Culto
Entre viñedos: ladrar sin morder

Entre viñedos: ladrar sin morder

Dramón sembrado de chiches lacrimógenos, esta es también una película optimista y pro-juventud, que le guiña al cosmopolitismo y a la convivencia multicultural, provista de una estética de tarjeta postal.

La ocasional aparición de películas francesas en la cartelera local suele confirmar sospechas y lugares comunes. Por un lado están las comedias con vocación popular, pese a que la etiqueta “arte y ensayo” que les cuelga por el solo hecho de ser francófonas; por otro, la recurrencia de ciertos apellidos autorales donde, desafortunadamente, los Ozon y los Audiard son los menos (acaso porque a la idea de “calidad francesa” en que parecen comulgar audiencias y distribuidores le sientan bien los clichés y las solemnidades del deber ser).

El estreno de Entre viñedos, duodécimo largo de Cédric Klapisch, trae de vuelta este asunto. También al realizador de Piso compartido, cuyas dos partes llegaron a los cines locales. Estos y otros de sus filmes son obras corales con aspiración de filmes globales. Nada reprochable hay en ello, en principio: sólo queda ver qué pasó esta vez.

Con el apoyo de los viñateros de la región de Borgoña, cuyas parras se exhiben incansablemente a los largo de las cuatro estaciones, la película cuenta la historia de tres hermanos y su domaine vitivinícola. El mayor de los tres, que oficia de narrador en off, es Jean (Pio Marmai), quien vuelve al hogar tras una década recorriendo el mundo. Vuelve porque su padre, de quien en cierta medida arrancó, está muy enfermo. Y porque no llegó cuando murió su mamá. Ya de regreso, asoma una tensa relación con sus hermanos, Juliette y Jérémie (Ana Girardot y François Civil), fruto de los temas pendientes. Y así se despliega una intriga que incluye varones que lloran y damas que se empoderan.

Dramón sembrado de chiches lacrimógenos, esta es también una película optimista y pro-juventud, que le guiña al cosmopolitismo y a la convivencia multicultural, provista de una estética de tarjeta postal. Que evoca el ayer cual comercial de Zuko y que destila un tufillo a canción de Arjona (“Después un año nada cambió. Pero yo cambié”). Hay más y mejores filmes y realizadores en el cine francés contemporáneo (Bruno Dumont, Claire Denis, Enmanuel Mouret, Antonin Peretjatko y un vasto etcétera), pero la cartelera persiste en no ser ese lugar donde nos podríamos enterar. A cambio, nos ofrece este drama simpaticón, que ladra pero no muerde

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