Culto
Aki Kaurismäki: humor con hielo

Aki Kaurismäki: humor con hielo

El jueves se estrena El otro lado de la esperanza, la película por la que el venerado cineasta finés se llevó el Oso de Plata a Mejor Director en el Festival de Berlín 2017.

Regresa a los cines chilenos, tras cinco años desde El puerto (2011), el viejo finlandés errante. Fiel a sí mismo e inclaudicable en su estética y sus temas, el rubicundo cineasta de metro y 95 centímetros está más cansado. Va a cumplir 61 años dentro de un mes y ya no hace dos películas al año como en 1989 (cuando sorprendió con el notable dúo de La chica de la fábrica de fósforos y Contraté un asesino), sino que una cada seis, el tiempo que pasó entre El puerto y El otro lado de la esperanza. La nueva (y, según él, última de su vida) película de Aki Kaurismäki se estrena el próximo jueves en nuestro país.

La producción viene de ganar el Oso de Plata a Mejor Director en el Festival de Berlín 2017, donde una de sus contrincantes fue Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio, que en esa oportunidad se llevó el Mejor Guión. Según las apuestas y preferencias de los críticos en Berlín, El otro lado de la esperanza merecía más. Merecía ser la Mejor Película a secas, dándole de paso el premio de su vida a quien ha impuesto y pulido un estilo inconfundible durante 37 años.

Kaurismäki, que nunca ha escondido su debilidad por el alcohol (el vodka, para ser exactos), recibió el Oso de Plata desde su butaca en el teatro del Berlinale Palast, sin mover un dedo, probablemente con varias copas encima. Consciente del aura y admiración que despierta su figura, esperó a que el director del encuentro, el mismo Dieter Kosslick, le llevara el galardón a su asiento. De cierta manera, la actitud era una manera “kaurismakiana”, como sus propios personajes, de recibir el Oso de Plata.

Pero, ¿cuál es esa manera? ¿cuál es el estilo de Aki Kaurismäki? Usualmente es una mezcla del humor lacónico a lo Buster Keaton y de diálogos articuladamente risibles a lo Jim Jarmusch. Todo, claro, bajo el espíritu tutelar de sus santos mayores: el japonés Yasujiro Ozu y el francés Robert Breson, dos ascetas del cine. Pero antes que nada y después de todo, el cinéfilo Kaurismäki es Kaurismäki, nombre mayor en la cinematografía mundial.

En El otro lado de la esperanza nuevamente aparecen los personajes sacados de las orillas populares de Helsinki, otra vez hay largos silencios rematados en alguna sonrisa o prologados por el humor, también regresan aquellos decorados atemporales que pueden ser de los años 50 o de los 80, pero nunca de hoy. Si, está todo eso, pero también está la contingencia. Se sabe que Kaurismäki es un hombre de izquierda al viejo estilo y un cascarrabias anticapitalista. En sus películas no hay ideología, pero si hay compasión por los que viven en la desigualdad.

En esta oportunidad la trama es manejada (al menos en una parte), por alguien que no es finlandés. Está en las antípodas del habitante promedio de aquella floreciente sociedad del bienestar: se trata de Khaled (Sherwan Haji), un inmigrante sirio que huyó de su bombardeo a su ciudad natal y a quien le han dicho, en un toque muy “Kaurismäki” que una manera de evitar la deportación es mostrarse de buen ánimo. Al parecer, los cabizbajos fineses admiran la jovialidad de los extranjeros. El humor de la película se va colando en los diálogos y en kafkianas órdenes burocráticas: la última de ellas dice que Khaled debe volver a su país ya que su ciudad (Aleppo, nada menos) es ahora considerada “fuera de peligro”.

Escapando de las autoridades finlandesas, el buen Khaled va a parar a un callejón cercano al restaurante de Waldemar Wikström (Sakari Kuosmanen, actor clásico de Kaurismäki). El hombre viene de vuelta en la vida: se separó de su esposa alcohólica, ganó una gran partida de póker, se compró el restaurante y pretende refundar los años que le quedan. Entre ambos hay un conato de agresiones, pero todo se resuelve rápidamente con una sopa caliente en el restaurante. Khaled entra a formar parte de la curiosa tropa de empleados de Wikström, entre ellos un cocinero que apenas sabe servir sardinas en lata. Es una banda heterogénea de personajes disfuncionales, que escuchan rock al viejo estilo y que parecen salidos de dimensiones paralelas. Son tal vez el remedio de buen corazón de Kaurismäki contra el fantasma de la intolerancia que recorre Europa.

Es su manera de incorporar su humanismo deudor de Keaton y Chaplin en su película, una descendiente noble de aquellos otros largometrajes con personajes ubicados en el camino de la escasa fortuna. Están ahí el zapatero de El puerto, el nochero de Luces al atardecer (2006) o el amnésico de El hombre sin pasado (2002), tal vez su película más “popular”, ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes. Pero también están ahí el suicida fallido de Contraté un asesino y los imposibles rockeros siberianos de Leningrad Cowboys go America (1989). Los habitante del planeta Aki son consecuentes y coherentes de principio a fin. Sólo así pueden decir que su creador es uno de los grandes.

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