. ¿Cómo fue trabajar con Pablo Flores y Sebastián Sampieri?

-Tengo los mejores recuerdos de esa época. Hasta hace muy poco todos los movimientos que uno hiciera, en cualquier ámbito de la música, eran palos de ciego. Era tirar la piedra y no saber dónde iba a caer. Pero como estaba tan bien acompañado de esos dos partners y de todo un círculo de gente muy curiosa y muy inteligente y con un interés muy genuino por lo que estaba haciendo fue una época inolvidable. Nosotros no sabíamos lo que estábamos haciendo, pero lo hicimos con tanto cariño y dedicación que por eso mismo fue importante. Ese no saber hacer nos dio algo súper bonito a los tres, que ninguno era músico. Creo que haber estado tan perdido pero tan bien acompañado fue como primordial.


-Leí que primero escribiste las letras y que las melodías vinieron después.

-Claro, sobre todos los títulos, las frases. Pocas veces me pasó. Después creo que no lo hice nunca más. Con “Namás” aprendí muchísimo, porque nos demoramos muchísimo en dejar la versión que quedó.


Hungría (2007)

“El más valioso para mí es el Hungría”, dice Gepe con vehemencia.

-Acá está más camuflado lo folclórico, ¿no?

-Yo creo que este es el disco en que estaba más perdido. Perdido pero feliz de estar perdido. ¿Qué hago? No sé qué estoy grabando, solo sé que quiero grabarlo. Y esa sensación que nunca más me va a pasar, y que estoy seguro no me va a pasar más porque fue un momento muy clave para mí, la tengo en total cariño. Por ejemplo, a diferencia de Gepinto, para Hungría ni siquiera tenía banda. Me había asociado con alguien que era de un mundo totalmente distinto en todo sentido, que es el Vicente Sanfuentes. Todo era tan distinto y estaba tan absolutamente perdido que era un goce profundo. Al mirarlo en perspectiva, creo que fue muy importante para definirme. El estar perdido es demasiado clave. No estar en un lugar cómodo es muy bueno. Es el mejor ejercicio que uno puede hacer en cualquier tipo de disciplina.

-Pedropiedra también estaba como bajista, ¿no?

-Ah, de veras. Hizo algunos bajos y algunas baterías.


-¿Es cierto que tuviste una reunión con el embajador de Hungría a partir de este disco?

-Sí, nos hicimos bien cercanos hasta el día de hoy. Todavía no voy a Hungría, pero nos seguimos relacionando virtualmente. La embajada de Hungría en Chile la cerraron hace una buena cantidad de tiempo y él me invitó a la fiesta. Cuando salió el disco, el caballero me llamó y me dijo que le gustó el título del disco y yo le decía que no tenía ninguna relación con Hungría ni familiar ni nada, lo hice simplemente porque me atrajo. Me dijo que fuera a verlo y en esas primeras visitas se generó una relación súper bonita y hasta hoy nos mandamos mails. Fue al lanzamiento del disco y a un par de tocatas y me regaló cosas.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars