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Culto
Uno que sabe jugar el juego

Uno que sabe jugar el juego

Basada en la novela homónima de Ernest Cline, a su vez desplegada en el año 2045, la película sitúa al espectador en dos territorios. Uno es el del mundo real: la ciudad de Columbus, Ohio, donde no pocos habitan en containers apilados; uno de ellos es Wade Watts (Tye Sheridan).

Aunque pasó los 70, todo indica que siempre veremos en Spielberg al niño que recorre embobado la juguetería de la que él mismo se dotó. Más aún si preserva la costumbre de alternar dramas históricos conscientes (The Post, Lincoln, Múnich) con aventuras de superficie que le permiten alcanzar nuevas cotas de entretención para las masas. Este último es el caso de Ready player one, película gozosa en varios aspectos y cuyo director vuelve a correr los cercos del entertainment, dándole apenas margen al espectador para recobrar el aliento (en 2 hrs 20 de metraje).

Basada en la novela homónima de Ernest Cline, a su vez desplegada en el año 2045, la película sitúa al espectador en dos territorios. Uno es el del mundo real: la ciudad de Columbus, Ohio, donde no pocos habitan en containers apilados; uno de ellos es Wade Watts (Tye Sheridan). Este adolescente tardío vive con una tía con la que parece haber mutuo desprecio y se pasa el tiempo en un piso inferior, jugando el videojuego que todos juegan.

Este último, llamado Oasis, es el otro mundo de la película, el virtual: un espacio de inmersión donde se puede tener el nombre, la apariencia y el sexo que se desee. Donde puede uno huir y olvidarse de sí. Lo inventó un geniecillo/gurú del oficio (Mark Rylance), que antes de morir sembró un misterio de llaves y puertas que llevan a un megapremio que todos quieren, incluyendo a un CEO corporativo, un mediocre embriagado de poder y capital (Ben Mendelsohn). En el juego, Wade se llama ParZival (como Perceval, que cabalgó solitario tras el Grial) y siente particular debilidad -virtual, luego real- por una chica con agenda muy política (Olivia Cooke, mezcla rara de Jeanne Moreau y Christina Ricci).

Los temores que hacía albergar el trailer ruidoso e intercambiable de Ready player one, se desvanecen a poco andar, y nos enfrentamos a un cuento aleccionador spielberguiano que es también una montaña rusa. O, más bien, dos. En esto, las abundantes referencias pop no hacen el daño y, por el contrario, alimentan el interés y aceitan la maquinaria del relato.

A diferencia de las películas “serias” del realizador, pasa acá lo que advierte el colega de Variety: que uno está más ocupado que involucrado. Pero, como en casi todas las suyas, hay una conminación al espectador, que es también una promesa: dame tus ojos, no te vas a arrepentir. Y lo que se practica es tan consistente con lo que se predica, que el resto es entregarse. No hay de otra.

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