Culto
Ira digital, ignorancia y éxtasis millennial: Lollapalooza en ojos de un treintañero adicto a Instagram

Ira digital, ignorancia y éxtasis millennial: Lollapalooza en ojos de un treintañero adicto a Instagram

El festival musical más importante que se realiza en nuestro país concluye una nueva versión en la que pagó algunos costos por apostar a entregar tres días de show, debió sortear contratiempos heredados desde el otro lado de la cordillera y aún así lucir la solidez y espectacularidad de sus versiones anteriores.

Si el final de la crónica es feliz o no depende de la perspectiva del observador. En Culto, nos proponemos hacer un recorrido por Lollapalooza siguiendo a un joven de treinta años en su séptima experiencia en el Parque O’Higgins, obviando lo que este muchacho -nuestros ojos en el festival- haya querido obviar.

El recorrido comienza, luego de una mañana en que no existieron mayores razones para levantarse temprano. Saltados esos números puestos para el fiel público de la música chilena en este festival -para nada menor en cada presentación de los connacionales- nos dirigimos con rumbo al primer concierto del día -y la tarde- para nuestro acompañante: no es Pedropiedra. Tampoco Lanza Internacional. David Byrne es el afortunado.

Ante una exultante multitud heterogénea, nuestro testigo ocular mueve el cuerpo ante los compases del que muchos dicen fue técnica y emocionalmente el mejor show de Lollapalooza. Vemos que este muchacho de estatura media, pocos pelos y prominente barriga, no sólo entra en comunión con el que considera “uno de los pocos números por los que me habría levantado más temprano”, sino con su público. La magia de Lollapalooza hace efecto: se ve seducido por el cosquilleo que lo invita a pensar que se encuentra en el primer mundo -de la música- y que puede comentar de tú a tú junto a los demás asistentes, que claramente no ponderan su compañía como algo importante. “Sonó la raja, es lo mejor de este día”, dice sobre el primer concierto al que asiste. Nadie comenta nada.

La tarde avanza y nuestro observador decide ir por lo poco de show que queda de Sinergia. La experiencia de años anteriores en Kidzapalooza es un acicate que invita a disfrutarlos más esta vez, que no están rodeados de padres gritando que se trata de “un show para niños”. Surfea entre los cambios de ritmos y estilos que caracterizan a ese maestro vocal e histriónico que se hace llamar “Don Rorro” y de un momento a otro pide que, apenas terminado el show, nos sigamos moviendo. “Me prendí”, advierte antes de cargar su pulsera con cinco mil pesos que le servirán para más tarde engullir un completo gigante que baja por su tráquea acompañado de una Pepsi de mediana frialdad.

De ahí, el trámite es lógico: nuestro héroe quiere colarse entre el paisaje de pelos amarillos, cintillos de flores y uno que otro torso masculino desnudo durante el potente sonido de LCD Soundsystem. Al tener un éxito relativo -“a nadie se le niega el baile”, dicen- vuelve medio resignado a nuestra posición, pero convencido de que la noche recién comienza. Atrás ha quedado la modorra matinal: viene el plato fuerte.

Con la necesidad de acomodarse entre los miles de adolescentes que quieren ver a Pearl Jam “no sé para qué, si no los conocen”, dice, saca su smartphone por enésima vez en la tarde, con la suerte de tener señal esta vez. “No hay novedad en Twitter, parece que esta edición es la mejor de todas”, espeta antes de parar a un vendedor ilegal de cervezas que se hace espacio entre la multitud. “A luca la chela, cabros, a luca la chela”. Compra una. El reportero mira.

El cierre de la primera jornada conversa con esa poesía que fue Lollapalooza 2013, que vio a Pearl Jam lanzar los fuegos artificiales justo después de una enorme presentación en la que habían sido teloneados unos metros más allá por Queens Of The Stone Age, la verdadera banda estrella aquella noche. El concierto de PJ esta vez es más calmo. Juega con la idea de ser un collage de ritmos y una colección de canciones elegidas más bien al azar. La narrativa en torno a su sonido es un tanto cambiante y nuestro héroe se queja, a momentos. “Me carga cuando tocan huevadas nuevas. Ya deberían asumir que son una banda tributo de ellos mismos”, grita entre el bullicio, justo antes de saltar enardecido, alzando los brazos alentando a un inexistente equipo de fútbol que se mueve al ritmo de “State Of Love & Trust”. El hombre se retira del parque sin mayores comentarios salvo uno: “¡Qué bueno que dejen entrar a los ambulantes al final!”.


Un nuevo día vendrá

Con esperanza, nos dirigimos al inmueble que habita el personaje objeto de esta crónica: una suerte de ratonera perdida en la mitad de una céntrica calle con nombre de país europeo que al parecer tiene sólo fines reproductivos. Poco duraría la ilusión de hacer el recorrido completo este día de Lollapalooza, pues en los planes de este sujeto, que se jacta de “levantar minitas” por Instagram, no está llegar a los primeros shows de Lollapalooza este día. Tampoco.

Tras servirse unos completos un tanto grasientos en una fuente de soda aledaña al inmueble antes descrito, la carrera hacia el parque nos hace subir a la línea cinco del metro, con la pregunta de si es mejor ir hasta Santa Ana y devolverse o caminar hasta Matta y ahí subir a un bus del transporte público. Finalmente, nuestro héroe, decide ir en Uber.

Apenas llegado al parque, el oído del hombre atiende un nuevo llamado generacional: Chancho en Piedra versiona, Parquímetro y DJ Humitas mediante, La dieta del lagarto, su disco menos escrupuloso y el que más pistas entregó alguna vez sobre el potencial de los Ilabaca lejos de Eduardo Ibeas. “Si no estuviera ese hueón en el grupo estos locos hoy serían como Los Tres y Los Prisioneros”, dice el hombre antes de corear junto a un aforo de no menos de 50.000 personas “Da la claridad a nuestro sol”.

