Culto
Molotov

Molotov

Era una bomba, un estallido de racimo que salpicaba de humor picante los boliches de ambiente de Santiago. Katiuska era su nombre y Molotov su apellido.

Ella decía a veces que era vikinga y en ocasiones la hija extraviada de una zarina en el exilio; para enfatizar ese improbable origen nórdico agitaba su melena platinada a punta de empeño y decisión y abría los ojos de color radiactivo, como una medusa coqueta y aguerrida. Si las raíces de su pelo sugerían otra cosa, una ascendencia menos exótica y fosforescente, era lo de menos, porque Molotov no estaba hecha de datos, sino de pura fantasía. Quien debía ocuparse de los burdos hechos era Mauricio Burgos, que era a Katiuska Molotov lo que Clark Kent a Superman o más bien lo que Diana Prince a la Mujer Maravilla. Burgos era la criatura diurna, el hombre que estudió pedagogía en la pesada dimensión de los horarios y las obligaciones. A medida que avanzaba la noche, Burgos se transformaba en la diva de las mejillas llenas y las pestañas de muñeca rusa. Burgos/Molotov eran dos vidas unidas en un mismo cuerpo con un mismo sueño en mente: reinar. Ese sueño murió la noche del domingo. Después de hacer un espectáculo y en pleno escenario Katiuska se desplomó rodeada de sus compañeras y frente al público. De alguna manera una partida poética, al estilo de Disco Sally, aquella abogada neoyorquina que se lanzó a la vida después de los 70 y cobró fama por sus atrevidos pasos de baile y su incombustible ánimo de fiesta. La leyenda cuenta que murió acurrucada por el reflejo de luces de las bolas de espejos en el medio de una pista de baile.

Katiuska Molotov murió bajo las luces de su show. No alcanzó a envejecer. Tenía 38 años. Con ella se fue una figura fulgurante de la casta de las transformistas, una tradición que en Chile se remonta a los albores del siglo XX, cuando la división entre boite y casa de tolerancia era borrosa y quienes cultivaban la costumbre de encarnar personajes femeninos se refugiaban en burdeles y prostíbulos ¿Montaban espectáculos? ¿Sólo usaban ropas femeninas para su diversión como en las Molly Houses de Londres del siglo XIX? La policía los fichaba como parte de su labor sanitaria. En 1927 en plena epidemia de sífilis fueron detenidos Carlos Ruiz Núñez alias La Carlota; Luis Cuevas Rodríguez alias La Chincola; Pedro Henriquez alias La Estrella de Cine; José Olguín Padilla alias La Mota; Germán Vallejos alias La Violeta; Carlos Quezada alias La Conchita; Adrián Solorza alias La Zunca; y La Pola Negri que nunca mencionó su identidad civil. La policía los fichó como caballeros y la prensa popular publicó los retratos con sus atuendos femeninos de última moda.

El rastro del transformismo continúa en los sesenta salones pichiruches de la Tía Carlina y del Buquecito para saltar al esplendor de la revista del Bim Bam Bum y la inmortalidad del Blue ballet. El golpe de Estado clausuró la vida nocturna y en 1979 la expulsión de un grupo de transformistas de una compañía española de revista que se presentarían en un espectáculo del teatro Opera, puso a la tradición del lado de los peligros para la moralidad de la patria. La vida nocturna estaba bajo amenaza, pero nunca desapareció del todo.

La bailarina Rosita Salaberry abrió un bar en el segundo piso de una casa en Bellavista en donde entrenó el primer grupo de Drag Queens de las discoteques ochenteras que comenzaban a aparecer. Les enseñó a caminar con tacos a subir y bajar escaleras y a moverse arriba de una tarima que hacía las veces de escenografía.

Eran las noches de toque de queda, las de la Quinta Cuatro y la carpa del circo Timoteo instalada en los bordes de ciudades y balnearios; las noches de las redadas sin razón aparente y el sida merodeando como un verdugo rabioso. Otros tiempos, otros terrores. La democracia no significó gran apertura. Los rigores se extendieron durante la primera mitad de los 90 y sólo comenzaron a ceder en la medida que se acercaba el nuevo siglo y los transformistas dejaban de aparecer en los reportajes sensacionalistas policiales y llegaban a los programas de conversación: la primera drag queen que dio una entrevista sobre su oficio en televisión fue Maureen Junot. Todo un hito que visto desde ahora, cuando cualquiera puede ver el RuPaul`s Drag Queen Race en el cable y The Switch en televisión abierta, parece tan poco. Pero no lo era.

Hace cuatro años murió Francis Francoise, la última Drag Queen de esa generación que comenzó su carrera sobre stilettos en plena dictadura. Francoise era el nombre artístico de Mauricio Zenteno, natural de San Bernardo, mejor alumno de su liceo y beca presidente de la república. Una vez que tuvo la edad suficiente reemplazó la universidad por el escenario, las pelucas y el maquillaje. Fue la estrella de Quasar y Bunker, recorrió Chile haciendo revista y tuvo un cameo en Coronación, la película de Caiozzi. Zenteno/Francoise era conocido como la Big Mamma por sus compañeros transformistas.

El lunes, en la página de Facebook que recuerda a Francis Francoise apareció una antigua foto de ella junto a Katiuska Molotov. Ambas posaban plácidas, como un vestido de lentejuelas bajo la luz de una discoteca; felices como una boa de plumas flotando sobre el estribillo de la más alegre de las canciones pop. Dos reinas corpulentas, ingeniosas y valientes iluminando la noche, burlándose de la muerte.


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