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Culto
Tras las huellas de Sergio Larraín en Valparaíso

Tras las huellas de Sergio Larraín en Valparaíso

Larraín comenzó a fotografiar Valparaíso en los 50, pero no fue hasta 1963 cuando pasó más tiempo en el puerto, esta vez en compañía de Pablo Neruda.

Magnum, la agencia fundada por Robert Capa y Henri Cartier-Bresson, cumplió 70 años en 2017 y para conmemorar la fecha le pidió a Thomas Hoepker -ex director de la misma entre 2003 y 2007- que homenajeara a un autor que lo haya inspirado. El alemán eligió a Sergio Larraín (1931-2012), el fotógrafo chileno más influyente y con tomas que forman parte de la colección del MoMA desde 1956. Hoepker usó los originales sobre Valparaíso como punto de partida para crear nuevas imágenes que se exhibirán en 2019 en una retrospectiva en la galería Patricia Ready.

“Jamás lo conocí personalmente. Hace muchos años tratamos de visitar a Sergio, pero cuando llegamos a su casa en el Valle de Elqui nos dijeron que no podía recibirnos, que estaba meditando”, cuenta Hoepker, desde Nueva York. “Su trabajo siempre me impresionó. Sus fotografías tienen un estilo único. A él le llamaron la atención rincones, situaciones y detalles que normalmente uno no ve. Buscaba imágenes poéticas, místicas. También admiro su gran trabajo retratando la situación de los niños de la calle en el Santiago de los 50”, añade.

Invitado por Cartier-Bresson, Larraín entró a los 28 años a Magnum y fue el primer latinoamericano en integrarse. Ahí trabajó 10 años antes de dedicarse desde 1968 a la espiritualidad, la meditación y el yoga, primero con el grupo Arica del gurú boliviano Oscar Ichazo y luego en Tulahuén, a 33 kilómetros al interior de Ovalle, en la IV Región.

En la agencia se convirtió en un autor de culto gracias a sus tomas de la represión francesa en Argelia, la boda del Sha de Persia (inéditas, se fijó sólo en la novia) y de la mafia italiana, donde logró la confianza del capo Giuseppe Genco Russo, quien se dejó retratar en su casa en Sicilia en 1959. Estas imágenes fueron publicadas en The New York Times, Life y Paris Match.

Larraín comenzó a fotografiar Valparaíso en los 50, pero no fue hasta 1963 cuando pasó más tiempo en el puerto, esta vez en compañía de Pablo Neruda. La dupla exploró los cerros, la bohemia y una decena de burdeles y cabarets, como la extinta Casa de los Siete Espejos, en calle Clave. Ubicada cerca de la plaza Echaurren, en pleno Barrio Chino, también fue registrada en el documental de Joris Ivens, A Valparaíso. El propio Larraín lo describió así: “Los bares de prostitutas más miserables tratan de elevar la categoría imitando los más elegantes y cuelgan en las paredes grandes espejos de marcos dorados. En uno de ellos, Los Siete Espejos, los espejos estaban colgados con cordeles, de tal forma que quedaban ligeramente inclinados y se reflejaban los unos a los otros, a la vez que reflejaban el salón, a la manera de un caleidoscopio. Era fantástico”. Las fotos se publicaron en la revista Du en 1966 y en formato de libro en 1991.


Un Fittipaldi por Valparaíso

55 años después, Hoepker rastreó el espíritu de Larraín por las mismas empinadas calles, estrechas escaleras y muros carcomidos por la humedad, el fuego o los terremotos, casi desde los mismos ángulos. “Fuimos al bar Flamingo Rosa, cerca del ascensor Artillería, donde conocimos a sus dueñas Lorna y su hermana. El local pasa muchas veces vacío en la noche y ellas sólo son acompañadas por perros callejeros que son sus feroces guardianes”, cuenta. “Ellas ya no saben cuánto tiempo más lo pueden mantener abierto. Las estadías de los barcos en Valparaíso son demasiado cortas para que la tripulación disfrute algunas horas en un bar”.

Este alemán de 81 años, el primero de su país que entró a Magnum, decidió usar el color, en lugar del blanco y negro de Larraín. “He fotografiado en color ya por muchos años y además no quiero copiar las imágenes clásicas de Sergio, sino expresar mi propio punto de vista. Podría ir cien veces y Valparaíso siempre me va a regalar nuevas y extrañas impresiones, las vistas desde los cerros al mar con la luz de la tarde, casas apenas colgando en las pendientes, paredes desmoronándose. No conozco ninguna ciudad en el mundo con tantos perros vagabundos”, dice Hoepker. “Valparaíso es un paraíso para los artistas de graffiti, en comparación con otras ciudades del mundo. Los propios dueños los contratan para decorar las fachadas”, cuenta.

La olvidada majestuosidad de Valparaíso y su decrepitud, problemas y conflictos que aparecen congelados en el tiempo en la mirada de Sergio Larraín, subsisten en el puerto. “La pobreza se encuentra en muchas esquinas. Impresionante fue la visita al comedor solidario de la parroquia La Matriz donde se les sirve a personas indigentes una comida caliente todos los días” , comenta Hoepker.

Como lo hizo Neruda con Larraín, el pintor Gonzalo Ilabaca acompañó al alemán en el recorrido. En su viejo y fiel escarabajo, condujo al fotógrafo cual “Fittipaldi” por las curvas de la Avenida Alemania, el ex camino de cintura construido desde 1876 por los presos para conectar los cerros. Ahí le mostró los lugares que Larraín capturó, como el Paseo Bavestrello, donde en 1952 tomó la foto de la escalera y las dos pequeñas niñas idénticas como reflejo. “El Bavestrello fue remodelado y eliminaron los grafitis. Ahora se parece más al pasaje de los años de Larraín. He tomado fotos en ese lugar, pero no tienen la misma magia de la imagen de Sergio. Su fotografía vive del efecto de la luz y la sombra y la posición de las dos niñas. No puedo ni quiero repetir esto”, dice el fotógrafo.

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