La faena en Chancho en Piedra es exitosa: en medio de las selfies de su líder Lalo Ibeas, viene la primera revisión del día para el smartphone de este hombre: un equipo de marca china, de gama media, en el que atesora su cuenta de Instagram. “Harta historia de minita rica”, dice. Le advertimos sobre la posibilidad de publicar esta frase, pero dice no tener problema, pues “soy feminista. Las mujeres pueden hacer lo que quieran y con quien quieran”.

A esas alturas, eso sí, comenzaba algún ruido en las redes sociales por la posible cancelación de “Spoon”, banda que despuntaba como una de las más interesantes de esta edición. “No los cacho, pero qué paja que se suspendan”. El hombre mira el celular y parece alimentarse de los comentarios que lee en su timeline de Twitter, en que los más ofendidos con las reprogramaciones y ausencias de las bandas son las personas que miran el concierto por streaming.

Luego de aquello, aparece Mon Laferte preparándose para cantar. La pantalla gigante muestra su vestido rojo, que parece una copia del emoji de la bailarina española en Whatsapp. “Amo a esta mina”, nos dice el joven, que a la mitad del concierto y luego de intercambiar palabras con unas jóvenes que no superan las dos décadas de edad nos pide movernos un poco más adelante. “Estos pendejos no se saben las letras, comentan sobre la ropa de la mina y más encima se aburren con la cueca. Acá quedamos bien”, dice apuntando a la pantalla gigante que muestra a Mon Laferte despidiendo a Rulo de Los Tetas, que fue presentado como Rulo a secas esta vez, a diferencia de lo que sucedió en Viña 2017. Quejas por no contar con sus visuales y el lanzamiento de un zapato acompañaron la presentación de la chilena, que este hombre dice admirar profundamente.

Hoy no hay dinero para cargar la pulsera y comer. Nos sentamos en el pasto a esperar el siguiente show que es nada menos que Red Hot Chili Peppers, cuando comienza a correr viento -en dirección norte según esta persona- y no hay mucho que pensar: vamos a comprar un polerón de Lollapalooza. Cualquier cosa menos pasar frío. La prenda se encuentra agotada y bueno, el desembolso de 25 mil pesos originalmente termina siendo de 45 mil. “Bonita la chaqueta, hace tiempo no usaba algo de mezclilla”, repara.

“Ojalá que estos hueones superen lo que hicieron el 2014, bastante bajito. Anthony como que viene por la pura plata”, dice. La hora llega y esta vez el éxito de la banda californiana es redondo: coros, saltos como no se vieron en toda la jornada y un golpeteo de palmas guiado por el genio Flea, que parece inextinguible. Esta vez no hay encontrones con el público. Nada distrae al sujeto de nuestro estudio. Disfruta, canta y golpetea el pulgar contra su pecho, como haciendo un slap en un loop eterno.

“Me voy feliz pa la casa hoy, cabros. Es la banda de mi vida”, dice tocando su mostacho este hombre, al que a estas alturas de la crónica mejor no bautizar ni siquiera en términos de ficción.


Día tres: los muertos se levantan

Sin esperanza, repetimos la operación al retirar al sujeto de esta crónica: para nuestra sorpresa no se encuentra en su rústico hogar y debemos esperar que asome desde un Chevrolet Spark, cerca de las 13 horas del domingo.

“Hoy está medio fome. Me perdí 31 Minutos ayer y podrían haber dado un tercer show hoy, como para que valga la pena llegar temprano”, dice.

Twitter es euforia señalando el mérito de Damas Gratis al hacer bailar a una audiencia que habían dicho estaría predispuesta a no disfrutar su música, mientras nosotros volvemos a la fuente de soda en la que, al parecer, suele comer todos los días el hombre de treinta años. Es nuestro tercer día acompañándolo con la excusa de Lollapalooza. “Buenos los argentinos, pero me habría motivado más Chico Trujillo”, dice, antes de abrir la aplicación de Uber sin rodeos esta vez: vamos con dirección al Parque O’Higgins.

El momento más tenso de la velada ha llegado: la tarde ha avanzado lo suficiente y, viendo Mac de Marco, nuestro héroe se molesta al escuchar un cover de Radiohead y algunas versiones extrañas de canciones que dice atesorar. Entonces, decide refugiarse en su Instagram y las historias de su timeline, compuesto en un alto porcentaje por mujeres.

Luego de un paseo por el parque y uno que otro show, llega el momento que no sólo él espera sino el mayor porcentaje de asistentes al festival: Liam Gallagher sale a escena y alcanza a entonar cuatro canciones antes de retirarse molesto del escenario, argumentando problemas de sonido. “Qué se cree este culiao”, dice antes de comenzar a reír. “En realidad si alguien iba a hacer esto iba a ser un Oasis. Siempre han sido así estos hueones. No me extraña y si está sonando mal, bueno, qué tanto”, espeta resignado antes de revisar Twitter y decir que “estos hueones sí que son barsas. No están ni acá y ponen como TT algo por lo que no pagaron”.

-¿Te quedas a The Killers?

“Me voy a la casa, cabros. Mañana trabajo temprano y no estoy ni ahí con quedarme tres horas más acá pa’ escuchar la canción de un comercial de shampoo. Me mandan el link cuando salga la nota”, grita el hombre agitando su chaqueta de Lollapalooza, que ahora cuelga sobre sus hombros, pendiendo de un dedo, mientras se aleja entre la multitud.

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